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HASTA AQUÍ Nº18. JULIO/AGOSTO DE 2004

 



 

Nos reunimos en el Ezeiza, un lugar emblemático para los antiguotarras, aunque a Imanol no le gustaban los guateques que la cuadrilla organizaba en su sótano. Dejó de ir con ellos e incluso reprochaba a sus amigos la falta su compromiso social y político. Tenía ya 18 años y por aquella época prefería la Parte Vieja, zona en plena ebullición y donde la gente joven se ocupaba en proponer y discutir las nuevas utopías. Él bailaba ya en el grupo Argia, que se movía por la vanguardia de esa incipiente nueva cultural vasca y empezaba a cantar a dúo con Javier Larrea. Era como su primavera y una especie de celo le obligó a cambiar de aires.
Después de unas cervezas, hicimos unas fotos y nos pusimos a bucear en las infancias. Allí estaban Enrique, Santi, Pepe, Luis, Javier y Fernando. Algunos llevaban veinte años sin verse. Habían revuelto mil cajones para conseguir fotografías de aquella época.
Y vimos a unos chavales de unos diez años en pose de fútbol playero. Pepe trajo unas de cuando él y Fernando visitaron a Imanol en París por el 74. Época de patillas, pantalones campana y jerseys pegados. Imanol llevaba una ancha barba revolucionaria y parecía un faquir esquelético. Debió de ser un encuentro muy agradable, pero aquel muchacho sonriente estaba muy cambiado. Estaba como más serio y endurecido.
Una vez todos sentados, pusimos la grabadora y empezamos por donde hay que empezar, por el principio. Se arrancó Santi contando cómo se fue creando aquella cuadrilla de chavales de 5 años en lo que se llamaba El Pozo, en uno de los sobacos de la calle Matía. Allí se concentraba la chiquillería de la zona en torno a una carrera de chapas o de canicas de barro. Imanol vivía en "matiacincuenta", que era algo más que una dirección postal. Tenía cinco hermanas mayores que él y empezaba a moverse a su aire. De ahí se iban al Campo de Ramón, unos terrenos que estaban tras el Hotel San Sebastián. Fútbol, pelota y a veces juegos más arriesgados, como los requiebros a los alguaciles Ojobuitre y Rogelio Porrón. Los inviernos eran largos y aburridos, porque entre otras cosas había que estudiar. Imanol y Ayesta iban a Los Ángeles, en lo viejo. Los demás a los maristas. Los veranos eran otra cosa y aquel barrio ofrecía un programa de actividades muy amplio. La playa era la estrella y el fútbol, el complemento perfecto. Imanol, como era el más grande, casi siempre de portero. Era un chaval que estaba siempre sonriente, pero sus compañeros futboleros se cabreaban porque su estilo no era el de Zamora. Nunca se "estiraba en plancha”. Le bastaba con alargar un brazo para parar la bola. Cuando no lo conseguía, siempre había alguien que le reprochaba poca entrega y cosas así. Manuel Eugenio, que así se llamaba, cambiaba su sonrisa por un gesto furibundo, se iba y punto. Entonces tenían que entrar en acción los más diplomáticos, que lo tenían muy crudo, porque Imanol era un tipo muy firme en sus convicciones.
Con catorce años, compraban una pelota nueva y se iban al frontón de Atocha. A los dieciséis, se iban a Valentín o a Santa Bárbara. Bocadillo de casa, sidra fresquita y partida de cartas. A veces, hasta se ligaba. Si no eran chavalas, eran lechugas o mazorcas de maíz para asar en el barrio. A veces también ligaban al casero y a su perro y había que bajar de Igueldo más veloz que el funicular. Pero si había calma, se bajaba cantando. Aquello debía ser el Coro de las Patatas y todos se acusaban de cantar alto, bajo, agudo grave o lo que fuera. Los domingos se iba a Los Tilos, la macro discoteca de Hernani. Allí, como no, había varias zonas y en el frontón, las más jovencitas, la pijas que decían siempre que no, y bajo los árboles las un poco maduritas. Imanol, como era alto, prefería estas últimas porque se arrimaban más. Además daban menos calabazas. Todos querían ir con él a bailar. No le importaba repetir el "¿Bailas…?" millones de veces. Era insistente, pertinaz, incansable y hasta pesado, pero bailaba todas las piezas. Además se enrollaba muy bien con las tías.
Con quien hubiera querido bailar, cantar y no sé que cosas más fue con Marisol. Sí, la Pepa Flores, la que acaba de enviudar de Antonio Gades (allí os veréis los dos, en el grupo de los recién llegados, subgrupo de los rojillos). Posiblemente más tarde se enamoró de Brigitte Bardot, François Hardy o Juliette Greco, pero eran amores distintos.
Imanol estudió delineación en la academia Mercadal y se puso a trabajar muy joven. Pronto tuvo ingresos que le permitieron comprarse una moto, más ropa e ir al cine, que era uno de sus vicios. Había empezado a bailar en el grupo del barrio y a los 18 se pasó al Argia. Su vida cambió desde ese momento. Cantaba con Javier Larrea y tenían bastantes actuaciones en los dos lados de la frontera. Era la época más dura de la oposición antifranquista y cualquier movimiento, cualquier manifestación, la más mínima oposición era considerada un delito de subversión. En agosto del 68 les detuvieron a los dos. Les acusaron de terrorismo y propaganda ilegal y les condenaron a año y medio. Fueron amnistiados a los seis meses, Imanol se fue poco después a Francia. Javier, se quedó y la policía la tramó con él. Javier Larrea murió quince años más tarde, curiosamente también, de un derrame cerebral. JOSEMARI

 

Arriba, los playeros el Antiguo hacia 1955. De pie y desde la izquierda, Luis, Javier Larrea, Fernando e Imanol. Agachado, a la derecha de la niña, Santi. Abajo, el pasado junio tras la entrevista en el Ezeiza, Pepe, Santi, Javier y Farnando, y Luis con Enrique agachados. FOTOS DE ARCHIVOS PRIVADOS

AQUELLA CUADRILLA DEL ANTIGUO

“Era insistente, pertinaz, incansable y hasta pesado, pero en Los Tilos no se perdía una pieza. Todos queríamos ir a bailar con él”.