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ABC, 8 de julio de 2004
IMANOL
MIKEL AZURMENDI/
La amistad se transforma en piedad cuando el amigo fallece. Entonces el amigo entra en el mundo de los antepasados, como Caro Baroja o mi padre, que no eran amigos míos precisamente sino guías de conducta a los que mi memoria cuida y mi razón venera. La piedad es un nuevo tipo de amistad, porque también implica cuidar de la libertad de otro, sólo que éste se halla lejanamente ausente. El cantante Imanol se hallaba ya ausente de mi cotidianeidad porque, primero yo y luego él, decidimos alejarnos del País vasco donde nuestra vida jamás podría aspirar al ideal de excelencia. Allá, solamente podíamos aspirar a conservarla fuera como fuere, es decir, pensar a diario en que no nos mataran. Este sentimiento tan frustrante llegó para ambos casi a la vez, porque así nos lo veníamos ganando a pulso desde 1971.
Desde el Proceso de Burgos, previamente al cual bastantes comilitones habíamos abandonado ETA, fui para Imanol un ser cercano. A él y a otros de sus amigos les ayudé a clarificar el desastre al que nos llevarían ETA y el conjunto del nacionalismo; él lo vio muy nítido y también se salió de la organización del terror. Hizo un primer disco con su nombre propio al que yo, para ilustrar la portada con un cuadro que había hecho Tàpies para ETA (un pie desnudo untado en sangre caminando sobre una tela), titulé Askatasunaren pausoak tinkatzen ari, esto es, vamos fortaleciendo los pasos de la libertad. Y seguimos caminando juntos, influyéndonos mutuamente pero manteniendo también las distancias de la crítica. Ante el asesinato de Carrero Blanco, firmamos conjuntamente una octavilla en París, para condenar el atentado y advertir de que aquella general alegría de toda la oposición al franquismo no presagiaba nada bueno. Y anduvimos con respeto el uno junto al otro, no siempre acordes pero sin aceptar manipulación ni identificaciones gratuitas. Vinimos del exilio casi a la vez y pensábamos también, equivocadamente ambos, que en aquella transición era posible lograr más libertad. Él era más próximo que yo a Euskadiko Ezkerra, por ser más abierto que yo a determinados nacionalistas vascos. Él fue más valiente que yo ante el asesinato de Yoyes, pero no lo fue tanto ante el asesinato del concejal Gregorio Ordóñez; él creyó más que yo en la Plataforma contra la autovía de Leizarán, de la que se originó la vía Elkarri, por eso tuvo que luchar más para darse cuenta de su error. Creía menos que yo en la política de los políticos pero era más inconsecuente, porque supo ser amigo de Labordeta, pese a todo. En fin, discutíamos de nuestros respectivos compromisos pero también intervinimos en colmar de pequeña felicidad nuestros dilatados días de temor y temblor. Él acaba de morir exterrado, como alimaña a la que, tras perseguir, se la olvida. Llamaba Tombuctú a la Torrevieja donde, refugiado, se aisló definitivamente y yo visitaba cuando podía.
Imanol es mi primer amigo que fallece y, en el estremecimiento que deja en mí su vacío, como cuando un pájaro salta del cable sobre el que estaba posado y la sacudida lo hace vibrar, habla desde mí la piedad. Ahora he comprendido qué era ser amigos: yo, un cable donde él solía posar y, él, también un estirado y frágil alambre en el aire donde yo poder sujetar un vuelo. Los dos en libertad suma, pero resonando del impulso del otro. Ahora solamente me queda empezar a venerarle como excelencia de libertad en un proyecto vital. El nacionalismo vasco tratará de utilizarlo y de borrar las distancias de su pasión por lo vasco como profundamente compatible con lo español. Imanol fue un gran cantante vasco, si no el mejor, de los últimos 30 años. El pesebre del nacionalismo vasco lo rayó de su nómina desde el comienzo; su último disco, financiado por un puñado de amigos, se llama «Ausencia». La que nos deja él hasta que crucemos el sonido del cable amigo que zarandearemos al impulsar nuestro último vuelo. Y volveremos entonces a estar definitivamente juntos, nada más que como voz de memoria para otros amigos cuya amistad habremos tal vez merecido.
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