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HASTA AQUÍ Nº18. JULIO/AGOSTO DE 2004

 



 

"Nací con fórceps, y eso marca…", comentaba Imanol en una entrevista del año 92. Posiblemente se quería referir a ese apego especial a su madre, a la que visitaba con una asiduidad poco corriente. Hablaba de un trato secreto contraído con ella, como si el cordón umbilical nunca los hubiera separado. Quizás su espíritu nómada creó un poso de culpabilidad que le incitó a pasar el mayor tiempo posible con ella. Para nivelar todas sus ausencias francesas. Y lo hizo de manera ferviente y generosa. Imanol estuvo con ella hasta el final.

 

EL ECO DE IMANOL

- Era valiente, pero le pudo la tristeza y se fue sin querer decir nada, sin quejarse de nada, en el más humilde de los silencios.

-Yo ya sabía que acabaría yéndose al sur, a ese sur donde nacen ríos de ese vino fino que él hizo mestizo en vaso de sidra.

A quienes conocimos a Imanol, pero no fuimos de ese círculo de amigos de la primera órbita, nos quedó una sensación confusa tras su muerte. La gente no se muere así, de una forma tan estúpida, sin meter ruido, sin patalear. Luego te cuentan que se murió de pena y tristeza y se te parten las tripas. ¿De pena…? ¿De tristeza…? Pero si siempre estaba sonriendo. Si siempre estaba contento e ilusionado. Sólo su música era triste e íntima, pero aquí por estos nortes todas las músicas son tristes e íntimas.
Yo había hablado mucho con Imanol del sur, porque a mí también me gusta el sur. A los dos nos ahogaba este norte, porque este norte nuestro es oscuro, pesado y húmedo. Húmedo de lágrimas de llorones. Nos han mentido intencionadamente con eso de la fuerza, la sinceridad, la honradez de los vascos. Por suerte los vientos de la última historia han disecado todas esas monsergas. Aquí se miente, se traiciona, se arrincona, se humilla, se odia y se da la espalda sin ningún pudor no sólo a los distintos, como predicaba Sabino Arana, sino también a los propios. A Imanol le tocó esa suerte y dentro de ese pedazo de hombrachón, se cobijaba un ser mucho más sensible y débil de lo que todos pensábamos.
Imanol era nómada, sus escasas pertenencias eran las de un nómada y su casa en Gros era la casa de un nómada. Le costaba muy poco hacer las maletas porque estaba acostumbrado y en ellas sólo metía las cuatro cosas que conservaba. Yo ya sabía que acabaría yéndose al sur. Ese sur de donde brotan todos los colores, todas las alegrías y todo el oxígeno. Ese sur donde nacen ríos de ese vino fino que él hizo mestizo en vaso de sidra. Al sur de la nueva vida, del nuevo Imanol que quizás acabarían convirtiendo en Manué o Lolo. Pero ese sur se convirtió en su exilio, en su olvido. Fue un nuevo Iparraguirre. Porque el sur no es lo que parece, como tampoco lo es el norte y como tampoco lo son todos los puntos cardinales del mundo. Porque el sur es también tierra de vividores, de tahúres y de piratas. Imanol no era nada de eso. Era valiente, pero le pudo la tristeza y se fue sin querer decir nada, sin quejarse de nada, en el más humilde de los silencios. Se dió cuenta de que había caido en una trampa mortal.
Conocí a Imanol hacia el 88 y me he tomado algunos vinos con él en el Durán de Gros. Teníamos una buena relación y nos contábamos algunas cosas. "¡Hola chavalote…!", me decía siempre. Bueno, creo que ese era su saludo universal. No entiendo que sólo unos pocos supieran que lo estaba pasando mal. No entiendo que sólo unos pocos supieran que estuvo tres largos meses ingresado en un hospital donostiarra en estado de extrema gravedad. Y que un amigo se lo llevó de nuevo a Tombuctú, como él llamaba a su escondite, en un estado penoso, porque ya no quería estar en su tierra, pese a que sus amigos le animaban a volver. Pese a que ETA le hubiera ya amnistiado, según dijo alguien. No entiendo ese silencio suyo ni el de sus amigos que se niegan a decir media palabra. ¡Adiós Imanol, le han dicho, hasta el reencuentro! Y han cerrado sus bocas, para que nadie utilice su recuerdo, ni manipule su mirada tierna. No quieren ni portadas, ni crónicas rosas. Eso sí lo entiendo. No quieren que nadie use su nombre en vano, ni para comprar ni para vender nada. Eso también lo entiendo. Pero no entiendo que no se quiera hablar de él. No entiendo que se quiera silenciar hasta su eco. Quizás seamos todos algo culpables de su soledad. Yo no quiero callarme. Y menos en verano, que hasta los helados te dejan ese recuerdo de vainilla o chocolate. Imanol también nos ha dejado su sabor de amistad.
Este trabajo quiere ser el eco de ese "¡hola chavalotes!" que nos regalaría Imanol desde su sonrisa alta y amplia en un reencuentro imposible ya, pero deseado. He recogido diversos testimonios de la gente que le quiso. Sólo unos pocos, porque aunque es un placer recorrer los diferentes tramos de su vida, la amplitud de este trabajo es la que es. Testimonios de gente diversa que convivió con él en la infancia, que compartió los lápices y los graphos, las hambres y los aplausos, las guitarras y las semicorcheas. Testimonios de gente que se apena no haberle conocido mejor. Me hubiera gustado hablar con sus hermanas, con Txema Garces, Karlos Jiménez y los músicos que le han acompañado durante todo este tiempo, con Marian, su compañera última, con sus colegas cantantes, con esa cuadrilla del cincuenta cumpleaños que le pusieron otra esquela, en fin. Ojalá esto no acabe aquí y podamos hablar de Imanol con naturalidad, sin requiebros y sin complejos. Pero me temo que aún es demasiado pronto . JOSEMARI