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La Vanguardia , 27 de Junio de 2004

El cantautor vasco Imanol fallece a los 56 años por un derrame cerebral

Tras sus relaciones con ETA en los años sesenta, por las que tuvo que marcharse a Francia, en el año 2000 resolvió abandonar el País Vasco, harto del “ambiente irrespirable” que encontraba allí y de las amenazas y presiones

DONAT PUTX - 27/06/2004

Barcelona. – Otra voz que se va. El cantautor vasco Imanol Larzabal (Imanol, a secas, para el arte) falleció el viernes por la noche en un hospital de Orihuela (Alicante), a causa de un derrame cerebral. Donostiarra de 1947 y con estudios de delineación que nunca aprovechó para nada, Imanol se inició en el mundo de la música como dantzari del grupo Argia. Su último disco, Versos encendidos, el tercero de su larga trayectoria que registró en castellano, apareció el pasado año. Un álbum que, según el propio Imanol, debemos ver como “fruto de un trayecto de itinerancia geográfica y de reflexión íntima lejos de la tierra que me vio nacer”. Y es que nuestro autor no estaba en su casa. No se lo podía permitir. En el año 2000, abandonó Euskadi harto del “ambiente irrespirable” que allí encontraba: de las interminables amenazas y presiones sufridas desde que, en 1986, participó en un concierto de homenaje a Dolores González Katarain, Yoyes, la militante etarra cruelmente asesinada por sus ex compañeros de filas.

Nos guste o no, ETA y el exilio son materias recurrentes en la biografía del creador que nos ha dejado. En los últimos sesenta, y tras seis meses internado en la prisión de Martutene, Imanol tuvo que marcharse a Francia por su relación con la banda. Publicó su primer disco en 1969 bajo el pseudónimo de Michel Etchegaray. En 1972, sin haber podido regresar aún a San Sebastián, facturó su primer LP, Askatasunaren pausoak tinkatzen ari, al que siguieron otros dos álbumes editados también en el exilio. Regresó a casa con la amnistía de 1977, oficiando varios conciertos en compañía del grupo bretón Gwendal. Nuevo episodio extraartístico en 1985, cuando dos presos etarras se fugaron de la prisión introduciéndose en los altavoces del equipo de sonido de Imanol, que fue detenido junto a cinco de sus músicos hasta que se esclarecieron los hechos.

Ya en 1990, y con una solvente discografía en euskera a sus espaldas, grabó su primer disco en castellano, Viajes de mar y luna. No es fácil valorar, en esta hora precipitada, la carrera musical de Imanol. Pero nadie duda que fue uno de los buenos artistas de un país repleto de excelentes creadores. Un tipo que combinaba una gran sensibilidad poética con la curiosidad musical (hay, en su discografía, escarceos con el mundo celta, el pop o el jazz). En escena, era un intérprete que capturaba la atención del público, un cantante felizmente afrancesado, cerebral incluso, austero y más amigo del matiz que del aspaviento. Cierto músico vasco destacaba ayer entre sus discos Lau haizetara (1977). Tomemos nota, pero no olvidemos producciones como Oitzen, la galleta que cocinó a medias con su camarada Paco Ibáñez en 1999.

Justo cuando abandonó su país, Imanol actuó en Barcelona en el ciclo de canción de autor Barnasants. Casualmente o no (él decía que no), el disco que presentaba entonces se titulaba Ausencia. Pere Camps, director de Barnasants, se las arregló para que Imanol compartiera un aperitivo con varios periodistas. Era el cantante un tiparrón alto, amigo del buen beber y poco dado al victimismo, lo que me impresionó teniendo en cuenta su circunstancia personal. Diría que analizaba su propio caso desde fuera. Su crítica a ETA –dura, nunca crispada– no le impedía mostrar al mismo tiempo un firme y argumentado desacuerdo con la política antiterrorista del gobierno de entonces.