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El Correo, 10 de febrero de 2004

La medalla de Pagaza

SANTIAGO GONZÁLEZ

Le recuerdo, Josu Jon, aquella tarde aciaga en el salón de plenos del Ayuntamiento de Andoain, mientras Joseba Pagazaurtundua agonizaba. La expresión de su cara revelaba su conmoción interna y quizá una cierta incomodidad por el ambiente. Me gustaría que lo recordase un año después, mientras contempla la imagen ominosa de sus concejales brazo en alto para oponerse a la concesión de la medalla del municipio al que fue jefe de la Policía Municipal de Andoain hasta el 9 de febrero de 2003.

Sus concejales han tratado de explicar lo inexplicable con argumentos que usted ha hecho propios. Nada tienen contra Pagaza, pero rechazan la tentación de honrar a la víctima del crimen porque el equipo de gobierno no ha negociado previamente con ellos y otras consideraciones de orden menor. Haga un esfuerzo imaginativo, Josu Jon, e imagínese a usted mismo mirando a los ojos de Estibaliz Garmendia, Pilar Ruiz y Maite Pagazaurtundua, tres mujeres que son arquetipos de la literatura clásica, mientras repite este argumentario cicatero y miserable.

Recuerde las cartas premonitorias de su propio asesinato que Joseba Pagaza escribió al Departamento de Interior y la desatendida petición de Ramón Jáuregui para que pudiera seguir en Laguardia. El entonces portavoz de su partido, Joseba Egibar, natural de Andoain y funcionario en excedencia del Ayuntamiento en el que prestaba sus servicios Pagaza, no tuvo a bien acudir a la manifestación que se celebró en su pueblo contra el crimen. Una página web que aún mantiene su partido daba la noticia con una nota biográfica del difunto que explicaba su destino temporal en Laguardia con la insidia de que «no dejó muy buen recuerdo entre sus compañeros» de allí. Un mes más tarde, su antecesor, Xabier Arzalluz, calificaba a Pilar Ruiz, madre Coraje, de «esa pobre mujer a la que le escriben las cosas que tiene que decir». Unos meses después, la organización municipal de su partido invitó a Arnaldo Otegi a dar una conferencia en el batzoki de Andoain. Al cabo de un año, sus concejales le han negado la medalla.

Ya me parecía a mí que algo se me escapaba en el anuncio del Gobierno vasco, ese de la víctima con el pintalabios. «¿Qué van a pensar mis amigos y mis hijas?», piensa la amenazada frente al espejo. «Me tendrán que poner guardaespaldas». Después del pleno de Andoain lo he comprendido. Es un anuncio culpabilizador de la víctima, que asume su condición como una etiqueta infamante. Algo habré hecho.

Su presencia en Andoain aquella tarde ha sido la única nota de empatía de su partido con esta víctima. No puede borrar el gesto infame de sus concejales, pero sí atender la razonable sugerencia de Patxi López y exigirles que rectifiquen. Asuman que la sangre de la víctima pesa mucho más que su vanidad y súmense a posteriori al homenaje a Pagaza. Nunca es tarde.