 |
|
ENTREVISTA
A ENRIQUE ECHEBURUA
KATUARRAINAK
Enrique
Echeburua es catedrático de Psicología Clínica
y colaborador del Instituto Vasco de Criminología, ha trabajado
y trabaja en atención directa a víctimas de delito.
Ha publicado numerosos libros y está a punto de publicar
el último Superar un trauma. Colaborador habitual de diversos
medios de comunicación, es, sobre todo, una persona cercana
y siempre dispuesta a estar junto a quienes viven sin libertad.
Hoy nos ha recibido en su despacho y hemos mantenido una interesante
conversación
¿Qué
le impulsa a dedicarse a esto, tiene algo que ver el que sea vasco?
No,
a veces uno se dedica a trabajar en temas por distintos avatares
de la vida. Yo empecé a trabajar en concreto con víctimas
de agresiones sexuales. A raíz de eso sentí una sensibilidad
hacia las víctimas. Me parecía que no recibían
un tratamiento adecuado desde el punto de vista psicológico,
ya que no había una atención especializada. Al mismo
tiempo, por mi condición de ciudadano vasco, al ver el problema
creciente que representaba el terrorismo, me empecé a interesar
por esas víctimas y habiendo aquí un número
de víctimas que, ya por aquel entonces, hace 15 años,
era del orden de 700, me pareció que el tema era lo suficientemente
serio como para poner mis conocimientos al servicio de ellas.
Hay otro motivo también. Siempre me había sorprendido
que el código penal -a lo mejor es que no puede ser de otra
manera- haya prestado atención a los agresores, por el principio
de la presunción de inocencia, mientras que la víctima
prácticamente no ha existido y no existe como tal para dicho
código. Pero las víctimas no encuentran ningún
tipo de reparación moral, y en cuanto a la indemnización
económica, si los delincuentes se han declarado insolventes
y el Estado no ha tenido ninguna responsabilidad subsidiaria, no
la reciben.
Por otra parte, desde un punto de vista psicológico, ha habido
desatención, bien por una actitud política clara de
mirar a otro lado, o bien porque una víctima nos pone en
el brete de considerar que la situación no es tan normal
como nos puede parecer a primera vista. Es decir, la mayor parte
de la gente lleva a sus niños al colegio, trabaja, se divierte
y va a cenar con sus amigos, y encontrarse con una persona a la
que unos conciudadanos, y además en nombre de unos principios
y de una nacionalidad a la que nosotros pertenecemos, le han arrebatado
brutalmente un marido o un hijo o un padre causa, cuando menos,
un nivel de perplejidad. Entonces es mejor no verlo.
¿Nos
define a una víctima del terrorismo?
Las
definiciones en este caso no son sencillas. En principio, una víctima
del terrorismo es una persona que ha sufrido una pérdida
considerable a nivel humano, a nivel económico, a nivel social
y de calidad de vida, como consecuencia del terror que se le ha
impuesto. Es muy importante señalar que, en el caso de una
víctima de un acto terrorista, se le ha privado de un ser
querido o le han quedado secuelas a nivel físico o psicológico
que interfieren gravemente en su vida cotidiana. La víctima,
a partir de ese momento, pierde su calidad de vida, ya no tiene
la capacidad de disfrutar de las relaciones sociales, o la capacidad
de dormir, de comer, o de estar relajado que tenía hasta
ese momento, y puede tener sentimientos negativos de odio, venganza,
rencor, de indefensión y se siente injustamente tratado.
Es decir, que, además de lo que jurídicamente se considera
víctima del terrorismo, lo es también toda persona
que ve interferida fuertemente su calidad del vida como consecuencia
de un acto terrorista o la amenaza de experimentarlo, como en el
caso de la violencia de persecución y aquellas personas que,
por no pagar el impuesto revolucionario, viven con temor de que
ETA pueda tomar represalias
Yo considero víctimas, además de las tipificadas como
tales, a quienes se han visto obligadas a vivir fuera de donde ellos
querrían vivir, o se han sentido obligados a cambiar de hábitos
de vida, a no acudir a ciertos lugares porque no son seguros, o
a evitar entrar en bares o lugares públicos donde pueden
ser reconocidos, o ir a pueblos donde les puedan identificar, etc.
Por
lo que nos dice, su concepto de víctima del terrorismo incluye
también a todas las personas que viven amenazadas, escoltadas,
o con miedo a cualquier tipo de acto de violencia o intimidación.
En
este tema, hay un componente objetivo y otro subjetivo. No es exacto,
pero víctima de terrorismo es quien se siente así;
insisto, no sólo eso. Un componente objetivo claro sería
el de una persona que ha perdido a un ser querido o ha quedado mutilado
físicamente, o con secuelas psicológicas: no puede
dormir, tiene pesadillas, etc. Esto es un dato objetivo de que hay
una víctima de terrorismo. En general, la justicia, a efectos
de objetivar el tema de las ayudas, ha prestado importancia a estos
componentes objetivos.
Pero hay también un componente subjetivo, que es el que se
refiere a la calidad de vida o al grado de libertad que experimenta
una persona. Si yo salgo con miedo, hay un componente subjetivo
que es muy variable; hay personas que tienen muchos motivos para
sentir miedo, pero que, sin embargo, no lo sienten (no hablo de
personas temerarias). Por ejemplo me pregunto cómo puede
seguir viviendo allí algún concejal de Andoáin
con lo que ha ocurrido, me da la sensación de que tiene una
capacidad de entereza para afrontar una realidad objetiva extraordinariamente
alta. Y, por el contrario, puede haber personas que tienen un grado
de amenaza mucho más pequeño y, sin embargo, están
acongojadas. Eso depende de cada individuo, pero también
de una estructura de personalidad, aparte de los datos objetivos.
Este componente subjetivo me parece extraordinariamente importante;
y todos estos casos los considero víctimas del terrorismo.
Está
a punto de publicar el libro Superar un trauma, ¿qué
recomendaciones básicas da a una persona que haya sufrido
un atentado para superarlo?
En
él hablo de las víctimas en general, de las víctimas
de agresiones sexuales, de violencia familiar, y recojo un poco
mi experiencia de lo que han sido mis 10 años de trabajo
en este campo. Hay que hacer una valoración objetiva. Para
una persona con un nivel de riesgo claro, hay que evitar en lo posible
la fuente de riesgo, por ejemplo, para muchas personas el vivir
fuera del País Vasco puede ser necesario, si esto les está
afectando personalmente.
Pero puede ser que una persona esté atemorizada, y no responda
a una realidad objetiva, en cuyo caso la opinión de una persona
externa a él, que conoce el asunto y tiene una sensibilidad
respecto a las víctimas, es fundamental para contribuir a
hacer una objetivación. Por otra parte, es muy importante,
para combatir las secuelas del terrorismo, intentar normalizar la
vida cotidiana en la medida de lo posible, siempre que las circunstancias
lo permitan y sin olvidar las mínimas medidas de prudencia.
Se trata de evitar las situaciones que puedan producir rechazo,
pero la normalización de la vida cotidiana, como el trabajo,
las aficiones, salir con amigos, es fundamental para que una persona
empiece a ver que ya no es un bicho raro.
Otro aspecto muy importante es alentar a las víctimas del
terrorismo a mirar al presente y al futuro y no anclarse en el pasado
realimentando una situación de victimismo, sobre todo cuando
eso no tiene solución. Integrarse en una asociación
de víctimas puede ser positivo en algunos casos y, en otros,
a lo mejor no. Es curioso porque hay personas que, a nivel psicológico,
el relacionarse con personas que han pasado por lo mismo les rememora
su situación y hay otras, en cambio, para las que eso supone
un auténtico bálsamo porque encuentran un apoyo al
ayudar a los demás y compartir con ellos su sufrimiento.
Siempre me ha llamado la atención que no haya habido actitudes
de venganza. El odio es destructor y el sentimiento de venganza,
en la medida en que está proyectado hacia el pasado, también
lo es psicológicamente, al margen de las razones que puedan
albergar estas personas. Que esos sentimientos desaparezcan depende,
no sólo de la víctima, sino de muchas otras cosas:
del apoyo social, del rechazo explícito al terrorismo y la
utilización de la violencia como forma de solucionar cualquier
tipo de problema, de que no se juegue con conceptos como la solicitud
de perdón. Porque casi se exige a las víctimas que
sean ellas quienes perdonen a los verdugos, cuando éstos
no les han perdido perdón. Son actitudes hirientes, desde
el punto de vista psicológico, para una víctima.
En definitiva, lo más saludable en estos casos es mirar hacia
delante y, siempre que sea posible, compartir el dolor, porque hay
un viejo refrán que dice que una alegría compartida
es una doble alegría y una pena compartida es una media pena.
¿Existen diferencias entre
una víctima del terrorismo y otra de una catástrofe
natural o accidente?
Hay
una diferencia brutal. El impacto psicológico es mucho mayor
en todo tipo de catástrofe o de desastre que esté
provocado intencionalmente por un ser humano. Si una persona pierde
a su familia en un accidente o en una catástrofe natural,
el impacto psicológico es indudablemente enorme, ya que no
se trata, por ejemplo, de una enfermedad cuyo desenlace se prevé,
sino de un suceso brusco y que afecta, frecuentemente, a personas
jóvenes, lo que parece, si cabe, más antinatural.
Por ello, el impacto es brutal en todos los casos.
Pero el terrorismo tiene un componente sobreañadido, que
es el que esté provocado intencionalmente. A una persona
ante una catástrofe natural le caben posibilidades de resignación,
hasta cierto punto; el dolor es inevitable, pero uno puede llegar
a pensar (sobre todo si tiene ciertos sentimientos o ideas religiosas)
que ha nacido con mala estrella, que ha tenido mala suerte, que
el destino le ha señalado con el dedo..., aspectos que facilitan
un cierto grado de resignación ante un fenómeno porque
no hay culpables claros. Eso no cabe cuando una persona te ha matado
deliberadamente a un ser querido, a quien ni tan siquiera conoce
en muchos casos. Cuando alguien ha sido objeto de ese horror, el
daño es mucho mayor, porque uno no lo entiende y es más
fácil que surjan actitudes de venganza, de odio, de percepción
de injusticia, o de desconfianza hacia la naturaleza humana. Lo
normal es que los seres humanos intentemos ayudarnos entre nosotros,
pero cuando surge un acontecimiento de ese estilo, la persona se
hunde, se quiebra el sentimiento de seguridad en uno mismo y sobre
todo en los demás. ¿Cómo me puedo fiar yo de
los demás cuando una persona que ni me conoce, y sin además
querer obtener un beneficio (de robarme, tener un comportamiento
sexual), fría y deliberadamente decide matarme? En general,
las víctimas de delitos violentos, y en concreto las de terrorismo,
tienen un pronóstico peor que las víctimas de un accidente,
una inundación o una catástrofe, y requieren una atención
mayor.
Como
considera, al hilo de lo que estaba diciendo, la diferencia que
hemos visto entre la reacción que ha habido frente a los
muertos de ETA y la que ha tenido la sociedad ahora en Madrid? ¿Hace
falta un número de muertes espectacular para que la sociedad
reaccione ?
Sí,
hay dos diferencias. Por una parte es el número, y que además
el atentado ha sido televisado; por otra que el objetivo ha sido
la población general.
Cuando uno distingue que ese es un problema que hay en el País
Vasco, lo que hace es no ir de vacaciones al País Vasco.
Puede decir que de Euskadi no quiere saber nada, pero lo localiza
allí. Es verdad que, a veces, los atentados de ETA han ocurrido
en Madrid, o en Barcelona, pero han estado dirigidos a militares,
a policías, a jueces, en fin, a personas señaladas.
Pero si tú eres una persona que no tiene una significación
política determinada, en principio, estabas a salvo. Sin
embargo, en el 11 M lo que se percibe es que le puede ocurrir a
cualquiera. Si a eso se une lo que hemos visto después, que
estas células están aquí, que son capaces de
inmolarse, esa carta diciendo que si no había una retirada
inmediata de las tropas de Irak y de Afganistán esto se va
a volver a repetir..., se crea un sobrecogimiento mayor y generalizado.
De alguna forma eso lo vimos también en el País Vasco
en un momento determinado. Cuando afectaba a la Guardia Civil o
a los Policías Nacionales, que además eran gente de
fuera, parecía que el terrorismo sólo les incumbía
a ellos. Aunque a uno le pareciera mal, se veía como un problema
lejano. En el momento en que ya no sólo afecta a esas personas,
sino que ETA empieza a atentar también contra políticos
-y lo de los políticos es más importante porque tiene
más efectos mediáticos-, y que veas a gente conocida
tuya, que van escoltados o que están amenazados, el miedo
se va generalizando.
Sin
embargo, parece como que ya nos hemos acomodado a esta nueva situación.,
parece que a muchos no les importa que el vecino vaya escoltado,
saludan al escolta si le saludan y tira millas.
Claro,
por una parte la gente tiene ganas de vivir, y tiene ganas de mirar
hacia adelante. Incluso en las situaciones más difíciles,
y se vio en toda España cuando se vivió la guerra
civil, la gente fundaba una familia, se dedicaba a trabajar, tenía
sus aficiones, sus intereses. Ese es un aspecto positivo. Antes
lo decía de las víctimas: la mayor parte de las personas,
en función de un instinto de supervivencia, tendemos a salir
adelante.
Pero, por otra parte, hay un efecto de insolidaridad, que creo percibir
en mayor medida en personas jóvenes. Curiosamente en muchas
de las manifestaciones de Basta Ya, siendo muy numerosas, llama
la atención que hay un sector por debajo de los 25 o 30 años
que está muy poco representado. Hay un grado de insolidaridad.
Este es el componente negativo. Mientras no me afecte a mí
o a mi gente, trato de eludir esa situación. Me parece una
mezcla de insolidaridad y cobardía. El terrorismo ha introducido
una degradación moral.
También es verdad que ahora hay un aspecto positivo. Una
muerte genera una conmoción social que no generaba antes.
Se empieza a ver, quizás a raíz de la inflexión
que supuso el asesinato de Miguel Ángel Blanco, la liberación
de Ortega Lara, o después del secuestro de Julio Iglesias.
En torno a esas fechas -cuando se crea el lazo azul- empieza a darse
una conciencia, hay un rechazo social mayor del terrorismo, pero,
sin embargo, el miedo se ha extendido más, afectando a sectores
cada vez más amplios de la población, en la medida
en que los atentados han dejado de ser tan selectivos.
Hablando
de la degeneración moral, ¿cómo ve la salud
mental de los vascos tras tantos años de terrorismo?
No
tan mal como sería esperable. En principio, los indicadores
objetivos de la salud mental son similares a los que existen en
otras zonas de España. Una cosa es el aspecto de degradación
moral, y otra es la salud mental. Eso también pasa desde
otra perspectiva con muchos asesinos. No hay que confundir la normalidad,
en el sentido estadístico y moral del término, con
la normalidad como enfermedad mental. Cuando decimos que uno no
es normal o que no está en su sano juicio, son dos cosas
distintas. Una persona puede ser terriblemente abyecta moralmente,
pero ser normal psicológicamente. Quiero decir que, desde
el punto de vista de la salud mental, me parece que la población
vasca en general es similar a la de cualquier otro sitio de España.
Otro tema es la valoración que nos merezca ese nivel de indiferencia.
Eso denota para mí una degradación moral que es rechazable.
Otra cosa sería la salud mental, que eso no lo he estudiado
a fondo, de personas como policías, ertzainas, o sectores
específicos de la población, como jueces, políticos
constitucionalistas, etc., que probablemente estén mucho
más afectados y allí sí se puedan detectar
ciertos trastornos . Es decir, si se compara a la Ertzaintza o a
la Guardia Civil de Intxaurrondo con la Guardia Civil de Jaén,
probablemente haya más alteraciones entre los primeros.
Así
que para ud. los terroristas no son locos.
Hay
de todo. Mi impresión es que la mayor parte de ellos (y a
algunos los he conocido) son personas fanáticas que tienen
unas ideas sobrevaloradas. Cuando alguien da una importancia desmedida
a una idea, aunque en sí misma sea legítima, esta
idea tiraniza el campo de la conciencia y condiciona la conducta
de la persona. El concepto de patria en principio es saludable como
puede serlo una creencia religiosa. Pero si esa idea religiosa lleva
a una persona a dirigir una secta que vive para eso y que canaliza
a todas las personas y las manipula para conseguir ciertos medios
es otra cosa. En el caso del terrorismo son personas que tienen
una idea sobrevalorada del concepto de patria y que llegan a considerar
que eso es lo único importante, que ellos están en
posesión de la verdad, y que la tienen que imponer a todos
los de su alrededor, por las buenas o por las malas. Son personas
que tienen alteraciones psicológicas en este sentido, pero,
al menos la mayor parte, no están afectadas por una enfermedad
mental.
En el caso del terrorismo etarra, donde ha desfilado tanta gente,
desde personas normales hasta personas narcisistas, hay muchas personas
grises y mediocres en su vida cotidiana, y que han encontrado sus
minutos de gloria apareciendo en los medios de comunicación
y considerándoseles héroes en su pueblo (no asesinos).
Puede haber de todo tipo, personas con una pulsión mística
o religiosa, me refiero a ex-curas o ex-seminaristas, como Txelis,
que salió del seminario y, siendo de origen extremeño,
aprendió euskera de mayor y se fanatizó con este tema.
Se mete en ETA y cuando lo detienen, viene esa especie de conversión
a la Virgen, que parece real, no una mera táctica para salir
de la cárcel, según dicen. Ese tipo hoy en día
es menos frecuente. Probablemente mucha gente que procede de la
kale borroka no tiene ese perfil. Ese fanatismo tampoco ha nacido
con ellos, sino que esas ideas se las han infundido a través
de un proceso de adoctrinamiento en el entorno familiar, en el entorno
social, en las cuadrillas de amigos, en la escuela .Generalmente
se han movido en un ambiente muy cerrado, con lo cual no han percibido
otra forma de pensar y se les ha inculcado esa idea de heroísmo.
Tampoco son psicópatas, porque el psicópata se caracteriza
por ser una persona fría emocionalmente, sin escrúpulos,
sin ningún nivel de remordimiento. Muchos de los terroristas
no tienen este perfil; ellos, con sus amigos, son personas agradables,
cariñosas, se preocupan de sus hijos, porque no los consideran
sus enemigos. El psicópata no quiere a nadie; cuando está
en la cárcel, se lleva mal con toda la gente que está
allí. Los mafiosos, en cambio, se montan sus cuadrillas rápidamente
dentro de ese entorno y los etarras también; en la medida
en que pueden, hacen sus círculos también dentro de
las cárceles y establecen unas relaciones de afecto. Por
tanto, el terrorista etarra no responde en general al perfil del
psicópata, aunque sea muy difícil entender cómo
una persona puede llegar a cometer un asesinato y luego meterse
en la cama y dormir sin pesadillas. Es difícil imaginárselo.
¿Qué
podemos hacer la población en general para aliviar el dolor
de las víctimas?
A
nivel psicológico debemos procurar entre todos facilitar
la normalización de su vida cotidiana lo antes posible. Pero
si esta atmósfera les resulta insoportable, hay que facilitarles
que se marchen hacia sitios donde tengan un entorno familiar o social
que les resulte favorable.
Y por parte de la población se les alivia mostrando un nivel
de apoyo que lo sientan vívidamente, a ser posible sin hacer
distinciones entre las víctimas. Yo creo que hay demasiadas
fundaciones, demasiadas asociaciones y que hay que ser cauteloso
con eso, porque hay algunas víctimas que pueden percibir
que, si su familiar no es una persona conocida, no le hacen la fundación,
no le tributan un homenaje, etc. Se debería llegar a hacer
un homenaje anual y conjunto a todas las víctimas, donde
estén todas las fuerzas políticas y religiosas. Lo
que más valoran las víctimas es que haya una unidad
democrática ante el terrorismo, no que les apoye solamente
la gente del PSOE y del PP, sino que toda la sociedad se vuelque
en ellos. Los curas han tenido más clientes entre las víctimas
que entre los asesinos, aunque luego se han ocupado más de
ellos muchas veces. El apoyo colectivo inequívoco es fundamental.
También que la justicia trate de agilizar los procesos. Ya
he dicho que, cuando alguien está pendiente de procesos judiciales,
el nivel de recuperación es peor pues no puede pasar página
y mirar adelante.Tenemos que exigir también al Estado y a
las distintas instituciones que atiendan lo antes posible las necesidades
de las víctimas, las económicas, las de educación
de los niños, etc. No debemos olvidarnos de que los niños
tienen muchas necesidades, no asimilan, tienen un mayor riesgo de
fracaso escolar, de tener problemas, por ejemplo de iniciación
en el abuso del alcohol o de drogas, etc. Tienen mayor riesgo, porque
se encuentran desasosegados, y pueden canalizar su desahogo de esta
manera, igual que algunas víctimas pueden tener riesgo de
abusar del alcohol, de automedicarse con analgésicos, ansiolíticos,
etc, como forma de superar su malestar.
Teniendo en cuenta que pueden correr el riesgo de vivir excesivamente
del pasado, también hay que ayudarles a proyectarse hacia
el futuro y, en definitiva, a que dejen cuanto antes de sentirse
como víctimas para pasar a sentirse de nuevo como personas.
Pero es una responsabilidad de todos.
|