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HASTA AQUÍ Nº18. JULIO/AGOSTO DE 2004

 
 


Manueltxo fue delineante en el estudio del arquitecto Marticorena.
Un día cambió de nombre y se pasó al otro lado. Cambió también los graphos por una guitarra libertaria y siguió dibujando.

Manuel Larzabal no siempre fue Imanol. Antes, al menos durante un breve período al inicio de sus años mozos, era Manueltxo: un joven alto, delgado, extremadamente pulcro y muy circunspecto. Bailaba en un grupo de danzas vascas relacionado, creo recordar, con la Parroquia del Antiguo, a la que pertenecía su familia. Ahí se insinúa una de las facetas de su personalidad: la apetencia de conocer, integrarse y participar en los acontecimientos de su país.
También era delineante. Un buen delineante: rápido, limpio y seguro. Sobre todo, era un delineante preciso. Ya entonces llevaba gafas, pero nada escapaba a su atenta, detenida, empeñada observación. Trazaba con seguro pulso unos dibujos nítidos, nada retóricos.
Señalaba su trabajo una radical ausencia de estilemas marginales decorativos: líneas cruzadas ligeramente pasadas, regruesos remarcados, caprichos compositivos en los rótulos,... Nada, ningún trazo de más venía a exceder la escueta y precisa expresión gráfica requerida.
Su despejada inteligencia y atenta inclinación por la precisión se ponían de manifiesto cuando fallaba alguna calculadora. Aquellas máquinas eran entonces ruidosos mecanismos que, como todas las máquinas, podían averiarse. Manueltxo se daba cuenta y lo anunciaba con palmaria sencillez: "Esta máquina no anda bien; dos mil trescientos catorce con veinticinco por mil seiscientos veintiocho con cuarenta no son tres millones seiscientos sesenta y ocho mil ciento diecisiete con sesenta". Así de sencillo.
Un día, ya no estaba. Los sicarios del miedo se lo habían llevado, envuelto en un viento frío, hacia horizontes de terror e ignorancia.
Esas experiencias marcan. Nunca volvió a ser el mismo; desde luego, no fue ya, creo, delineante, ni tampoco Manueltxo. A partir de entonces fue ya el Imanol del que todos hemos podido saber.
Ahora ha muerto. Ha muerto pronto y lejos. Imanol vivía con especial sensibilidad lo que sabía de su país, ahí está su obra para acreditarlo. Cantó en ella, con sabroso lirismo, los aconteceres de su entorno, a los que nunca volvió la cara. El lirismo del cantante nunca empañó la pasión del delineante por la precisión y la verdad. Una combinación atractiva, pero plagada de riesgos. Hoy muere antes de su esperanza razonable de vida y apartado de sus barrios queridos, de su entorno sentimental.
Y aquí nos quedamos nosotros, tristes, dolidos, profundamente irritados. RAMÓN AYERZA



RETRATO DE UN DELINEANTE

-El lirismo del cantante nunca empañó la pasión del delineante por la precisión y la verdad.