¡Basta Ya!Imprimir documento
 


Diario personal de una pausa (II)

Maite Pagazaurtundua

La publicación por fuentes realmente solventes de que al menos desde el año 2002 algunos relevantes líderes del PSE tejían en secreto las complicidades con el mundo de Batasuna -y que en el 2004 lo hacían directamente con ETA- me ha hecho recordar  de forma general la relación que mantuve con aquellos de mis jefes de filas que se estaban reuniendo con los estrategas del terrorismo mientras los peones de brega etarra planificaban el asesinato de Joxeba y lo ejecutaban.

Alguien podría pensar que gracias a ello ahora disfrutamos de una situación de tregua que alivia mi propia vida del peso de la amenaza, olvidando que sigue siendo aberrante que pretendan jugar con el Estado y con la clase política en los próximos meses y años con la amenaza de poder volver a matar.  Creo que no deberíamos perder el pie de la ley, la justicia y la memoria real del horror y que deberíamos evitar el encandilarnos con la propaganda que algunos agitan al paso de Arnaldo Otegi. Si ETA termina y pretende generosidad del Estado y de la sociedad española, por lo menos deberían jubilarse de lo público todos los que han tenido que ver con la sangre y la muerte, también en el ámbito estratégico y político como es el caso del de Elgoíbar. Si Otegi llegara a sacarse una foto en el Palacio de la Moncloa sin renunciar a la letanía del "conflicto" sería como una segunda muerte para los asesinados.

No podemos perder la perspectiva de lo humano. La misma perspectiva que nos hace aborrecer la pena de muerte nos lleva a hacerlo de la maquinaria que ha hecho posible el asesinato, porque esa maquinaria basa el poder político en el miedo y la maquinación sociológica.

Estaba repasando la memoria personal de los primeros días que siguieron al asesinato de mi hermano el día 8 de febrero de 2003 en relación a mis jefes de filas. Hay recuerdos de gran calidad y recuerdos realizados sobre material de desecho. Es inevitable, una parte importante de nuestra memoria es como una escombrera, sólo aquello que nos marca, para bien o para mal, permanece, el resto va y viene de forma bastante azarosa. Hay, sí, claro, una parte de la memoria que cultivamos de forma consciente porque se refiere a las cosas o a las personas que amamos de verdad.

La memoria de los últimos tiempos de relación con mis jefes de filas antes del asesinato de Joxeba está conformada por hilachas de la memoria, como si fueran tropezones en la sopa del espacio simbólico –que siento como intemporal- donde he pasado la mitad de mi vida. Pero el 8 de febrero de 2003 forma parte de lo que está grabado en mi memoria como a fuego y la memoria con estos dirigentes ha cobrado una nueva luz, un foco de atención que me había pasado desapercibido. Me resulta  posible fijar la atención en cada detalle de los rostros, recordar las palabras y los gestos, como cuando se observa uno de los grandes cuadros de Velázquez, de ésos que nos cuentan el corazón de la política de la Corte de Felipe IV en la que el gran pintor consiguió sobrevivir. En el retrato de Inocencio IX, en las Meninas o en la Rendición de Breda es posible leer el alma de algunos de los hombres del poder de entonces. Y sobre los que trababan las complicidades con Batasuna me resulta posible hacerlo también porque hay días en que la verdad salta a los rostros y no es preciso que la ilumine un genio de la pintura, sólo hay que estar atenta. Tenía todo aquello delante de mis ojos, porque se les retrataba el alma y me pasó desapercibido.

Puedo visualizar como si pasaran la cinta de la película los gestos, las leves palabras, esas miradas que no llegaban a levantarse hasta el centro de la mía. Y la distancia corporal. Y ese congelamiento de la palabra pública en relación a los nacionalistas de corazón de hielo. Valiente candidez –a la vista está- ésa de ponernos picajosos los pagaza con la falta de compasión del mundo próximo a los gobernantes nacionalistas vascos.

Los discursos no son cándidos. Va apareciendo cada vez con menor timidez el discurso que indica que con la muerte de Franco no se sometió a los hombres del régimen al juicio de la memoria, ni de la ley. Y que hay que olvidar también ahora. Los que dicen esto olvidan que la mayoría de los que habían sido franquistas en el sistema del nacionalcatolicismo o los millones que se habían desentendido se descubrían por las mañanas más antifranquistas que los puñados que sí lo fueron. O sea, que la democracia había ganado al nacionalcatolicismo. ¿Alguien piensa que Otegi y los suyos van renunciar a lo que denominan "conflicto de soberanía"? Es decir, a lo que él calificaba 45 días después del asesinato de mi hermano como "consecuencia de la falta de propiedad de los ciudadanos vascos de su propio país, de la falta de poder de decisión" (Gara, 25-3-2003). Porque si fuera así, la primera que olvidaría sería yo.

No habrá precio político a cambio del fin del terrorismo ha dicho el Presidente del Gobierno. Lo ha dicho la Vicepresidenta del Gobierno. Es lo justo. Como la memoria lo es. No es fácil integrar esta promesa solemne con los ecos e imágenes de la parlamentaria socialista que se retrataba el sábado pasado cálidamente junto a Jone Goirizelaia y que el 24 de marzo de 2003, un mes y medio después del asesinato de su compañero en la agrupación socialista de Andoain participaba en una charla junto a Arnaldo Otegi y donde expresó entre otras cosas que "es posible otro marco para Euskadi si así lo decide democráticamente la mayoría de los ciudadanos vascos, y el Estado debería respetarlo". El diario Gara también recogía textualmente que una mujer le señaló a la parlamentaria socialista vasca: "yo te veo, por los postulados que mantienes, más cerca de HB que del PSOE. Lo debes tener difícil ante tus superiores".

Evidentemente, hay piezas y palabras que sobran en el puzzle que pretende completar el Presidente del Gobierno. Duro, largo y difícil. ¿Para quién? Cherchez la femme qui tombe.