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ABC,
10 julio de 2005
OCCIDENTE
IGNARO
Anteayer,
el corresponsal en Madrid del «Daily Mirror» comentó
en este periódico que los españoles no habíamos
conseguido entender el significado e importe del 11-M. El señor
Wilkinson enumeraba varias causas, entre las que destaca el cainismo
oportunista de los grandes partidos. Creo que señor Wilkinson
lleva razón, y le concedo de barato que la clase política
británica reaccionara con más altura a la tragedia
del jueves. Mi optimismo, sin embargo, se acaba ahí. El terrorismo
a gran escala inaugurado por los islamistas fanáticos vulnera
hasta tal extremo las pautas de la historia reciente, que resulta
difícil ponerse de acuerdo, no ya sobre las vías de
acción oportunas, sino sobre la propia naturaleza del fenómeno.
No voy a añadir, faltaba más, nada interesante. Quiero
sólo señalar una obviedad modesta, y no siempre bien
recibida.
Al
revés que en el caso de la ETA o del IRA, la violencia islamista
no emana de un contencioso circunscrito en el espacio y en el tiempo.
El conflicto palestino integra, por supuesto, un factor; y Chechenia
otro factor; e Irak, un factor añadido. Ahora bien, la superposición
de estos factores no dibuja el contorno «del problema».
El problema parece remitirnos más bien a una bronca secular,
con acentos teológicos, entre el Islam y Occidente.
La
tesis está avalada por los propios jihadistas: el jihadismo
persigue la aniquilación de los valores y formas de vida
que Occidente representa, no la reparación, o no sólo
la reparación, de agravios concretos. Cierto, los móviles
del ser humano son muy complejos. Los adolescentes marroquíes
o egipcios que dieron saltos de alegría al ser derribadas
las dos torres, operaron a impulso de emociones diversísimas.
Tal cual, se resarcía de un sentimiento de humillación
conectado en origen con la época colonial. Tal otro, recordó
a los israelíes vencedores de la Guerra de los Seis Días.
Otro todavía, enojado por los fracasos económicos
postcoloniales, proyectó hacia el exterior un malestar de
índole doméstica. Admitido. Ello no impide, empero,
que estos desgarros, estas crisis del alma irreducibles a una cantidad
homogénea, hayan tomado cuerpo, o consistencia simbólica,
en un pensamiento simple: el de que Occidente es el mal.
La
conclusión, es que existe una guerra de civilizaciones. Es
políticamente incorrecto hablar de guerra de civilizaciones.
Parece que se invocara a los cruzados de un lado, y a Saladino del
otro, y que se fuera a montar luego, con estas imágenes o
espectros, un tabladillo de marionetas infantil y cruento. Pero
hay modos asépticos de justificar el uso del término.
Basta, para que haya guerra de civilizaciones, con que una de las
partes sostenga que la hay, como es suficiente, para que se produzca
un lance de honor, que alguien estime que otro le ha ofendido. Se
trata de una cuestión sicológica, no ontológica.
Los
jihadistas, y quienes aplauden sus fechorías, creen en una
guerra de civilizaciones. De resultas, la guerra de civilizaciones
no es una fantasmagoría. Es un hecho aún incoado,
o en estado semilarval. Un hecho que conviene evitar que vaya a
más. Pero no es una idea traída por los pelos o un
invento.
¿Por
qué recula Occidente ante esta tesis? ¿Por qué
la rechaza, antes incluso de ponerse a examinarla con un mínimo
de ecuanimidad? Una razón es que no sabe cómo enfrentarse
a un desafío tan difuso, tan estrafalario desde su punto
de vista. Si el enfrentamiento girara sobre el reparto desigual
de la riqueza, quizá podría conseguirse algo promoviendo
el bienestar en las zonas del globo más conflictivas. Los
señores del G-8 iniciarían conversaciones, y todos
tendríamos la sensación de que se ha empezado a dar
pasos en una dirección prometedora. Nos moveríamos
en un área plagada de dificultades, aunque localizada en
el mapa. La noción terrible de una enemiga a muerte entre
formas de vida bloquea, por el contrario, el horizonte. Literalmente,
nos deja boquiabiertos y como pasmados.
Otra
razón por la que Occidente recusa la tesis de una guerra
civilizatoria, es la arrogancia. Los occidentales consideran, en
el fondo, que no hay más civilización que la suya,
y enuncian esta fe afirmando que en el esquema pluralista de la
democracia moderna caben todos los credos, todas las confesiones,
todas las mentalidades. Todo el mundo puede ser occidental; o si
se quiere, todo el mundo concurre en Occidente. Pero esto es una
simpleza. La religión de los jihadistas, por ejemplo, no
es alojable en el esquema occidental. En puridad, las viejas religiones
sólo son alojables en el esquema occidental moderno una vez
que se han vuelto muy semejantes a las confesiones semisecularizadas
y diluidas que Locke defendió en «The Reasonableness
of Christianity». A los occidentales les place pensar que
sus enemigos encarnizados son víctimas de un malentendido.
El dolor acabará por despertarlo a la realidad.
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