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| El Diario Vasco, 10 de febrero de 2004 Una insultante negativa ROGELIO ALONSO/COORDINADOR UNIDAD DE DOCUMENTACIÓN Y ANÁLISIS SOBRE TERRORISMO, UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS La reciente e insultante negativa de PNV y EA a conceder la medalla de Andoain a Joseba Pagazaurtundua expone, a mi juicio, dos graves problemas. Por un lado, el nacionalismo demuestra una indignante falta de moralidad y humanidad, al tiempo que, por otro, exhibe una preocupante ineficacia en la necesaria batalla de deslegitimación del terrorismo etarra. Por todo ello el nacionalismo confirma su incompetencia a la hora de asumir fundamentales responsabilidades políticas. La deslegitimación política y so-cial del terrorismo, que tan vital es en toda estrategia antiterroris-ta, debe perseguirse activamente desde las instituciones a las que se ataca. Oportunas parecen las palabras de José Angel Cuerda en 2003 cuando apelaba al Gobierno Vasco a que ejerza «un liderazgo para cambiar la sociedad, para in-tentar solucionar, antes que las relaciones de Euskadi con el Estado, la normalización, la tolerancia y la solidaridad». Como subrayaba Cuerda, esta tarea corresponde a «quienes dirigen la socie- dad, al Gobierno», de ahí la especial responsabilidad del nacionalismo gobernante. Mientras ETA busca el desistimiento y el aislamiento social de una parte de la ciudadanía vasca, las iniciativas y los comportamientos políticos deben tener en consideración tan condicionante circunstancia. Por ese motivo, la responsabilidad de los políticos ante las víctimas exige mayor respeto hacia el sufrimien-to de quienes padecen el terrorismo de una organización que, no se olvide, persigue unas aspiraciones nacionalistas. En ese contexto, ignorar los efectos que el terrorismo tiene sobre quienes son su objetivo, como han hecho PNV y EA al rechazar la condecoración de Joseba Pagazaurtundua, no contribuye a evitar esa deshumanización de la víctima que los asesinos ansían. Emerge pues una necesaria interrelación entre variables como la moralidad, la política y ese factor humano inherente a la victimización provocada por el terrorismo. Evitar dicha asociación equivale a negar la realidad, a mirar para otro lado cuando se plantea la dimensión política de las víctimas y, en consecuencia, a despreciar a seres humanos que sufren. Hace unos días tuve el privilegio de escuchar el testimonio de Maite Pagazaurtundua durante un congreso internacional de víctimas del terrorismo. Mientras contenía sus lágrimas relató el doloroso duelo de su familia en este primer año tras el asesinato de su hermano. Esta mujer valiente que vive con la amenaza constante de cobardes que siguen intimidándola habló sin odio, sin rencor, rebosando una humanidad que un auditorio repleto de víctimas le recompensó con un prolongado y cálido aplauso. Entre ellas se encontraba Arnold Roth, cuya hija Malki murió en un atentado suicida en Jerusalén en 2001. Ambos compartían el deseo de que sus seres queridos no fueran olvidados convirtiéndose en meras estadísticas. Ése era el propósito del pleno celebrado en Andoain en el que los nacionalistas quisieron negar a la familia Pagazaurtundua su digno derecho al reconocimiento colectivo. Por ello resulta descorazonador comprobar que vascos nacionalistas que hablan la misma lengua que Maite sean incapaces de conmoverse ante el sufrimiento y el coraje de una mujer con cuya experiencia, en cambio, sí se identificó un judío cuyos padres sobrevivieron a Auschwitz. El episodio de Andoain revela cómo el nacionalismo vasco se encuentra inmerso en un profundo estado de negación que le lleva a presentar el diálogo y la búsqueda de la paz como guías de su acción política al tiempo que niega los pilares sobre los que tan honorables objetivos deben construirse: la justicia y la memoria. El comportamiento del nacionalismo vasco se encuentra perfectamente descrito en la obra de otro judío, el sociólogo Stanley Cohen. «¿Qué hacemos con nuestro conocimiento del sufrimiento de otros y qué impacto tiene en nosotros este conocimiento?», se pregunta en una obra titulada Estados de negación (States of De-nial), en la que puede leerse la siguiente cita de George Orwell: «Los nacionalistas tienen la capacidad para no ver las similitudes que hay entre hechos semejantes. El nacionalista no sólo no desaprueba las atrocidades que comete su mismo bando, además tiene una extraordinaria capacidad para ni siquiera escucharlas. En el pensamiento nacionalista hay hechos que son verdaderos y falsos al mismo tiempo, que se conocen y que se desconocen. Un hecho sobre el que se tiene conocimiento puede ser tan insoportable que se arrincona sin que se le permita ser procesado lógicamente. O también puede ser objeto de cálculo sin que llegue a admitirse como un hecho. Al nacionalista le obsesiona la creencia de que el pasado puede ser alterado. Los hechos son eliminados, las fechas son alteradas, las citas apartadas de su contexto y manipuladas pa-ra cambiar su significado. Sucesos que se piensa no deberían ha-ber sucedido se silencian y en último lugar se niegan. Se alienta la indiferencia ante la verdad objetiva sellando un mundo de otro, haciendo así más duro el poder descubrir lo que realmente está pasando. Si una persona alberga en su mente un odio o lealtad na-cionalista, algunos hechos son inadmisibles aunque se sepa que son ciertos». Desgraciadamente, esta reflexión con la que Cohen ilustra el funcionamiento de los mecanismos de negación evoca la actitud del nacionalismo vasco. El nuevo presidente del PNV, Josu Jon Imaz, ha llamado a sus bases a conformar «un auténtico ejército de solidaridad activa» con las víctimas y amenazados. Sin embargo, les niega sin reparos y sin compasión esa solidaridad rechazando la distinción del jefe de Policía de Andoain. El nuevo líder del nacionalismo vasco aboga por una «nación cívica», pero respalda la falta de civismo de quienes se niegan al reconocimiento y al recuerdo de quien fue asesinado por de-fender la convivencia y la libertad en una sociedad amenazada por el terrorismo. La justificación con la que ha defendido a sus concejales revela también que, como escribía Orwell, «en el pensamiento na-cionalista hay hechos que son verdaderos y falsos al mismo tiempo, que se conocen y que se desconocen». Imaz recordó que su partido había rechazado el «salvaje» asesinato de Pagazaurtundua y acusó a quienes optaron por homenajear al fallecido de buscar «políticas de ruptura de consenso» mediante ac-titudes «partidistas». Sin duda alguna se evidencia un partidismo al intentar, mediante el homenaje al asesinado y la reivindicación de su me-moria, combatir la deshumanización que el asesino ambiciona, par- cialidad con la que resulta incomprensible que no simpatice el dirigente de un partido democrático que dice no ser partidario de ETA. A lo largo de todo un año la familia Pagazaurtundua se ha enfrentado a lo que Maite ha descrito como una dramática sucesión de «la primera vez sin»: «Las primeras vacaciones sin Joseba», «las primeras navidades sin Joseba», «las primeras notas de sus hijos sin Joseba». Día a día han tenido que reinventar su vida sin ese ser querido arrebatado violenta e injustamente. En ese terrible duelo estos vascos no han encontrado la comprensión de unos nacionalistas que días antes del duro aniversario de la muerte aceptaron generar una innecesaria polémica sobre el simple pero significativo recuerdo de un hombre asesinado por la banda terrorista ETA. La ausencia de piedad y empatía que ello revela es innegable, denotando una peligrosa degradación moral. No son estas palabras una demonización del nacionalismo vasco, sino una crítica a quienes han actuado con un comportamiento endemoniado y mezquino que aleja la paz y la reconciliación. Y es que frente al perdón y el olvido que con frecuencia se exige en aras de una supuesta paz y de un pragmatismo político bajo el que subyace la peligrosa redefinición del pasado, el recuerdo de la víctima, de sus nombres y apellidos, y el reconocimiento del daño y de la injusticia cometidos por los perpetradores de la violencia son cuestiones que no deben ser ignoradas.
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