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Memas 
 
 Fernando Savater 
 
Mal día sin duda eligieron las actrices componentes de “Rosas blancas por la paz” para su numerito en el Kursaal de San Sebastián, en pleno Festival de Cine. Se reunieron con las componentes de “Ahotsak”, la plataforma formada por parlamentarias y políticas nacionalistas (con Gema Zabaleta del PSE como coartada supuestamente perteneciente al mundo exterior al nacionalismo), para comprometerse a trabajar para que “el proceso de paz” no se frustre y en contra de las fuerzas oscuras que conspiran para boicotearlo. También hicieron saber que “la paz es algo más que la ausencia de violencia”. De éso pueden estar seguras: a nadie nos cabe duda. Después, salieron a la calle y repartieron rosas blancas entre los asistentes al festival: espero que ninguno de los invitados extranjeros creyesen que eran comestibles, porque como les han hablado tanto de las delicias de la gastronomía vasca…
 
Dejemos a un lado lo del reparto de flores, que a mí me parece una cursilada, un detalle muy femenino a la antigua usanza: ¿no habíamos quedado en que estábamos contra las mujeres-florero? Más difícil es pasar por alto que las componentes de “Ahotsak”, capitaneadas por una dirigente de Batasuna tan conspicua como Jone Gorizelaia, abogan por la legalización del brazo político de ETA sin condena de la violencia terrorista y sin aceptación explícita de la legalidad constitucional. Precisamente porque la “paz” no es sólo ausencia de violencia, sino rechazo inequívoco del terrorismo y restauración de las garantías constitucionales tanto tiempo conculcadas por sus desmanes, no es fácil entender como se concilia la buena voluntad pacificadora con el apoyo implícito a quienes no aceptan esos trámites imprescindibles para hacerla creíble.
 
Y también es difícil de digerir que sea precisamente ahora y así –sobre todo así- cuando la gente que asiste al Festival de Cine donostiarra, sonámbulos cuando no cómplices por omisión del terrorismo ambiente, hayan decidido comprometerse. En este caso, más habría valido nunca que tarde…y mal. Recuerdo que hace pocos años coincidí en un estudio de televisión con una actriz española de justificada reputación ya internacional. Cuando era muy joven y menos conocida, fue presentadora del certamen donostiarra. El día de su debut hubo un atentado con muertos y ella propuso decir algo en el escenario como condena de lo sucedido: los organizadores la disuadieron, aterrados. Así hemos vivido durante décadas, no un año, ni un mes, ni un día. Sin amiguitas ni amiguitos de la paz que alzaran su artística voz contra el terrorismo. Y ahora por fin salen a la palestra unas señoras, del brazo de Gorizelaia y contra los conspiradores –supongo que todos del PP- que se niegan a legalizar Batasuna por su cara bonita. ¡Que majas que son!
 
Pero pasemos por carros y carretas. Aceptemos las florecitas, la vecindad del integrismo nacionalista y de la incalificable Zabaleta, olvidemos el pasado del Festival amordazado, pelillos al Cantábrico. Ahora bien: eligieron mal el día. Porque en el mismo momento en que ellas se pavoneaban por el Kursaal, los etarras escenificaban su aquelarre –capuchas, amenazas, tiros al aire…- en Oyarzun. La pregunta obvia es: ¿por qué no fueron a repartir rosas blancas a Oyarzun, que está a menos de media hora de San Sebastián? ¿O a Hernani, otro feudo abertzale que les quedaba aún más cerca?¿O a la Parte Vieja donostiarra, a alguna herriko taberna de las que están ya prácticamente al lado de su lujoso hotel? ¿Por qué no distribuyeron sus vegetalitos entre los violentos, en lugar de dárselos a Max von Sydow y compañía, que nunca han matado a nadie? ¿O es que no saben siquiera que esos lugares existen ni lo que pasa en ellos?
 
Bien mirado, el comportamiento de estas damas de la caridad es toda una metáfora del llamado “proceso de paz”, según lo entienden algunos: consiste en pedir calma a los corderos, a la espera de que su sumisión convierta en vegetarianos a los lobos.