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Nos
reunimos en el Ezeiza, un lugar emblemático para los antiguotarras,
aunque a Imanol no le gustaban los guateques que la cuadrilla organizaba
en su sótano. Dejó de ir con ellos e incluso reprochaba
a sus amigos la falta su compromiso social y político. Tenía
ya 18 años y por aquella época prefería la
Parte Vieja, zona en plena ebullición y donde la gente joven
se ocupaba en proponer y discutir las nuevas utopías. Él
bailaba ya en el grupo Argia, que se movía por la vanguardia
de esa incipiente nueva cultural vasca y empezaba a cantar a dúo
con Javier Larrea. Era como su primavera y una especie de celo le
obligó a cambiar de aires.
Después de unas cervezas, hicimos unas fotos y nos pusimos
a bucear en las infancias. Allí estaban Enrique, Santi, Pepe,
Luis, Javier y Fernando. Algunos llevaban veinte años sin
verse. Habían revuelto mil cajones para conseguir fotografías
de aquella época.
Y vimos a unos chavales de unos diez años en pose de fútbol
playero. Pepe trajo unas de cuando él y Fernando visitaron
a Imanol en París por el 74. Época de patillas, pantalones
campana y jerseys pegados. Imanol llevaba una ancha barba revolucionaria
y parecía un faquir esquelético. Debió de ser
un encuentro muy agradable, pero aquel muchacho sonriente estaba
muy cambiado. Estaba como más serio y endurecido.
Una vez todos sentados, pusimos la grabadora y empezamos por donde
hay que empezar, por el principio. Se arrancó Santi contando
cómo se fue creando aquella cuadrilla de chavales de 5 años
en lo que se llamaba El Pozo, en uno de los sobacos de la calle
Matía. Allí se concentraba la chiquillería
de la zona en torno a una carrera de chapas o de canicas de barro.
Imanol vivía en "matiacincuenta", que era algo
más que una dirección postal. Tenía cinco hermanas
mayores que él y empezaba a moverse a su aire. De ahí
se iban al Campo de Ramón, unos terrenos que estaban tras
el Hotel San Sebastián. Fútbol, pelota y a veces juegos
más arriesgados, como los requiebros a los alguaciles Ojobuitre
y Rogelio Porrón. Los inviernos eran largos y aburridos,
porque entre otras cosas había que estudiar. Imanol y Ayesta
iban a Los Ángeles, en lo viejo. Los demás a los maristas.
Los veranos eran otra cosa y aquel barrio ofrecía un programa
de actividades muy amplio. La playa era la estrella y el fútbol,
el complemento perfecto. Imanol, como era el más grande,
casi siempre de portero. Era un chaval que estaba siempre sonriente,
pero sus compañeros futboleros se cabreaban porque su estilo
no era el de Zamora. Nunca se "estiraba en plancha”.
Le bastaba con alargar un brazo para parar la bola. Cuando no lo
conseguía, siempre había alguien que le reprochaba
poca entrega y cosas así. Manuel Eugenio, que así
se llamaba, cambiaba su sonrisa por un gesto furibundo, se iba y
punto. Entonces tenían que entrar en acción los más
diplomáticos, que lo tenían muy crudo, porque Imanol
era un tipo muy firme en sus convicciones.
Con catorce años, compraban una pelota nueva y se iban al
frontón de Atocha. A los dieciséis, se iban a Valentín
o a Santa Bárbara. Bocadillo de casa, sidra fresquita y partida
de cartas. A veces, hasta se ligaba. Si no eran chavalas, eran lechugas
o mazorcas de maíz para asar en el barrio. A veces también
ligaban al casero y a su perro y había que bajar de Igueldo
más veloz que el funicular. Pero si había calma, se
bajaba cantando. Aquello debía ser el Coro de las Patatas
y todos se acusaban de cantar alto, bajo, agudo grave o lo que fuera.
Los domingos se iba a Los Tilos, la macro discoteca de Hernani.
Allí, como no, había varias zonas y en el frontón,
las más jovencitas, la pijas que decían siempre que
no, y bajo los árboles las un poco maduritas. Imanol, como
era alto, prefería estas últimas porque se arrimaban
más. Además daban menos calabazas. Todos querían
ir con él a bailar. No le importaba repetir el "¿Bailas…?"
millones de veces. Era insistente, pertinaz, incansable y hasta
pesado, pero bailaba todas las piezas. Además se enrollaba
muy bien con las tías.
Con quien hubiera querido bailar, cantar y no sé que cosas
más fue con Marisol. Sí, la Pepa Flores, la que acaba
de enviudar de Antonio Gades (allí os veréis los dos,
en el grupo de los recién llegados, subgrupo de los rojillos).
Posiblemente más tarde se enamoró de Brigitte Bardot,
François Hardy o Juliette Greco, pero eran amores distintos.
Imanol estudió delineación en la academia Mercadal
y se puso a trabajar muy joven. Pronto tuvo ingresos que le permitieron
comprarse una moto, más ropa e ir al cine, que era uno de
sus vicios. Había empezado a bailar en el grupo del barrio
y a los 18 se pasó al Argia. Su vida cambió desde
ese momento. Cantaba con Javier Larrea y tenían bastantes
actuaciones en los dos lados de la frontera. Era la época
más dura de la oposición antifranquista y cualquier
movimiento, cualquier manifestación, la más mínima
oposición era considerada un delito de subversión.
En agosto del 68 les detuvieron a los dos. Les acusaron de terrorismo
y propaganda ilegal y les condenaron a año y medio. Fueron
amnistiados a los seis meses, Imanol se fue poco después
a Francia. Javier, se quedó y la policía la tramó
con él. Javier Larrea murió quince años más
tarde, curiosamente también, de un derrame cerebral. JOSEMARI
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| Arriba,
los playeros el Antiguo hacia 1955. De pie y desde la izquierda,
Luis, Javier Larrea, Fernando e Imanol. Agachado, a la derecha de
la niña, Santi. Abajo, el pasado junio tras la entrevista
en el Ezeiza, Pepe, Santi, Javier y Farnando, y Luis con Enrique
agachados. FOTOS DE ARCHIVOS PRIVADOS |