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Salvador
Ulayar, entre su madre y su hijo, rinde homenaje a su padre
en Etxarri Aranaz (EFE)
"Fue
un vecino del pueblo, que recibió honores de héroe
al volver de la cárcel"
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El
País, España, 26 de enero de 2004
Testigo
del asesinato de su padre
Salvador
Ulayar presenció con 13 años cómo un
etarra mataba a su padre en Etxarri Aranaz. Ahora ha vuelto
al pueblo
PABLO ORDAZ - Pamplona
Dice
que hoy, 25 años más tarde, aquel chaval de
13 años que era él en 1979 sigue parado en la
acera, esperando. Un terrorista de ETA, vecino del pueblo,
acaba de matar a su padre, Jesús Ulayar Liciaga, ex
alcalde de Etxarri Aranaz (Navarra). Dice que sí, que
ya sabe que no pudo haber hecho nada, que bastante tuvo con
ver lo que vio: un hombre con el rostro desfigurado por una
media que se acerca a su padre, flexiona las piernas, apunta
con una pistola negra y sin brillo, dispara tres tiros, hace
una pausa, presiona el gatillo dos veces más y sale
corriendo hacia un coche donde otros dos terroristas, quizá
tres, lo esperan con el motor en marcha y la cara también
tapada. Dice que el hombre que ahora es sí entiende
que aquel chaval de 13 años saliera corriendo, asustado,
imaginándose perseguido por el asesino, pero que durante
muchos años nadie, ningún vecino del pueblo,
se acercó para preguntarle "Salvador, ¿cómo
estás?", y que sí estuvieron en cambio
al lado de los asesinos, colgando su fotografía en
el balcón del ayuntamiento, mandándoles dinero
a la cárcel, tratándolos como héroes
cuando volvieron de prisión.
Salvador, aquel chaval de
13 años, tiene hoy 38, y es uno de los cuatro hijos
de Jesús Ulayar, quien en 1979, cuando lo asesinaron,
tenía 54 años y había sido alcalde de
Etxarri Aranaz (Navarra) entre 1969 y 1975. Dice Salvador
que recuerda con total nitidez todo lo que ocurrió
antes de los disparos -las últimas palabras de su padre,
el bidón de gasóleo para la calefacción
que estaban cargando en la furgoneta, la pistola sin brillo
en la mano del asesino- pero que todo se volvió nebulosa
a partir de la primera detonación. "Salí
corriendo, creí que el asesino vendría a por
mí y sentí un frío muy intenso en la
espalda", explica todavía emocionado, "luego
regresé sobre mis pasos y corrí inútilmente
tras el coche del asesino. Cuando volví a la puerta
de casa, mi padre ya estaba muerto, en medio un charco de
sangre; le grité que se despertara, que me hablara.
Por eso digo, aunque suene a literario o falso, que aquel
niño de 13 años sigue allí, esperando
que su padre le diga algo".
En contra de lo que pudiera
parecer, aquella escena sólo fue el principio de un
calvario muy largo. Aquel año, 1979, ETA asesinó
a 78 personas. Las familias de las víctimas de entonces
saben bien que la contestación de la sociedad al terrorismo
era muy distinta a la de ahora. Si el asesinado era policía
o militar, y por tanto forastero, a su muerte le seguía
un trámite rápido de funeral y vuelta a casa
en una caja de madera. Si la víctima era vasca, la
situación se volvía aún más complicada
porque la bala solía llegar acompañada de una
campaña de desprestigio brutal, del "algo habrá
hecho" que buscaba justificar a los asesinos y dejar
en la soledad más absoluta a los familiares de la víctima.
Salvador Ulayar sufrió todo eso punto por punto.
El correspondiente comunicado
de ETA acusaba a su padre de "actividades fascistas y
antivascas", dando por buena su ejecución. "Nos
tocó callar", recuerda Salvador, "mi madre
y mis hermanos íbamos metiendo los papeles de mi padre
y los recortes de prensa en una maleta negra. Yo tenía
mi angustia, mi vergüenza por haber salido huyendo...,
todos mis miedos metidos en una habitación; y la había
cerrado con llave. No hablábamos entre nosotros en
profundidad y mucho menos con los demás del asesinato
de mi padre. La religión -y tengo que decir que yo
soy creyente- nos tenía narcotizados. Sentíamos
que en parte del pueblo importaba más la suerte de
los asesinos que la nuestra".
La detención de los
criminales les vino a confirmar que estaban en lo cierto.
Se trataba de vecinos del pueblo, Vicente y Juan Nazábal,
Jesús María Reparaz y Eugenio Ulayar, hijo de
un primo carnal del ex alcalde asesinado. Etxarri se volcó
con ellos. En 1996, cuando empezaron a volver de la cárcel,
se les agasajó como a héroes. El asesino fue
invitado a lanzar el chupinazo de las fiestas y recibió
el nombramiento de hijo predilecto. Se organizó en
su honor un pasacalles que desfiló por delante de la
casa de los Ulayar.
"Aquellos días
fueron terribles", confiesa Salvador. "Mi hermano
José Ignacio se encontró con Vicente Nazábal
por la calle y no pudo soportarlo. Se acercó y le llamó
sinvergüenza y caradura. El asesino de mi padre, lejos
de avergonzarse, lo llamó hijo de puta y le dio una
patada en el pecho".
El sábado, Salvador
Ulayar volvió a Etxarri Aranaz acompañado de
su familia y de otras 2.000 personas que quisieron honrar
la memoria de su padre. El entorno de Batasuna intentó
boicotear el acto ensuciando las paredes y llamando a la huelga.
"Algunas ventanas seguían cerradas", cuenta
Salvador, "pero es verdad que muchos vecinos se han sacudido
el miedo y han venido a abrazarnos. Aquel niño de 13
años se ha llevado por fin una alegría en el
pueblo donde vio morir a su padre".
Salvador se consuela pensando
que los tiempos ya van cambiando, que ya nadie sufrirá
como él cuando se marchó a estudiar a Pamplona.
Al enterarse en el instituto de que su padre había
sido asesinado, alguien escribió en su pupitre: "ETA,
más metralleta".
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