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NECESITAMOS
MAS PACIENCIA
QUE VALOR
Parece
que derrotar definitivamente a ETA y recuperar nuestra libertad
ciudadana está acabando por ser un asunto de paciencia tanto
o más que de valor. Algunos creían que los terroristas
observaban una "tregua técnica", pero eso ha quedado
desmentido
por las últimas detenciones, que han frustrado atentados
inminentes y brutales
como el previsto el día de Navidad en la estación
de Renfe en Chamartín. Es evidente
que ETA tiene cuerda para asesinar y que lo intentará, pero
también que atraviesa momentos críticos, quizás
la fase terminal de su lamentable trayectoria. Pero esto no basta
para devolvernos la libertad robada ni para conseguir el ansiado
deseo de vivir como gente normal y corriente.
Para lograrlo necesitamos, además del fin de los atentados,
que los partidos y grupos sociales
que se aprovechan de la violencia -los nacionalistas e IU- pasen
del gobierno a los bancos
de la oposición. Y para conseguirlo parecen necesarias dos
cosas: una movilización ciudadana tan amplia que obligue
a retirar el Plan Ibarretxe, y la consolidación de una alternativa
política creíble, que concite más apoyos y
votos que los que tiene el Plan. Y aquí es donde empiezan
los problemas.
En Basta Ya procuramos animar cuanto podemos la movilización
ciudadana.
La manifestación del 13 de diciembre en San Sebastián
mostró a quien quiera verlo
el gran número de ciudadanos vascos dispuestos a movilizarse
contra el Plan de Ibarretxe,
con el apoyo de muchos españoles y europeos, y a impulsar
un cambio político profundo en Euskadi. Pero resulta que
la crisis terrorista está revelando la debilidad de la alternativa
constitucionalista vasca, en gran parte consecuencia de las pésimas
relaciones entre PP y PSOE en la escena política española.
Cuando ETA aparece consigue un efecto de piña democrática
que, sin embargo,
cada vez se desvanece antes. Es dudoso que hoy fuera posible acordar
un pacto como el de las Libertades o la reforma de la Ley de Partidos,
que sin embargo han sido vitales para debilitar
al terrorismo. Los nacionalistas se excluyeron voluntariamente del
consenso democrático
con el pacto de Lizarra, y han continuado explotando la violencia
y el miedo en su propio beneficio. Así pues, el origen de
la volatilidad del consenso constitucionalista está en otra
parte.
Sin duda es un asunto complejo en el que hay muchos agentes implicados
y no pocas decisiones desafortunadas -del lado del Gobierno, por
ejemplo, el modo de reformar el Código Penal,
o el lamentable espectáculo de la FEMP, donde fue abucheada
Ana Urchueguía-,
pero parece difícil negar que la tendencia de algunos socialistas
a romper con el PP y
reanudar acuerdos con el nacionalismo es parte importante del problema.
La elección de Imaz como presidente del PNV, con su aura
de moderación, reforzará sin duda la idea de que es
posible
reeditar el pacto PNV-PSE, con el experimento de Maragall como referencia.
Parece que algunos líderes socialistas intentan preparar
el acuerdo contribuyendo a debilitar
todo lo posible la movilización ciudadana contra el Plan
Ibarretxe, objeto de posibles pactos y
arreglos que lo hicieran más digerible. Eso explicaría
actitudes como el ninguneo de la Fundación por la Libertad,
a cuya Conferencia para la Libertad no asistió ningún
miembro de la dirección socialista,
o el intento de desnaturalizar mediante ridículas caricaturas
nuestra manifestación del 13-D,
a la que algunos aseguran que acudieron engañados. Hay que
añadir a esta relación innoble el doble lenguaje de
CC.OO, o la prepotencia pacifista de Gesto por la Paz. Sin duda
esas actitudes nos hacen daño, pero ni mejorarán al
nacionalismo ni evitarán la fractura social, y sólo
consiguen dividir
y desmoralizar a los constitucionalistas. Nosotros seguiremos tratando
de promover iniciativas cívicas comunes que sobrevivan a
las tensiones de la política de partidos y a la asombrosa
mediocridad de algunos liderazgos o al exceso de apetito asimilador
de otros.
Eso sí, habrá que derrochar paciencia. Seguiremos
invitando a todos los ciudadanos, ocupen o no
cargos políticos y sindicales, a participar en nuestras iniciativas,
que desde luego pueden ser criticadas, pero que también merecen
la lealtad y el respeto elemental usuales entre la gente decente.
Estamos dispuestos, incluso, a hacerle sitio a Arnaldo Otegi si
un día rompiera con ETA,
colaborara con el Estado de Derecho y exigiera libertad e igualdad
para todos los vascos,
nacionalistas o no. Aunque esto último sea muy poco probable,
es imprescindible conseguir
sumar más voluntades y firmas de apoyo al trabajo común.
Pero conviene recordar que si bien la paciencia puede y debe ser
grande, tampoco es infinita. Todo tiene un límite, algo de
lo que deberían tomar nota tanto los amigos del terrorismo
como sus compañeros de viaje y los aspirantes
a ser admitidos en la tribu, aunque sea como socios de segunda categoría
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