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Manueltxo fue delineante en el estudio del
arquitecto Marticorena.
Un día cambió de nombre y se pasó al otro lado.
Cambió también los graphos por una guitarra libertaria
y siguió dibujando.
Manuel
Larzabal no siempre fue Imanol. Antes, al menos durante un breve
período al inicio de sus años mozos, era Manueltxo:
un joven alto, delgado, extremadamente pulcro y muy circunspecto.
Bailaba en un grupo de danzas vascas relacionado, creo recordar,
con la Parroquia del Antiguo, a la que pertenecía su familia.
Ahí se insinúa una de las facetas de su personalidad:
la apetencia de conocer, integrarse y participar en los acontecimientos
de su país.
También era delineante. Un buen delineante: rápido,
limpio y seguro. Sobre todo, era un delineante preciso. Ya entonces
llevaba gafas, pero nada escapaba a su atenta, detenida, empeñada
observación. Trazaba con seguro pulso unos dibujos nítidos,
nada retóricos.
Señalaba su trabajo una radical ausencia de estilemas marginales
decorativos: líneas cruzadas ligeramente pasadas, regruesos
remarcados, caprichos compositivos en los rótulos,... Nada,
ningún trazo de más venía a exceder la escueta
y precisa expresión gráfica requerida.
Su despejada inteligencia y atenta inclinación por la precisión
se ponían de manifiesto cuando fallaba alguna calculadora.
Aquellas máquinas eran entonces ruidosos mecanismos que,
como todas las máquinas, podían averiarse. Manueltxo
se daba cuenta y lo anunciaba con palmaria sencillez: "Esta
máquina no anda bien; dos mil trescientos catorce con veinticinco
por mil seiscientos veintiocho con cuarenta no son tres millones
seiscientos sesenta y ocho mil ciento diecisiete con sesenta".
Así de sencillo.
Un día, ya no estaba. Los sicarios del miedo se lo habían
llevado, envuelto en un viento frío, hacia horizontes de
terror e ignorancia.
Esas experiencias marcan. Nunca volvió a ser el mismo; desde
luego, no fue ya, creo, delineante, ni tampoco Manueltxo. A partir
de entonces fue ya el Imanol del que todos hemos podido saber.
Ahora ha muerto. Ha muerto pronto y lejos. Imanol vivía con
especial sensibilidad lo que sabía de su país, ahí
está su obra para acreditarlo. Cantó en ella, con
sabroso lirismo, los aconteceres de su entorno, a los que nunca
volvió la cara. El lirismo del cantante nunca empañó
la pasión del delineante por la precisión y la verdad.
Una combinación atractiva, pero plagada de riesgos. Hoy muere
antes de su esperanza razonable de vida y apartado de sus barrios
queridos, de su entorno sentimental.
Y aquí nos quedamos nosotros, tristes, dolidos, profundamente
irritados. RAMÓN AYERZA
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