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El Mundo, 22 de mayo de 2005

EL FUTURO DEL PAIS VASCO / LA REUNION GOBIERNO-ETA DE 1998

Cita a ciegas en la ciudad del chocolate

Reconstrucción del encuentro de los hombres de Aznar y la cúpula de ETA, con el obispo Uriarte como notario, en Vevey (Suiza)

CASIMIRO GARCIA-ABADILLO

MADRID.- El pasado 19 de mayo se cumplieron seis años de una reunión histórica entre la cúpula de ETA y tres representantes del entonces presidente del Gobierno, José María Aznar.
Justo dos días antes de ese aniversario, el martes 17, la mayoría del Congreso [192 diputados] respaldó una moción presentada por el Partido Socialista que autoriza al Gobierno a abrir una negociación con ETA si previamente la organización terrorista ha abandonado las armas.

Los 147 diputados del PP se opusieron a la moción al entender que con ella se da categoría de interlocutor político a ETA y que su aprobación sin consenso supone, de hecho, la ruptura del Pacto Antiterrorista firmado por los dos grandes partidos en diciembre de 2000.

¿Qué hay de común entre los dos procesos? ¿Son comparables? ¿Tiene razón el PSOE cuando acusa al PP de deslealtad por criticar al Gobierno por lo mismo que dicho partido hizo cuando estuvo en el poder? ¿Por qué Aznar autorizó la apertura de un proceso de diálogo con ETA?

Las respuestas a estas preguntas se encierran en una historia sobre la cual sus protagonistas han mantenido una reserva absoluta por razones obvias. EL MUNDO ha reconstruido las circunstancias de la reunión y los hechos que permitieron que se llevase a cabo.

VIAJE SIN RUMBO

Javier Zarzalejos, secretario general de la Presidencia de Gobierno; Ricardo Martí Fluxá, secretario de Estado de Interior, y Pedro Arriola, asesor de Aznar en su condición de presidente del PP, fueron designados por el presidente del Gobierno como «interlocutores» ante una eventual reunión con ETA apenas unos días después de que la banda terrorista declarase una tregua indefinida que comenzaba a tener efecto desde el 18 de septiembre de 1998.

El obispo de Zamora, Juan María Uriarte, fue propuesto por ETA (y aceptado por el Gobierno) como «intermediario» para llevar a cabo los contactos iniciales. Zarzalejos y Uriarte fueron los encargados de mantener una línea caliente que funcionó a plena satisfacción a partir de finales del mes de octubre de 1998.

A mediados del mes de noviembre, ETA hizo llegar una carta a Aznar a través del conducto oficial (es decir, monseñor Uriarte) en la que la organización ponía de manifiesto su deseo de establecer «un canal permanente de comunicación».

El 16 de diciembre, Zarzalejos respondió en nombre de Aznar que aceptaba el establecimiento de dicho canal y dio a conocer, como pedía ETA, los nombres de los tres interlocutores que eventualmente participarían en una hipotética reunión con la organización: el propio Zarzalejos, Arriola y Martí Fluxá. Los tres tenían un denominador común: eran personas de la plena confianza del presidente. Sobre todo, los dos primeros. El secretario de Estado de Interior añadía a esa condición otras dos muy especiales: era el número dos del ministro del Interior, Jaime Mayor, quien pilotaba la lucha antiterrorista y la política a seguir en el País Vasco y, además, había sido jefe de Protocolo de la Casa Real.

El nombramiento de los interlocutores lo hizo personalmente Aznar.No consultó su decisión con nadie. La discreción era fundamental para que el proceso que se iniciaba no se viera abortado innecesariamente.Ni siquiera sus vicepresidentes (Francisco Alvarez-Cascos y Rodrigo Rato) tuvieron noticia de la constitución de una comisión interlocutora con ETA, ni mucho menos de la identidad de sus miembros.

Aznar, siempre preocupado por cuidar las formas, optó por que la comisión actuara en representación suya, y no del Gobierno, precisamente para no tener que dar cuentas a sus ministros de los pasos que se iban dando y preservar así la confidencialidad del proceso.

ETA respondió al mensaje remitido por Zarzalejos a través de Uriarte mostrando su absoluto desacuerdo, no respecto a los tres designados para el contacto, sino respecto al método de comunicación seguido por el Gobierno. La respuesta a la propuesta de ETA no se había producido por escrito, sino por vía oral: «No entendemos cómo hablan de discreción si no entregan por escrito las comunicaciones dirigidas a nosotros», se quejó la banda. «Lo que tengan que decir, deben decirlo por escrito y firmarlo», exigió la organización.

El Gobierno accedió a poner negro sobre blanco los nombres de los designados como interlocutores y, finalmente, en abril de 1999, ETA hizo llegar un mensaje, a través del que ahora es obispo de San Sebastián, dándose por satisfecha con la respuesta recibida.

El contacto estaba, pues, a punto para producirse. ETA puso como condición para el mismo que el lugar, el día y la hora de la reunión fueran de su exclusiva competencia por motivos de seguridad.Los representantes del Gobierno aceptaron, pero siempre que el mismo no se llevase a cabo en «circunstancias vejatorias». Es decir, nada de vendas en los ojos ni traslados a lugares secretos.ETA no puso inconveniente en que el encuentro tuviera lugar a cara descubierta y en un lugar público.

Por fin, el 19 de mayo, Uriarte, Zarzalejos, Fluxá y Arriola partieron desde Madrid, por vía aérea, hacia Ginebra (Suiza).Sólo sabían que iban al país alpino, pero desconocían la hora y el lugar exacto de la reunión. Una vez allí, Uriarte iría recibiendo instrucciones sobre las coordenadas de la cita. Monseñor, que iba vestido para la ocasión con traje y corbata, era la única vía de contacto con los terroristas.

Ya en Suiza, ETA cambió en dos ocasiones el sitio al que debían dirigirse. Ninguno de los cuatro hombres que salió de Madrid hacia Ginebra a primera hora de la mañana sabía por tanto la localidad donde se iba a producir la reunión, asumiendo un evidente riesgo, ya que Interior no montó ningún dispositivo especial de protección o seguimiento.

La delegación se movía de un lado a otro en taxi y todos sus miembros, a excepción de Uriarte, llevaban apagados sus móviles.

Por fin, ETA dio el nombre del lugar donde finalmente tendría lugar la ansiada reunión. Se trataba de la pequeña ciudad de Vevey, cerca de Montreux, y a unas decenas de kilómetros de Ginebra, junto al lago Leman. Un lugar paradisiaco, en medio de un paisaje idílico y donde se respira un penetrante aroma a chocolate. No en vano, Vevey es la sede de la multinacional Nestlé.

Cuando el grupo llegó al hotel donde iba a producirse el encuentro ni siquiera sabían con quién o con quiénes se iban a reunir.ETA se había negado a dar los nombres de su delegación.

Por fin, en una pequeña sala de reuniones del hotel, reservada por los etarras, los representantes de Aznar y el obispo se encontraron frente a un hombre y una mujer. El varón era nada más y nada menos que Mikel Albizu, conocido como Mikel Antza, responsable del aparato político de ETA. Ella era Belén González Peñalva, Carmen, ex miembro del comando Madrid, que ya había participado en las conversaciones de Argel con el Gobierno del PSOE junto al los dirigentes etarras Eugenio Etxebeste, Antxon, e Iñaki Arakama Mendía, Makario. Carmen y Antxon, seguían siendo miembros del llamado aparato de interlocución de ETA.

Para que no hubiese malos entendidos o alguna de las partes pretendiese hacer una lectura partidista de lo que allí se iba a hablar, se acordó que Uriarte levantara acta de la conversación. Por parte de ETA, Belén González (que sólo abrió la boca para pedirle en euskara algunas aclaraciones a Antza), se encargó de tomar notas (que en mayo de 2000 fueron publicadas por el periódico Gara). Por parte de los representantes de Aznar, fue Martí Fluxá el encargado de reflejar lo más fielmente posible lo que allí se iba a tratar.

La sala era bastante sobria. Tenía una amplia ventana y una decoración austera. Sobre la mesa, nada más que unos vasos y unas botellitas de agua mineral.

Antza (identificado en las notas de Belén González como Erakundea, organización) fue el primero en tomar la palabra. Reiteró el deseo de ETA de alcanzar una solución negociada al conflicto, después de 10 años de lucha tras el último intento de paz en las llamadas conversaciones de Argel. «Esperamos no salir escaldados», dijo.

Zarzalejos (identificado en las notas de ETA como Representante Español I) agradeció la labor de mediación de Uriarte y apuntó que la única forma de mantener abierta la interlocución era que se respetase escrupulosamente el cese de la violencia.

Antza, que admitió que la tregua no planteaba ninguna condición de ETA, preguntó si el Estado español estaba dispuesto a respetar el derecho de autodeterminación de Euskal Herría en su totalidad.

Arriola (identificado por ETA como Representante Español II) hizo una larga disquisición sobre lo que podía y no podía hacer el presidente del Gobierno en cuestiones tales como Navarra.«Hemos venido con las manos en los bolsillos», dijo, «sin ninguna propuesta concreta».

En un momento dado, Antza asumió un papel victimista. «Nosotros estamos en tregua y los estados [se refería a Francia y España] no». En ese momento, los negociadores procedentes de Madrid se enteraron de que allí tenía que haber estado una tercera persona integrando la delegación de la banda terrorista. Se trataba de José Javier Arizkuren Ruiz, conocido como Kantauri, responsable de los comandos ilegales de ETA. Kantauri representaba al sector duro de la organización (se llegó a decir que era contrario a la tregua), pero había sido detenido por la policía francesa en Paris, el 9 de marzo de ese mismo año. Es decir apenas dos meses antes de la celebración de la reunión de Vevey.

El jefe político de ETA estaba obsesionado con las filtraciones a la prensa y pidió que el Gobierno controlase a los medios de comunicación. «Eso les incumbe controlarlo a ustedes», dijo, «una cosa es la libertad de expresión y otra, la libertad de tontería, y con estos temas eso no se debe permitir».

Otra de las obsesiones por parte de Antza era la seguridad. De hecho, hubo un pequeño incidente que fue mencionado en la reunión y que provocó gran inquietud en la delegación etarra. A la entrada del hotel donde tuvo lugar el encuentro alguien hizo una fotografía.Los representantes de Aznar negaron cualquier relación con el asunto. Arriola llegó a comentar que le pareció ver a un turista haciendo una prueba con una pequeña cámara de las de usar y tirar.

Antza exigió que no se hicieran seguimientos a sus miembros (querían que se parara los pies al Cesid) y mencionó algunos realizados en un intento de mediación a través de la Comunidad de San Egidio.Martí Fluxá (que estaba sentado frente a Antza y que fue identificado por ETA como Representante Español III), en una de sus escasas intervenciones, se excusó diciendo que Interior no les había informado de que se hubiera producido ningún seguimiento. «Pero si usted es del Ministerio del Interior», le inquirió Antza.«Pero no me lo dijo el ministro», se justificó el secretario de Estado.

Aunque Zarzalejos valoró positivamente la participación de Euskal Herritarrok (nombre con el que se presentó Batasuna a las elecciones vascas de octubre de 1998) en las instituciones, dejó muy claro que el Gobierno no podía debatir nada políticamente con una banda armada.

LA TREGUA

Después de tres horas de reunión, Antza propuso que fuera el intermediario [Uriarte] el que se encargara de la logística para una nueva cita y Martí Fluxá se comprometió a que el Estado no iba a «poner ninguna trampa». Los etarras fueron los primeros en abandonar la sala. Uriarte, Zarzalejos, Arriola y Fluxá se marcharon en taxi al aeropuerto y volvieron inmediatamente a Madrid.

El anuncio de la tregua de ETA, realizado a través de un comunicado de cuatro folios escrito en euskara y remitido al diario Euskadi Información el 16 de septiembre de 1998, sorprendió a Aznar fuera de España, de visita oficial en Perú. El presidente estaba acompañado por el ministro de Exteriores, Josep Piqué y por el secretario de la Presidencia, Javier Zarzalejos. La prensa demandaba una respuesta ante una noticia no por esperada menos trascendente.El ministro del Interior, Jaime Mayor, se había referido con anterioridad a un posible cese de la violencia como una «tregua trampa» (así lo hizo en declaraciones a Telecinco el 14 de septiembre).Así que la mayoría de los medios quería saber si Aznar mantenía la misma posición que su ministro del Interior.

El presidente se encontraba visitando una escuela agropecuaria cuando recibió el aviso desde La Moncloa. Después tenía prevista una reunión con Alberto Fujimori. Aznar les dijo a los periodistas que daría una respuesta en la rueda de prensa tras su entrevista con el presidente de Perú. Zarzalejos y Piqué se encargaron de redactar la nota oficial. Entraban y salían del despacho del presidente peruano con sus borradores, algo que incomodó al entonces todopoderoso mandatario.

La postura del Gobierno se concretó en una mezcla de dureza y esperanza. Aznar habló de «contemplar los nuevos horizontes», y confesó: «Nada me alegraría más que el anuncio se correspondiera con la realidad y fuera el inicio del abandono definitivo de la violencia». Pero también advirtió de la posible frustración «porque estemos ante un movimiento táctico o porque se ponga precio a la paz, olvidando el marco de convivencia».

La situación política estaba determinada por la firma del llamado Pacto de Lizarra, que se firmó el 12 de septiembre de 1998 y que suponía la creación de un bloque nacionalista en el País Vasco, incluyendo a IU/EB, y, por primera vez, a la izquierda abertzale.

El Gobierno y el PSOE interpretaron el paso dado por PNV y EA como una traición a los principios que habían guiado la lucha antiterrorista durante los últimos 20 años. Por tanto, se esperaba que, tarde o temprano, ETA declarase una tregua para dar credibilidad y sostén electoral al bloque nacionalista que se acababa de constituir y que pretendía romper con el marco estatutario que había servido de punto de encuentro para los partidos democráticos vascos.

El Gobierno sabía que se habían producido contactos entre ETA y el PNV/EA, pero no conocía con exactitud los términos de un posible a cuerdo, aunque era obvio que el Pacto de Lizarra y la propia tregua eran una consecuencia del mismo.

A mediados de septiembre de 1998, los Servicios de Información lograron averiguar el contenido del pacto entre ETA, PNV y EA.

En efecto, representantes de la banda y de los dos partidos nacionalistas habían mantenido reuniones secretas a partir del mes de julio de 1998 hasta que lograron consensuar un comunicado firmado en agosto, en el que el PNV y EA se comprometían a «impulsar, apoyar y pactar todas las iniciativas que tengan como objetivo la superación institucional y estatal existente actualmente», a la vez que asumían el compromiso de «abandonar todos los acuerdos que tienen con las fuerzas cuyo objetivo es la destrucción de Euskal Herria y la construcción de España [PP y PSOE]».

Por su parte, ETA se comprometía a «proclamar un alto el fuego indefinido». Como adenda, la banda añadía en el documento del acuerdo: «Si bien el alto el fuego será total e indefinido, se mantienen las tareas de abastecimiento, así como el derecho a defenderse en un eventual enfrentamiento».

El PNV y EA firmaron ese acuerdo, aunque luego añadieron en su parte posterior su propuesta de desarrollo político, en el que matizaban el apartado tres del mismo (el que hacía referencia al abandono de los acuerdos con el PP y el PSOE).

EL REY Y EL CONSENSO

Cuando Aznar regresó a Madrid tras su viaje a Perú el 19 de septiembre de 1998, lo primero que hizo fue organizar una ronda de consultas con la oposición. El primero en acudir a Moncloa fue el secretario general del PSOE, Joaquín Almunia.

Aznar también conversó con Julio Anguita (líder de IU hasta diciembre de ese mismo año), muy contrariado por la decisión de su partido en el País Vasco de respaldar el Pacto de Lizarra. Asimismo, cambió impresiones con Jordi Pujol (presidente de la Generalitat y cabeza de CiU), e incluso con Xabier Arzalluz (jefe indiscutible del PNV).

Al presidente le preocupaba sobremanera que los pasos que se iban a dar se fueran produciendo de común acuerdo con el principal partido de la oposición. Almunia demostró una extraordinaria disposición al diálogo.

Por su parte, Mayor Oreja abrió su propio frente desde el Ministerio del Interior y organizó periódicas cenas a las que asistieron, entre otros, Juan Alberto Belloch (responsable de Justicia e Interior del PSOE y ex responsable de ambos ministerios) y Nicolás Redondo Terreros (secretario general del PSE-EE). La intención del presidente del Gobierno era conocer si la mayoría de los partidos del arco parlamentario daban su visto bueno al establecimiento de contactos con la organización armada.

Una vez que se obtuvo un consenso suficiente, el 3 de noviembre de 1998, el Gobierno dio a conocer a través de la agencia Efe su decisión de «autorizar» contactos con ETA. Al día siguiente, el 4 de noviembre, en una rueda de prensa conjunta con el líder de la Autoridad Palestina, Yasir Arafat, y preguntado por ese asunto, Aznar dijo: «Yo he querido que los ciudadanos supieran y tengan muy claro que el Gobierno, y yo personalmente, he autorizado contactos con el entorno del Movimiento Vasco de Liberación.Lo he autorizado personalmente y quiero que los españoles lo sepan... Cuantos pasos tengamos que dar en este camino serán conocidos por la opinión pública española».

El 10 de noviembre, el Congreso aprobó por unanimidad una resolución en la que se instaba al Gobierno al «más amplio diálogo con todos los partidos» de cara al desarrollo de «una nueva orientación consensuada y flexible de la política penitenciaria en la forma que mejor propicie el final de la violencia».

A primeros de diciembre de 1998, la delegación de interlocutores del Gobierno se reunió en secreto en Burgos con una representación de Batasuna formada por Arnaldo Otegi, Rafael Díez Usabiaga y Pernando Barrena.

La conversación fue bastante frustrante. Hay que tener en cuenta que EH (aunque Batasuna era legal, había elegido esa marca para acudir a las elecciones autonómicas) había logrado 14 escaños (224.000 votos) en los comicios celebrados en octubre, y sus dirigentes estaban ciertamente crecidos.

Otegi fue muy claro. Batasuna no estaba dispuesta a actuar como intermediaria de ETA. Si el Gobierno quería un diálogo con la organización armada, tenía que hablar directamente con sus portavoces.Ya entonces, Batasuna pretendía que el proceso político vasco discurriera a través del cauce establecido a partir de dos mesas de negociación: una política, en la que sus líderes estarían presentes junto a los de los demás partidos vascos; y otra militar, en la que los interlocutores sólo podían ser ETA y el Estado español.

A partir de entonces, el Gobierno se limitó a esperar la comunicación de ETA que debía llegar a través de monseñor Uriarte.

A pesar del secreto que rodeó al proceso de contactos, un asunto que Aznar sí trató con sus hombres de confianza en el Gobierno (los dos vicepresidentes, el ministro del Interior y el de Exteriores) fue hasta dónde se podía llegar en una posible negociación con ETA. Según una de las personas que participó en esas deliberaciones, el presidente tenía muy claro que cualquier medida tenía que producirse después de que los terroristas certificaran su disposición a dejar la violencia de forma definitiva.

Aznar no se fiaba de ETA y Mayor le había transmitido una conversación captada al jefe de sus comandos ilegales, Kantauri, en la que decía que la tregua declarada iba a ser cosa «de pocos meses».Sin embargo, el Gobierno tenía que hacer gestos que evidenciaran que estaba dispuesto a ceder en algo (ésa era la posición de Zarzalejos) y esos gestos sólo podían concretarse en un acercamiento de presos. El Gobierno no estaba dispuesto a la reagrupación o a su envío al País Vasco, como pedían nacionalistas y Batasuna.

Aznar siempre decía: «Desde el desarme podremos ser generosos».Pero no se quería pillar los dedos. Sabía que la única vía de cesión era la política penitenciaria. Para él, el Estatuto de Gernika y la Constitución eran irrenunciables. Según una fuente solvente, a lo más que llegó el presidente del Gobierno fue a pedir un estudio para acelerar la transferencia de competencias al País Vasco y su posible ampliación.

Nada más producirse el encuentro de Burgos, el Gobierno tuvo información de que la Casa Real se sentía «marginada» de la información sobre el proceso.

Aznar encomendó a Piqué y a Zarzalejos que mantuvieran convenientemente informado al Rey a través del jefe de la Casa, Fernando Almansa, con quien mantuvieron una primera reunión a mediados de diciembre de 1998. El presidente era consciente de que se jugaba su mandato en el proceso de paz y ello le llevó a extremar su prudencia.Cuando la delegación enviada a Suiza llegó a Madrid y sus hombres le informaron en La Moncloa, lo primero que hizo fue llamar al Rey. Al día siguiente le visitó en el Palacio de la Zarzuela.

Seis meses después, el 28 de noviembre de 1999, ETA anunció el fin de la tregua a partir del 3 de diciembre. La banda justificaba su decisión en que el PNV y EA no habían cumplido su compromiso de ruptura total con los «partidos españolistas». El 21 de enero de 2000, ETA colocó en Madrid un coche bomba que acabó con la vida del teniente coronel Pedro Antonio Blanco. La esperanza había durado poco más de un año.