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Dos
jóvenes con las banderas y los símbolos en la cara
de Canadá y Quebec.(REUTERS)
La
provincia francófona canadiense, con más de siete
millones de habitantes, actúa de vanguardia en el club internacional
de nacionalistas sin Estado
El
proyecto de "estatus libre asociado" puesto en marcha
por Ibarretxe es un calco del plan táctico de "soberanismo-asociado"
del Partido Quebequés
La
violencia es el elemento esencial que establece la diferencia abismal
entre Quebec y Euskadi. Los quebequeses abominan de todo ejercicio
de violencia

Según
el catedrático Juan José Solozábal, los nacionalismos
vasco y quebequés tienen un fondo histórico común
alimentado por el fervor religioso católico
Benoit
Pelletier: "Me extrañó que Ibarretxe lanzara
el proceso soberanista porque cuando estuve con él no me
pareció que fuera separatista"
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El
País Suplementos, 6 de julio de 2003
EL
PROCESO DE LA PROVINCIA FRANCÓFONA DE CANADÁ
Quebec,
el modelo que copió Ibarretxe
JOSÉ
LUIS BARBERÍA
La
respuesta está en Quebec. Puede que la experiencia irlandesa
llegue a aportar algo al procedimiento de la negociación-desaparición
de ETA, pero el modelo y el proceso hay que buscarlos en la provincia
francófona canadiense
de 7,3 millones de habitantes que actúa de vanguardia en
el club internacional de nacionalistas sin Estado. Aunque las realidades
políticas, sociales, jurídicas, económicas,
históricas y culturales son bien distintas -no hay allí,
por supuesto, 800 asesinados en nombre de la independencia, miles
de víctimas y una oposición amenazada de muerte-,
el nacionalismo vasco está aplicando de forma bastante mimética
la estrategia secesionista diseñada por los soberanistas
quebequeses. El proyecto de "estatus libre asociado" puesto
en marcha por el lehendakari Ibarretxe es un calco del planteamiento
táctico de "soberanismo-asociado" con el que el
independentista Partido Quebequés (PQ) trata de adherir a
su causa a aquellos nacionalistas refractarios a la pura y dura
secesión. Y la consulta popular anunciada por el presidente
del Ejecutivo vasco no deja de ser una réplica de los referendos
soberanistas que los Gobiernos independentistas de Quebec ya han
llevado a cabo, hasta ahora sin éxito, en 1980 y en 1995.
El
pacto previo con ETA
Hasta
el acuerdo de Lizarra-Estella, prefigurado en el pacto previo con
ETA, parece inspirado en la dinámica de acumulación
de fuerzas plasmada en el documento que las formaciones soberanistas
quebequesas firmaron el 12 de junio de 1995. La invocación
al derecho de autodeterminación de los pueblos -desautorizada
últimamente por el Tribunal Supremo de Canadá-, la
presentación del proyecto bajo el edulcorado formato de evolución
sin ruptura legal, la descalificación de los tribunales en
función del sentido de las sentencias, la proclamación
de la preeminencia de la política frente al corsé
legal y el juego político de ocupación de espacios
de dudosa competencia y de enfrentamiento simbólico con el
Ejecutivo central son, asimismo, algunos de los elementos comunes
que comparten ambos nacionalismos.
Conviene, pues, detenerse en el último intento soberanista
quebequés. La farragosa pregunta que el Gobierno independentista
de Quebec planteó a sus ciudadanos el 30 de octubre de 1995
fue la siguiente: "¿Aceptaría usted que Quebec
llegue a ser soberano tras haber ofrecido formalmente a Canadá
una nueva asociación económica y política,
en el marco del proyecto de ley sobre el futuro de Quebec y del
acuerdo firmado el 12 de junio de 1995? Además de establecer
sus propias vías jurídicas para el acceso a la independencia,
ese proyecto de ley sobre el futuro de Quebec establecía
que la proclamación de la soberanía no podía
estar sujeta ni condicionada al resultado de las eventuales negociaciones
con el resto de Canadá. Tras la ajustada derrota del referéndum
-el sí a la soberanía obtuvo el 49,44% de los votos,
frente al 50,56% del no-, el proyecto de ley fue retirado a la espera
de momentos más propicios.
Pese
a que los discursos oficiales y las declaraciones públicas
de Ibarretxe y del resto de los dirigentes del nacionalismo están
huérfanos de referencias a esa inmensa región canadiense,
tres veces superior a Francia, siete veces Gran Bretaña,
Quebec es su principal fuente de inspiración, la meca a la
que peregrinan ocasionalmente los líderes y los fontaneros
teóricos del PNV, EA y Batasuna, los dirigentes del sindicato
nacionalista ELA, los maestros titulares de la escuela oficial vasca
de la mediación, los expertos y aficionados a las virguerías
jurídicas y políticas que rondan en la Europa de los
Pueblos o en cualquier otro foro organizado por la "paradiplomacia
internacional de las regiones".
Detrás
del plan Ibarretxe hay mucha cocina, muchos intercambios de recetas,
contactos, visitas e invitaciones, pero hay que decir que el entusiasmo
que despliega el nacionalismo vasco hacia Quebec tiene sólo
una pálida correspondencia en esa provincia canadiense. Según
el catedrático de Relaciones Exteriores por la Universidad
de Laval (Montreal), Louis Balthazar, el Gobierno independentista
quebequés rechazó el propósito de Juan José
Ibarretxe de efectuar una visita oficial a ese país. Louis
Balthazar cree haber asistido a los primeros momentos de alumbramiento
del soberanismo en el seno del Gobierno vasco, aunque, con anterioridad,
el PNV ya había mostrado interés en el proceso y,
de hecho, los burukides (dirigentes) Joseba Egibar y Juan Maria
Ollora asistieron como observadores al referéndum de 1995.
Doctorado en ciencias políticas por Harvard, licenciado en
filosofía, teología y literatura francesa, autor de
numerosas obras sobre el nacionalismo y las relaciones internacionales,
Balthazar visitó Bilbao por primera vez en septiembre de
1997 para participar en un coloquio que la Universidad del País
Vasco organizó en el campus de Leioa (Vizcaya).
El
profesor quebequés no ha olvidado, desde luego, la buena
comida, la excursión en velero ni los agasajos de sus colegas
universitarios Francisco Aldekoa y Michael Keating, pero lo que
recuerda como más significativo de aquel "primer encuentro
con los vascos" es el extraordinario interés que los
altos cargos del Gobierno y del PNV le mostraron acerca del proceso
quebequés. "Más tarde me entrevisté con
Ibarretxe y con el ministro de Exteriores [presumiblemente, el asesor
del lehendakari para Asuntos Internacionales José María
Muñoa], entre otros. Estaban entusiasmados con los resultados
de nuestro referéndum y querían saberlo todo, conocer
todos los detalles del proceso", indica en una charla mantenida
con este periódico en Montreal.
Su
testimonio ayuda a documentar retrospectivamente el giro del nacionalismo
vasco porque fue en aquel mismo año, 1997, cuando el PNV
decidió "moverse" y buscar su propia vía
para la "solución del conflicto", cuando empezó
a sondear a Batasuna, cuando marginó a sus socios del PSE-EE
en el Gobierno de coalición y forzó una ruptura que
el lehendakari Ardanza trató de evitar en última instancia
con un nuevo plan.
La
visita que no se produjo
"Después
de nuestro encuentro en Bilbao", explica Balthazar, "los
vascos enviaron aquí una delegación para preparar
una visita oficial del presidente Ibarretxe, pero nuestro primer
ministro de Quebec, que era entonces Lucien Brouchard, se negó
en redondo. Como ellos insistieron e insistieron, Brouchard les
dijo que no podía ser de ninguna manera porque una visita
de esas características desencadenaría las presiones
del Gobierno federal. Era una excusa. La verdad es que lo que no
quería de ninguna manera era que el Gobierno soberanista
quebequés quedara asociado a la violencia. Tenía miedo
de que al día siguiente de la visita, los periódicos
titularan: "ETA-Partido Quebequés, mismo combate"
o algo parecido.
No es que los políticos, los intelectuales o los hombres
de negocios quebequeses ignoren las diferencias que separan al PNV
y EA de Batasuna. Es casi lo contrario. El problema es que las informaciones
que les llegan, a veces fragmentadas, describen un cuadro de situación:
la oposición vasca, no nacionalista, amenazada de muerte;
un nacionalismo gobernante acusado de contemporizar con el brazo
político de los terroristas que pactó con ETA antes
de firmar el acuerdo excluyente de Lizarra..., que no contribuye
precisamente a deshacer esa amalgama. Y eso es independiente del
reconocimiento a la pujanza exportadora y a la competitividad de
las empresas vascas que, como Gamesa, Caf o Goratu, esta última
en la máquina-herramienta, están bien instaladas en
Canadá.
Lo
explica en su despacho de la Universidad Laval de Montreal el profesor
de ciencias políticas Louis Massicotte, que conoce España
bastante bien: "No hay simpatías aquí por el
nacionalismo vasco y, de hecho, a nadie se le ha ocurrido llamarle
facha al Gobierno español por la ilegalización de
Batasuna. Quebec no tiene interés en formalizar muchos lazos
con el Gobierno vasco, y eso que por aquí pasan escoceses,
galeses, bávaros y otros miembros de la internacional de
Gobiernos sin Estado, donde, en el plano ideológico, hay
un poco de todo. Ese club funciona bastante soterradamente y no
acostumbra a aparecer en la prensa, pero practica muy eficazmente",
afirma, "una especie de solidaridad internacional. Son subgobiernos
que se mueven por el sentimiento de defensa de su autonomía
o, simplemente, por la ambición de poder y que se intercambian
las estrategias, los análisis y hasta los discursos; se apoyan
mutuamente y llegan a acuerdos de cooperación en muchas materias".
La
violencia es, en efecto, el elemento esencial que establece la diferencia
abismal entre Quebec y Euskadi. Los quebequeses y el conjunto de
canadienses, en general, abominan de todo ejercicio de violencia,
un asunto en el que esta sociedad modelo de pacifismo y tolerancia
se muestra intransigente. Los dos activistas de la kale borroka
Eduardo Plagaro Pérez de Arrillaga y Gorka Perea Salazar,
que se refugiaron en Quebec huyendo de una condena de seis años
dictada por la Audiencia Nacional, se equivocaron si creían
que iban a encontrar aquí asilo político. Fueron detenidos
el 6 de junio de 2001 en Montreal y hoy se encuentran pendientes
de extradición a España. Y a juzgar por el saludo
que ETA dirigió a la formación nacionalista quebequesa
Reagrupamiento Alternativo Progresista (RAP) en el Zutabe correspondiente
a septiembre de 2001, el terrorismo vasco tampoco dispone de más
interlocutor en Quebec que un grupúsculo marginal.
"La
palabra violencia no está en nuestro diccionario, y tampoco
la de independencia, porque la asociamos a la guerra civil americana
y a lo que eso conlleva de armas, batallas y sangre. Tampoco es
de muy buen gusto hablar de secesión por sus connotaciones
de arrinconamiento y aislamiento", advierte Jean Fortín,
director de Comunicación del Gobierno de Quebec, un hombre
que tiene un sorprendente parecido con el actor Donald Sutherland.
"Fíjese lo que le digo: si a alguien se le ocurre aquí
coger algún día las armas en nombre de Quebec, ese
mismo día se desplomará el soberanismo. Nos hace tanto
daño la violencia", añade, "que para referirnos
a los viejos sucesos cruentos utilizamos la expresión 'los
acontecimientos de octubre de 1970'. Me parece que la solución
para Euskadi", concluye, "no puede venir de Quebec".
Según
el catedrático español de derecho constitucional Juan
José Solozábal, los nacionalismos vasco y quebequés
tienen un fondo histórico común alimentado por el
fervor religioso católico, por la idea de una sociedad diferente
a la de sus vecinos y por la tentación de la violencia como
vía de solución del problema. Sólo que en el
caso de Quebec, la suma de asesinados por la violencia terrorista
a lo largo de su historia reciente es igual a uno. Ocurrió
en Montreal, en la capital económica y financiera de Quebec,
que cuenta hoy con tres millones y medio de habitantes. Siete años
después de haber hecho estallar sus primeras bombas, el Frente
de Liberación de Quebec (FLQ), un grupo numéricamente
insignificante y de inspiración argelina, secuestró
al cónsul británico, James Cross, y al ministro de
Trabajo federal, Pierre Laporte. A instancias de su homólogo
quebequés, el primer ministro de Canadá, Pierre Elliot
Trudeau, reaccionó al desafío decretando la Ley de
Estado de Guerra y enviando al Ejército a Montreal.
La
gran redada
Durante
las jornadas siguientes, la policía detuvo a 457 personas,
algunas de ellas personalidades importantes en la vida quebequesa,
que permanecieron largo tiempo detenidas sin que en muchos casos
hubiera una acusación solvente contra ellas. Todavía
hoy se discute sobre la vulneración de derechos de aquella
gran redada, se polemiza sobre si Trudeau debería primero
haber intentado negociar. El caso es que el FLQ respondió
con el cadáver de Pierre Laporte, antes de liberar a su otro
rehén a cambio de un salvoconducto para Cuba. Fue la crisis
más grande de la historia moderna de Quebec, el final del
FLQ y del terrorismo, un acontecimiento catártico que provocó
una mutación en el movimiento nacionalista.
El catedrático de ciencias políticas de la Universidad
Laval Jean Pierre Derrienic sostiene que la desaparición
del nacionalismo violento fue debida a la conjunción de dos
factores: la firmeza de la reacción federal y el ascenso
fulgurante de una fuerza como el Partido Quebequés (PQ),
pacífico y legal, que desde su nacimiento, dos años
antes, mantenía una crítica frontal al terrorismo.
A su fundador, René Lebesque, padre del nacionalismo quebequés,
se le atribuye la frase: "La independencia de Quebec no vale
una sola vida", que en boca de los soberanistas de hoy día
sigue sonando con frescura y autenticidad, sin retórica.
Todavía más: a lo largo de su vida, Lebesque censuró
sistemáticamente cualquier actitud, cualquier gesto agresivo
o despectivo, de palabra o de obra, que conllevara una carga potencial
de violencia. Los soberanistas cuentan que en uno de los congresos
de su partido aceptó a duras penas la presencia de un delegado,
antiguo miembro del FLQ, que se había afiliado al partido
tras haber pasado 17 años en la cárcel.
El
diputado soberanista del PQ y profesor universitario Daniel Turp
repite también que la independencia no vale una vida cuando
visita Euskadi, invitado por el grupo mediador Elkarri o por la
asociación de ayuntamientos del PNV-EA Udalbiltza. Dice que
esas palabras suscitan el asentimiento o el aplauso mayoritario
del público, pero que no consiguen sacar del silencio a las
gentes de Batasuna presentes en estos encuentros. Lo ha intentado
en Montreal cuando los de Batasuna, con su eurodiputado Koldo Gorostiaga
al frente, le han devuelto la visita y no ha tenido mucho éxito.
"Si les digo que para conseguir la independencia hay que abandonar
la violencia, ellos me responden de manera confusa que si la de
ETA es una violencia de respuesta, que si el Estado trata de ahogar
al nacionalismo". La última vez que Turp explicó
en Euskadi el proceso soberanista quebequés fue en diciembre
ultimo. Se ha entrevistado, por supuesto, con el lehendakari Ibarretxe,
con el presidente del Parlamento, Juan María Atutxa, y con
otros dirigentes del PNV, pero no ha entrado en contacto con políticos
vascos no nacionalistas.
Una
ikurriña y la bandera quebequesa con la flor de lis, distintivo
clásico de la realeza francesa, posan juntas en la oficina
de su circunscripción electoral, situada en un barrio popular
de Montreal. El diputado esboza una sonrisa para confirmar que,
en efecto, el Gobierno vasco se ha inspirado en el modelo soberanista
quebequés. Le pregunto si considera responsable o legítimo,
desde el punto de vista democrático, lanzar un proceso soberanista
mientras la violencia terrorista está presente y la oposición
vive amenazada. Visiblemente, la pregunta le resulta embarazosa,
pero, tras un momento de vacilación, Turp responde que el
Gobierno vasco no tiene por qué esperar a que desaparezca
la violencia para iniciar el proceso y que es ilegítimo asociar
soberanismo y terrorismo.
No
todos los soberanistas quebequeses hacen abstracción de la
opresión que ejerce ETA, aunque algunos de los que han pasado
por Euskadi repiten, aparentemente sin malicia, el argumento prestado
de que luchar por la independencia es también, de alguna
manera, luchar contra ETA, porque "el terrorismo se acabará
cuando se obtenga la independencia". Más veterano, ilustrado
y viajado, Balthazar requiere la versión de su interlocutor
vasco, antes de deslizar en la conversación este comentario,
más bien irónico: "A mí me dijeron en
Bilbao que también Batasuna condena a ETA".
Nacionalismos
y nacionalismos
Lo
primero que el ministro de Relaciones Intergubernamentales de Quebec,
Benoit Pelletier, quiere aclarar a los lectores españoles
es que el término nacionalista "tiene aquí un
significado distinto al que manejan ustedes, aunque ya sé",
dice, "que en Cataluña, al contrario que en Euskadi,
también hay nacionalistas parecidos a nosotros que, en el
fondo, no están por la separación con España".
"Yo soy nacionalista y miembro del PLQ, convencido, por tanto,
de que Quebec se defenderá mejor si continúa dentro
de Canadá. No hay contradicción alguna", subraya.
"Para nosotros, ser nacionalista significa apostar por la identidad
de Quebec, defender su carácter particular, promocionar la
lengua. Los soberanistas", añade, "son los secesionistas,
los independentistas, los que creen que el futuro de Quebec pasa
necesariamente por la separación".
En marzo del pasado año, Pelletier, entonces portavoz de
la oposición, participó en un coloquio organizado
por Elkarri y también se entrevistó con el presidente
del Gobierno vasco. "Me extrañó que Ibarretxe
lanzara el proceso soberanista", indica, "porque cuando
estuve con él no me pareció que fuera separatista,
aunque tampoco fue muy claro en sus planteamientos". La discreción
obligada por su cargo le impide responder directamente a la cuestión
de la legitimidad del proceso soberanista, pero no hasta el punto
de soslayarla completamente. "La violencia es un problema interno
de los vascos, pero tiene una repercusión internacional evidente
y nadie puede permanecer indiferente o insensible ante eso".
La respuesta más común, recogida en ámbitos
bien diversos, es que, obviamente, un proceso soberanista requiere
un escrupuloso respeto a la democracia y de ninguna manera puede
desarrollarse bajo la coacción y la amenaza de muerte.
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