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ACTUALIDAD

 

Elecciones y Secesión

TEO URIARTE

Tras la fallida experiencia del pacto de Estella, prefigurada en textos del hasta entonces nacionalismo moderado, el panorama político vasco se vio sacudido por el vertiginoso proceso planteado por el PNV, obligando a la sociedad a soportar sus planteamientos más radicales y una dinámica que por pequeño que fuera su rechazo abocaba a esta sociedad a su ruptura. De hecho, el PNV ha ratificado su posicionamiento de que la única sociedad que cuenta es la parte nacionalista de esta sociedad, dividiéndola en dos partes y obligando a toda ella a un enfrentamiento que sólo la permanencia en España, en un Estado de derecho, suaviza. Parecería una escena de la política ficción, irresponsable por demás, potenciar una crisis de esta naturaleza en una sociedad donde el nivel de bienestar bajo el actual sistema es evidente, pero la propuesta está ahí cada día con más contundencia, dispuesta a asumir todo tipo de riesgos con tal de que el futuro de este país sea sólo nacionalista.
La nueva confirmación por parte de Ibarretxe de que habrá un referéndum en contra de la legalidad, además de anular cualquiera de sus afirmaciones de moverse en democracia, sin ley no hay democracia, nos introduce en un enfrentamiento político que en nada favorece la necesaria estabilidad política y el respeto a los valores cívicos, su supremacía, que nos alejarían de la violencia. Su plan, anunciado muchas veces como un plan de paz, no puede serlo al provocar la mayor de las crisis que desestabiliza el sistema político refrendado por el PNV hace veintisiete años, rechazando entonces el derecho de autodeterminación en las Cortes Constituyentes, y aprobando posteriormente el Estatuto de Autonomía. Es decir, aceptando el actual marco político.
Hoy, por el contrario, renuncia a él, y desde el seno de ese mismo Estado, desde la gestión de nuestra autonomía, desencadena un proceso de autogolpe que fuerza a que la pervivencia del terrorismo encuentre en esta rebelión desde el Gobierno vasco una gran razón fundamental para su supervivencia, sólo aletargada en estos momentos por la acción policial. El plan, o toda la dinámica secesionista desencadenada por el PNV, constituye un elemento justificativo de la violencia terrorista y aleja necesariamente las posibilidades de renuncia por parte de los terroristas de sus procedimientos criminales. Es imposible en estos momentos de enfrentamiento político desde el Gobierno vasco, rechazadas sus pretensiones por el Gobierno central, que el terrorismo encuentre una excusa para abandonar la lucha armada. La propuesta de Ibarretxe garantiza la pervivencia del terrorismo.
Posiblemente esta sea la consecuencia más dramática de la dinámica inaugurada por el nacionalismo vasco, pero, además, forzada la sociedad ante el llamamiento para un referéndum cuya consecuencia es la soberanía vasca, con la subsiguiente secesión, se le obliga a la misma a dividirse socialmente. Normalmente, salvo algún caso aislado de consulta pacífica, esta consulta de naturaleza drástica suele acarrear consecuencias muy dramáticas para lo que con anterioridad al anuncio de la consulta solía ser una sociedad bastante armónica, en la que las diferencias políticas no suponían, como ocurre en toda sociedad democrática, cambios traumáticos en la vida cotidiana del ciudadano.
Quien espere que la utilización de procedimientos drásticos encaminados a una solución de ruptura política no van suponer consecuencias dramáticas para la ciudadanía es un ingenuo peligroso. Salvo el caso de Québec, las soluciones de cosoberanía o confederales, como la constitución de Yugoslavia del setenta y cuatro, animadas por procedimientos plebiscitarios corren el riesgo de llevarnos a enfrentamientos civiles. Es de suponer que la percepción social de la presencia del Estado es lo que no dramatiza las peligrosas expectativas que cualquier proyecto político como el planteado por Ibarretxe generaría en otras latitudes.
Esta dinámica, que ha paralizado la vida política vasca, protagonizada e impuesta por el nacionalismo, ha llegado a un obstáculo que parece insalvable por el PNV, su refrendo por el Parlamento vasco. Aunque dicho obstáculo se deba a la defensa de su identidad por parte del mundo que rodea a ETA, SA, que ve su supeditación al proyecto del PNV como un paso más a su integración en la comunión política nacionalista, éste no se detiene, sigue adelante y lo formula como su gran estandarte electoral, implicando por primera vez de una forma directa a cada ciudadano en avalar la secesión a través de su papeleta de voto.
Los nacionalistas moderados, que con anterioridad creyeron que la propuesta de Ibarretxe sólo alcanzaba condicionar al Estado cara a un mayor nivel competencial, en esta ocasión podrán observar que el proceso secesionista va en serio y que cada voto es corresponsable con el devenir de dicho proceso. Antes de que se convoque el referéndum a través de las elecciones autonómicas tendremos el primer ensayo de decisión hacia la soberanía. Unas elecciones en ese contexto evidentemente radicalizará aún más la situación política en Euskadi arrastrando la radicalización a sus ciudadanos. Buen prolegómeno para cualquier enfrentamiento.
Es evidente la rúbrica de fracaso como sociedad democrática que con la propuesta unilateral nacionalista Ibarretxe realiza. Lo importante hasta su proyecto era el nivel de conviencia existente en esta sociedad, sólo manchada por el terrorismo de una minoría. A partir de sus propuestas la sociedad vasca no existe como tal, está dividida, y el objetivo de cualquier demócrata, la convivencia social y política, se destruye por obra y gracia de un plan que lleva hasta sus últimas consecuencias las aspiraciones más radicales del nacionalismo vasco.
Una consecuencia política creada por el nacionalismo es que el rechazo al plan soberanista lo ha conducido el lehendakari y el PNV a las próximas elecciones autonómicas, obligando en cierta manera a los partidos de la oposición, el PSE y PP, en su conjunto, a plantear la estrategia de éstos fundamentalmente en su rechazo, y, lo que es más importante, a unirles políticamente en la necesidad de una alternativa, aunque sus estrategias vayan por separado, para desbancar al PNV del poder en Euskadi, como única solución ante la deriva crítica a la que aboga el nacionalismo a nuestro país. Es, en caso de producirse un frente, el PNV el responsable, aunque en manos del PSE o del PP está en no repetir una apariencia frentista que tanto moviliza a las mesnadas nacionalistas, pero con la mirada en que la solución pasa por desbancar al PNV.
No ha podido existir otra solución ante el empecinamiento nacionalista. Ha sido tal el énfasis y la rotundidad por la ruptura que han obligado a los partidos de la oposición a tener un discurso de rechazo muy semejante y a no vislumbrar ninguna solución con el PNV, al menos de momento, si se produjera una victoria electoral entre la suma de ambos. Y quizás no haya sido siempre voluntad de esos partidos coincidir en la necesidad del rechazo al PNV. Ha sido el PNV el que les ha obligado a ello.
Volveremos, pues, a otras elecciones con dramatismo publicitado especialmente por el PNV, que ve en ese dramatismo la posibilidad de arrancar votos a SA buscando la mayoría absoluta del actual tripartito y convocar a continuación el temido referéndum. Es muy probable que el PP acepte el invite tremendista ante las elecciones, actitud que evitará el PSE, pero ambos se van a ver impulsados a sostener el éxito electoral de cada una de sus fuerzas por separado, con diferentes estilos y formas, con el fin de poner con la victoria electoral fin a esta peligrosa deriva. Volveremos a tener algo más importante que unas meras elecciones en este país.