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BASTA
YA DE BATASUNA
El inicio del proceso de ilegalización
de Batasuna emprendido por PP y PSOE es sin duda una estupenda noticia
para todas las víctimas del terrorismo, incluyendo en este
concepto a las miles de personas amenazadas por ETA. La suposición
de que este vapuleado colectivo pueda ver agravada su situación
por efecto de la tensión que pueda provocar la ilegalización,
como prevé la Pastoral de los obispos vascos o anuncia el clarividente
Odón Elorza, es más bien una auténtica necedad
que demuestra la insólita ceguera y sordera de estos sujetos
respecto al sufrimiento de los agredidos. Lo cierto es que algunos
de los que hasta ahora han conseguido eludir a ETA y sus comparsas
van a empezar a probar las delicias que disfrutamos tantos políticos
constitucionalistas, profesores, militantes de colectivos cívicos,
empresarios que no pagan chantajes y periodistas que hacen su trabajo
sin plegarse a la censura. Porque los terroristas ya han comenzado
a exigir a sus intérpretes más comprensivos, empezando
por PNV y EA, gestos inmediatos de ruptura y guerra con el sistema
constitucional. Ellos verán, pero una vez ilegalizada Batasuna
como brazo político de ETA, nadie podrá considerar demócratas
a las entidades y personas que se empeñen en apoyarla.
Los primeros efectos de la propuesta de ilegalización están
a la vista: identificarse públicamente con la gentuza proetarra
comienza a ser peligroso. A pesar de los dramáticos llamamientos
a su militancia, la manifestación de protesta de Batasuna en
San Sebastián del domingo 11 de agosto resultó pobre
(menos de diez mil asistentes), sin que la agresividad verbal compensara
el relativo fracaso de la convocatoria. Arnaldo Otegi y Joseba Alvarez
dieron más argumentos al ministerio fiscal y al Parlamento
prometiendo más atentados y violencia si el proceso de ilegalización
seguía adelante. Que al mismo tiempo ofrecieran diálogo
expresa su sensación de creciente aislamiento pues, como todos
recordarán, uno de los acuerdos básicos del Pacto de
Lizarra era el abandono explícito de la negociación
directa entre ETA y el Estado, principio ilustrado por el ilustre
Egibar al declarar que, en lo sucesivo, se prescindiría de
PP y PSOE para avanzar unilateralmente en el proceso soberanista.
Pues ya ven: ahora Batasuna ofrece diálogo con Aznar a cambio
de retirar la ilegalización. Así que la disparatada,
fascistoide y arrogante estrategia de Lizarra ha fracasado en toda
regla.
Se acercan malos tiempos, es cierto, pero sobre todo para los partidarios
de Lizarra, así como para esa parte de la opinión pública
que ha disfrutado de la extraordinaria e inmarcesible calidad de vida
reservada a los vascos-vascos que, como aconseja Ibarretxe, no se
meten en política ni quieren ser ciudadanos. Para los demás,
en cambio, la ilegalización de Batasuna es una esperanza verosímil
de pronta liberación: ¿qué hombre o mujer de
los miles de españolistas que han sufrido el terrorismo o que
ahora viven sin libertad no apoyará la ilegalización
para llegar a salir de este infierno, aunque ello conlleve por algún
tiempo sufrir nuevas tensiones y pruebas? Los nacionalistas y neutrales
no han comprendido que la contemporización con ETA-Batasuna
ha llegado al punto final. Tampoco comprenden el hastío, el
asco y la ira que, gracias a ellos y su falta de empatía, solidaridad
y compasión, se han acumulado estos años entre todos
nosotros, ni entienden nuestra voluntad de llegar a un final definitivo.
El proceso de ilegalización en curso no es la panacea ni será
un camino de rosas; se enfrenta a no pocos retos y obstáculos
jurídicos. Tampoco acabará de golpe con la amenaza terrorista,
ni mucho menos con el peligroso e insufrible fanatismo étnico
del que vive ETA, y encima soliviantará a los indiferentes
y oportunistas que ya empiezan a clamar para que nada cambie y todo
siga igual. Sin duda habrá nuevos asesinatos, atentados y agresiones,
que además se echarán en cara a los intransigentes.
Pero la ilegalización de la mafia de ETA es un paso imprescindible
para llegar un día a disfrutar de un país razonablemente
libre y seguro, donde hacer públicas opiniones y compromisos
democráticos que disgusten al nacionalismo no implique la conversión
del audaz en paria ni en objetivo de asesinos que, encima, disfruten
de representación legal. |
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