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La
Razón,
miércoles 12 de febrero de 2003
Hielo en la sangre
Aleix Vidal-Quadras
Aunque
todos sabemos que el ser humano es capaz de descender a los abismos
morales más tenebrosos, en las ocasiones en que nos vemos
obligados a asistir a exhibiciones de maldad que sobrepasan lo imaginable
la impresión recibida nos sorprende como un ataque imprevisto.
Cuando el pasado lunes el eurodiputado de Batasuna Koldo Gorostiaga
pidió la palabra después de la condena por el presidente
Cox del asesinato de Joseba Pagazaurtundua, los presentes en el
hemiciclo esperábamos su típica intervención
en penoso inglés para hacer propaganda de sus planteamientos
independentistas. Sin embargo, al escuchar cómo se permitía
lamentar la muerte de la última víctima de ETA, expresar
sus condolencias a la familia y hacer una exhortación al
diálogo para traer la paz al País Vasco, un manto
de gélido horror cayó sobre el salón de plenos
de Estrasburgo. El nivel de cinismo que requiere semejante actuación
a las pocas horas de un crimen tan execrable cometido por la banda
terrorista de la que el partido de Koldo Gorostiaga es el brazo
institucional, sobrepasa cualquier límite de perversidad
abyecta. Ni una hiena hambrienta mostraría la crueldad que
este perfecto ejemplar de nacionalista radical desplegó ante
los ojos y los oídos estupefactos de los representantes de
la ciudadanía europea que ocupaban los escaños en
ese momento de oprobio. El poder soltar un discurso así mientras
el cadáver aún caliente del heroico miembro de «¿Basta
ya!» yacía en el hospital revela la naturaleza profunda
del mal al que nos enfrentamos en España desde hace un cuarto
de siglo. Pero siendo repulsivo el comportamiento de semejante escoria,
aún lo es más el de los que autocalificándose
de demócratas propiciaron con sus decisiones sectarias que
Joseba se viera obligado a volver a Andoain contra su voluntad y
posibilitaron con sus votos en el Ayuntamiento que quedara a merced
de un alcalde
cómplice de sus verdugos. La carga de ignominia que pesa
ya sobre el PNV es muy alta, pero la trágica interrupción
de la vida de Joseba Pagazaurtundua ha añadido a su pestilente
masa un peso adicional que sólo conciencias tan encallacidadamente
envilecidas como las de Xabier Arzallus, Juan José Ibarreche
y Joseba Eguibar pueden soportar sin romperse de arrepentimiento
y de vergüenza. No es extraño que los hombres de bien
que militan en la centenaria formación, porque alguno les
queda, se hayan dado de baja o se hayan apartado de su actual cúpula,
y la aceptación de su presencia en el velatorio por parte
de la familia Pagazaurtundua ha reconocido justamente este testimonio
de sensibilidad ética. ETA ha apretado el gatillo que ha
acabado con la noble existencia de Joseba, pero los proyectiles
que perforaron su cuerpo desprevenido e indefenso hace tiempo que
se venían fabricando por los seres de sangre helada que pululan
por los despachos y pasillos de la Sabin Etxea.
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