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El Correo, 28 de setiembre de 2003 Mañana
mismo KEPA AULESTIA Las campas del Alderdi Eguna se han convertido en cada ocasión en el lugar de romería en el que cuadros y cargos públicos del partido palpaban el momento por el que atravesaba éste y adivinaban en las palabras de los oradores indicaciones suficientes como para poderse situar ellos mismos dentro de la nomenclatura jeltzale. Pero, en septiembre de 2002, los jeltzales no precisaron que Arzalluz arremetiera contra los acomodaticios «michelines» del partido, buscando en las primeras filas de la concentración el aplauso cómplice de aquellos que no han ejercido otra política que la gubernamental. Hace un año, el Alderdi Eguna contó con una consigna inédita que parecía definitiva -el plan Ibarretxe - y las bases militantes se aprestaron a ver pasar las hojas del almanaque con el que el lehendakari ha ido señalando los hitos de su parsimonioso proyecto. Hoy, la multitud concentrada en Foronda verá renovado el compromiso del pasado año entre la ansiedad de quienes desearían conocer ya el final del recorrido y la seguridad que confiere el hecho de pertenecer a un partido que nunca se equivoca. La tenacidad de Ibarretxe representa el diferencial más importante con el que las bases del partido nacionalista cuentan en relación al resto de fidelidades partidarias en Euskadi. En una situación de empate infinito que amenaza con prolongarse en el tiempo, saberse dueño del balón constituye el requisito imprescindible de la cohesión interna. Pero, a diferencia del pasado Alderdi Eguna, el proceso de renovación del EBB y, ante todo, de su presidencia suscita un clima sin precedentes en los últimos dieciocho años de historia jeltzale, desde que la ruptura con EA se hiciera irreversible. Será la culminación de una silenciosa renovación interna que ha puesto el partido en manos de una nueva generación en la que sólo unos pocos encarnan una peripecia personal arraigada en la transición. Probablemente no se trate de una crisis traumática, más que para unos cuantos. Pero la cautela que exige todo movimiento de colocación ante la inminencia de cambios difíciles de predecir en sus consecuencias últimas genera sin duda una cierta angustia, incluso entre quienes saben que -como ocurre con el partido- ellos tampoco se equivocarán. Sin embargo, hay una realidad obstinada e ineludible con la que mañana mismo se topará incluso el incansable Ibarretxe. Si ha optado por ralentizar el ritmo de un encuentro tenso y duro que se estaba desbocando por momentos, anunciando la repetición formalizada del debate que hemos conocido este último año, ha sido por propia necesidad: porque las tendencias ante los comicios generales de marzo de 2004 no resultan las más favorables y porque, a pesar de lo que él mismo insiste en argumentar, en política no todo es posible. El por ahora portavoz del EBB y del grupo parlamentario nacionalista, Joseba Egibar, advirtió en el pleno del viernes que, de persistir la negativa constitucionalista a cualquier entendimiento en torno al plan Ibarretxe , se verían abocados a declarar unilateralmente el cambio de modelo político. Pero resulta más que dudoso que el conservadurismo jeltzale acabe arriesgando lo que hoy posee a cambio de un incierto porvenir cuyas incertidumbres no podría despejar ni siquiera la coraza de convicciones con la que se conduce el lehendakari. Entre otras razones porque, por mucho que Ibarretxe proceda a una lectura voluntarista e interesada del marco constitucional del que se está dotando la Unión Europea, afirmando incluso que lo que él pretende se está haciendo realidad con total normalidad en otras partes de Europa, la palanca de un Estatuto de libre asociación promovido unilateralmente acabaría fracturando hasta tal punto el vigente modelo de convivencia que ello mismo haría imposible la pretendida alternativa. En el mejor de los casos, el PNV, Ibarretxe y su plan llegarán como están ahora a septiembre de 2004. Y será entonces cuando los burukides indiquen en la hoja correspondiente del almanaque soberanista cuál habrá de ser su próximo hito. Aunque es dudoso que, llegada la fecha fijada por él el pasado viernes, Ibarretxe pueda apurar el paso sometiendo un proyecto de sustitución del Estatuto de Gernika por un status de libre asociación a la consideración de la Cámara vasca.
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