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Partidarios
del no ondean banderas canadienses en Montreal en el primer aniversario
del referéndum de 1995. (AFP)
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EL
PAÍS | Internacional - 10-07-2003
QUEBEC,
EL MODELO QUE COPIÓ IBARRETXE / 5
REPORTAJE
Una
pregunta precisa, una mayoría clara
El
Tribunal Supremo de Canadá marcó las reglas para una
posible secesión de la provincia francófona
JOSÉ LUIS BARBERÍA (ENVIADO ESPECIAL) - Montreal
El
referéndum soberanista del 30 de octubre de 1995 en Quebec,
en el que el sí a la secesión perdió por un
estrechísimo margen de votos, fue un aldabonazo que hizo
sonar todas las alarmas en la Federación canadiense. Después
de haber contemporizado durante décadas con el separatismo
quebequés en la confianza de que nunca obtendría la
victoria en un referéndum -el anterior en 1980 dio de resultado
60%-40%-, el sistema se vio en la obligación de encarar el
problema. Lo que tenía delante era un Gobierno y un movimiento
independentista quebequés que, conscientes de las dificultades
que entrañaba plantear la separación pura y dura,
habían dado un hábil giro táctico al sumar
a su propuesta clásica la oferta de un acuerdo de asociación
económico y político con Canadá.
Ese
giro fue decidido en una reunión conjunta de las fuerzas
independentistas el 12 de junio de 1995, lo que les permitió
incorporar a amplias masas de electores que el día del referéndum
creyeron, erróneamente, que un Quebec soberanista seguiría
formando parte de Canadá. La farragosa pregunta con la que
se convocó a los quebequeses fue la siguiente: "¿Aceptaría
usted que Quebec sea soberano tras haber ofrecido formalmente a
Canadá una nueva asociación económica y política,
en el marco del proyecto de Ley sobre el Futuro de Quebec y el acuerdo
del 12 de junio de 1995?" Según el profesor de Derecho
Constitucional de Montreal José Woehrling, el soberanismo
incrementó sus votos hasta alcanzar el 49,4%. Woehrling destaca
que el líder soberanista Lucien Bouchard "centró
su discurso en la necesidad de reforzar el poder de negociación
de Quebec frente al resto de Canadá para conseguir una nueva
asociación".
Además
de mostrar que muchos electores se habían movido dentro de
una notable confusión, las encuestas y análisis pusieron
de manifiesto no sólo que los votos independentistas eran
inferiores a los del soberanismo presentado como asociación,
sino que muchos electores condicionaban su apoyo al soberanismo
a que la ruptura se hiciera en términos amistosos y sin violencia.
"La confusión o la ignorancia sobre las consecuencias
del soberanismo", afirma Woehrling, "pueden explicar el
fenómeno de que una proporción no despreciable de
electores vota al soberanismo y al mismo tiempo se declara vinculada
a Canadá".
Para
aclarar las cosas y estrechar el margen de ambigüedad de los
independentistas, el Gobierno federal pidió en 1996 al Tribunal
Supremo que se pronunciara sobre el fundamento legal de una eventual
separación de Quebec. Las tres preguntas planteadas al alto
tribunal fueron las siguientes:
- ¿De
acuerdo con la Constitución de Canadá, el Parlamento
o el Gobierno de Quebec pueden proceder unilateralmente a la secesión
de Quebec?
- ¿De
acuerdo con el derecho internacional, el Parlamento o el Gobierno
de Quebec tienen derecho a proceder unilateralmente a la secesión
de Quebec?
- ¿Qué
derecho debería imponerse en el supuesto de que el derecho
interno y el derecho internacional entren en conflicto?
Esta
iniciativa federal suscitó la airada reacción de los
soberanistas, pero también las críticas de aquellos
que la consideraron contraproducente en la creencia de que provocaría
mayor tensión política y un ascenso del independentismo.
El Gobierno de Quebec, controlado por los secesionistas del Partido
Quebequés (PQ), negó la competencia del Supremo con
el argumento de que la cuestión que se discutía era
de índole política y no jurídica. A las tres
preguntas citadas se sumó, pues, una cuarta: la de si el
Supremo era competente. La negativa del Ejecutivo quebequés
a participar en el proceso llevó al Supremo a reclamar la
presencia en el trámite de consultas de lo que se denomina
amicus curiae, expertos dispuestos a representar y defender las
posiciones de ese Gobierno provincial.
La
respuesta llegó dos años más tarde, el 20 de
agosto de 1998, en un dictamen complejo, respaldado por los nueve
magistrados. Además de declararse competente, el tribunal
negó la existencia de conflicto alguno, tercera pregunta,
entre el derecho interno de Canadá y el derecho internacional,
puesto que "ninguno de los dos reconoce un derecho de escisión
unilateral". Sobre las invocaciones soberanistas al derecho
internacional, el Supremo se mostró muy claro. Quebec no
puede reclamar la autodeterminación unilateral contemplada
en el derecho internacional porque no se ajusta a las condiciones
establecidas: ser una colonia, padecer una ocupación militar...
A juicio
de los magistrados, las cuestiones espinosas eran las dos primeras.
Se puede resumir su respuesta indicando que si una "mayoría
clara" de quebequeses responde afirmativamente a una "pregunta
clara" sobre la secesión, el resto de Canadá
estará obligado a negociar de buena fe con Quebec los términos
de la ruptura, prestando atención a los derechos de las minorías
anglófona y nativa.
Pero
el dictamen va más lejos y la doctrina que la sustenta es
mucho más fecunda. El Supremo afirma que la existencia de
Canadá no reposa sobre la coacción o la obligación,
sino sobre el consentimiento: la secesión no está
prohibida. El tribunal desbarató así el propósito
de aquellos federalistas que proponían proclamar oficialmente
la "indivisibilidad" de Canadá.
Los
jueces establecieron que la escisión no puede ser decidida
por el Gobierno o por la población de Quebec, puesto que
el asunto les concierne a todos los canadienses. En consecuencia,
indican que es preciso modificar la Constitución antes de
la secesión. Algunos expertos soberanistas niegan, sin embargo,
que el tribunal considere la revisión constitucional como
un elemento esencial.
No
es un tema menor, porque la revisión constitucional exige
a su vez el acuerdo del Gobierno federal y del resto de las provincias,
procedimiento que mina las posiciones de los independentistas. De
todas formas, según algunos analistas, el Supremo da a entender
que en el caso de que la negociación entre Quebec y Canadá
tuviera éxito y alguna de las provincias se negara a plasmar
ese acuerdo en la Constitución, Quebec podría proclamar
unilateralmente la independencia y someterse al juicio de la opinión
pública internacional.
Según
el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma
de Barcelona Enric Fossas, el dictamen es "una decisión
salomónica" que pretende articular el principio de la
sujeción de todos los poderes a la Constitución con
el principio democrático que requiere "atribuir un peso
considerable a la clara expresión de la voluntad de la población".
Según el tribunal, "el rechazo unánime del pueblo
de Quebec al orden constitucional vigente impondría a las
demás provincias y al Gobierno federal la obligación
de tomar en consideración y de respetar esa expresión
de voluntad democrática entablando negociaciones y llevándolas
a cabo de acuerdo con los principios constitucionales".
El
tribunal deja a los políticos la tarea de establecer los
elementos de la negociación: el reparto de las deudas, la
fijación de las fronteras y los derechos de las minorías.
No determina qué porcentaje de votos favorables puede ser
considerado una mayoría clara. Y tampoco se pronuncia sobre
si haría falta una segunda consulta, tras la negociación
con Canadá, antes de dar carta de naturaleza a la ruptura.
Por supuesto, la polémica está servida. ¿Qué
es una pregunta clara, qué es una mayoría clara? ¿Quién
es el que va a interpretar si la pregunta y la mayoría son
claras?
El
dictamen fue acogido satisfactoriamente por las partes y todos pudieron
cantar victoria. "Los federalistas ganan, pero los soberanistas
no pierden", tituló el diario The Globe and Mail, mientras
Le Devoir, francófono, resumía que "La división
de Canadá podrá ser negociada". Los independentistas,
que niegan autoridad a los tribunales federales, quedaron atrapados
entonces en una contradicción, puesto que interpretaron el
dictamen como el reconocimiento de la legitimidad de su proyecto.
Al
año siguiente, en 1999, el primer ministro de Canadá,
Jean Chrétien, y el ministro responsable de las Relaciones
Intergubernamentales, Stéphane Dion, presentaron su proyecto
de Ley sobre la Claridad, que establece, de acuerdo con los criterios
del Supremo, el marco de juego de los referendos soberanistas. La
iniciativa desató un escándalo monumental del que
participaron también los dirigentes del Partido Liberal Quebequés
(PLQ), teóricos correligionarios de Chrétien y Dion.
"Critiqué entonces la ley y sigo criticándola,
porque crea la falsa expectativa de que el problema va a resolverse
por la vía racional, cartesiana, cuando el problema es político,
no jurídico", indica el actual ministro de Asuntos Intergubernamentales
de Quebec, Benoit Pelletier. En su opinión, Canadá
no negociará nunca con un Quebec independiente. "Un
Quebec independiente", dice, "podrá salir adelante,
pero con muchos más problemas económicos y sociales.
Y un Canadá sin Quebec", advierte, "puede acarrear
su descomposición. Al contrario que otros, no creo que la
confederación pueda funcionar".
Dion
respondió entonces a los que le acusaban de ser un político
incendiario indicando que es en las situaciones de calma cuando
hay que clarificar las reglas del juego. Pese a las protestas, la
Ley sobre la Claridad fue aprobada en el Parlamento federal al año
siguiente y la llama secesionista, lejos de expandirse, empezó
a declinar. Meses más tarde, el primer ministro de Quebec,
Lucien Bouchard, dimitió de su cargo tras reconocer que había
sido incapaz de movilizar a los quebequeses a favor de la independencia.
El
profesor Jean Pierre Derrienic sostiene que la doctrina del Supremo
y la Ley sobre la Claridad han conjurado el riesgo de secesión
y obligarán al movimiento soberanista a definir y modificar
sustancialmente sus planteamientos. "Para muchos quebequeses",
afirma, "el mejor de los mundos políticos posibles es
tener a un partido independentista en el poder sin riesgo de ir
a la independencia". Es una opinión sustentada en los
resultados electorales que el Partido Quebequés ha cosechado
en los periodos en los que ha descartado la convocatoria de referendos.
Parece
evidente que una parte de los electores soberanistas no desea la
escisión, pero no todo el mundo participa de la idea de que
esto es el principio del fin del separatismo. "Eso es soñar
en colores", comenta el propio Pelletier. Un problema para
los independentistas es que sus apoyos electorales se circunscriben
a la comunidad francófona. Porque los nativos amerindios
-que con más razón histórica podrían
reclamar a los francófonos la titularidad del territorio-,
los anglófonos y los alófonos (quebequeses de origen
inmigrante) rechazan en un porcentaje abrumador toda aventura separatista.
De
todas formas, teniendo en cuenta que el 60% de la población
francófona vota soberanista y que los jóvenes se muestran
más dispuestos a la independencia, ya hay especialistas que
calculan que el 53% de los ciudadanos de Quebec estará a
favor de la escisión en 2011. También en Euskadi hay
quienes hacen sus cuentas sumando a los vascos que, porque no tenían
edad o no habían nacido, no llegaron a votar el Estatuto
de Gernika.
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