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ETA SE ESTA DESMORONANDO

Aunque muchos prefieran no atreverse a creerlo, todos los indicios racionales –que son los únicos válidos para hacer previsiones- señalan una dirección única para ETA: el desmoronamiento y la desaparición. Es discutible, por supuesto, si se tratará de un desmoronamiento a cámara lenta, con un perfil en forma de sierra (con reapariciones y desapariciones, atentados y largos silencios), o relativamente brusco; todo esto forma parte del arte de la adivinación y puede servir para proponer modelos teóricos, e incluso cruzar esas apuestas que nos gustan tanto. Pero la otra alternativa, la de que ETA terminará por recuperarse de la redada de la “Operación Santuario” del 2 de octubre y que volverá a reorganizarse, y que superará sin mayores problemas la ilegalización de Batasuna y los efectos sumados del Pacto Antiterrorista y de la Ley de Partidos, eso sí que pertenece al territorio de la fantasía. Para pensar así hay que dar por bueno el mito nacionalista, más interesado que interesante, según el cual ETA sería imbatible, o poseería un alma inmortal que volverá a reencarnarse en canalla armada a la primera de cambio.
En los cuatro últimos años, ETA ha recibido una sucesión de golpes policiales, jurídicos, políticos y sociales como nunca había encajado en su excesiva existencia. Y la respuesta terrorista a la lluvia de golpes ha sido la de un boxeador sonado: impotente, vacilante e insegura. Puñetazos al aire y amagos de embestida. Los intentos de nuevos atentados han fracasado en casi todos los casos desde mayo de 2003; la ilegalización de Batasuna y otras organizaciones del entorno social siguen sin provocar movilizaciones y protestas dignas de mención; Francia y los demás estados europeos la consideran ya un enemigo propio y no sólo un problema español; la estrategia del frente nacionalista ensayada en el pacto de Lizarra ha dado de sí todo lo que podía dar, y es el PNV, y no ETA-Batasuna, quien se ha alzado con la hegemonía en la comunidad nacionalista.
Todo señala en la misma dirección: ETA carece de estrategia y no entiende lo que está pasando, cada vez dispone de menos medios materiales y humanos eficaces para aterrorizar, supone por tanto una amenaza en declive y resulta, en consecuencia, incapaz de perturbar y condicionar la política y la vida social vasca y española. Además, aparece sumida en un creciente aislamiento internacional, entre otras cosas porque su terrorismo nacionalista, basado en asumir los menores riesgos posibles y en dosificar el impacto de sus atentados, no puede estar a la altura -por fortuna- de las atrocidades masivas del terrorismo internacional cuya más virulenta manifestación es la red Al Qaeda.
Las únicas esperanzas que le quedan a ETA para salir del pozo en que se abisma son dos: el auxilio de las demás fuerzas nacionalistas, que siguen reclamando un “final dialogado de la violencia”, y los errores que puedan cometer las instituciones democráticas: Gobierno y Parlamento, partidos políticos constitucionalistas, grupos cívicos, etcétera.
Es indudable que ETA intentará aprovechar cualquier ocasión de recuperación que se presente: intentos de negociación como los de Argel o 1992, ofertas de ofensiva política a cambio de otra tregua, internacionalización del conflicto, etc. Respecto al auxilio nacionalista, el Plan Ibarretxe necesita que la normalización sea sólo un futurible para ofrecerse como otro “plan de paz”, lo que significa que el tripartito gobernante está sin duda interesado tanto en que ETA no actúe como en que no desaparezca -ya lo reconocían sinceramente PNV, EA e IU en el infame pleno del ayuntamiento de Escoriaza. Así que cabe esperar nuevas maniobras y propuestas para conseguir una apariencia de “fin dialogado de la violencia” que dé la razón al nacionalismo y desautorice al constitucionalismo. Nada nuevo por este flanco.
Respecto a los errores constitucionalistas, lo afortunadamente cierto es que las previsiones más pesimistas, fundadas en algunos desgraciados precedentes, están siendo desmentidas por los hechos y las palabras. La redada que ha permitido capturar a Mikel Antza y su siniestra compañía demuestra que el gobierno de Rodríguez Zapatero seguirá respecto a ETA la misma política que el último de José María Aznar. Esto es, seguirá la presión policial y judicial y se mantendrá en su integridad el Pacto Antiterrorista. Pero, por si acaso, no está de más recordar siempre que sea oportuno que ese Pacto significó el comienzo del fin para ETA y sus secuaces, y que debe seguir tal como está, o en todo caso mejorado -nunca rebajado para adecuarlo a las apetencias nacionalistas-, hasta que ETA desaparezca, es decir, deje de ser un problema. Entonces podremos bajar la persiana e irnos a casa, nunca antes.
Entretanto, parece que nuestra labor deberá seguir siendo la misma que hasta ahora: servir de puente entre las corrientes y partidos constitucionalistas (a pesar de los sectarios), animar la movilización social, defender el Estado de derecho, apoyar a las víctimas, perseverar en la denuncia de ETA y sus fundamentos ideológicos (que sigue siendo el nacionalismo étnico o etnicista, qué le vamos a hacer, aunque a la gauche divine eso le parezca una obsesión penosa y derechista, y a la derecha tradicionalista un poco izquierdoso y tibiamente patriótico).