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EL
PLAN IBARRETXE Y SUS CIRCUNSTANCIAS
Euskadi es probablemente la región europea, y desde luego
española, con mayor nivel de autogobierno. Las instituciones
vascas tienen su propio sistema fiscal y educativo, una policía
integral, competencias en obras públicas y un largo etcétera
que le acercan más a un Estado propiamente dicho que a una
región autónoma. Este alto grado de autonomía
es posible gracias a la Constitución española de 1978,
que permitió pactar un Estatuto de Autonomía aprobado
en 1979 por el 90% de los votantes.
¿Cómo se explica una ofensiva nacionalista por la
independencia en una sociedad que mayoritariamente la rechaza, y
que goza de un alto nivel de autogobierno y desarrollo económico?
La respuesta hay que buscarla en los intereses compartidos por el
nacionalismo gobernante (PNV y EA) y los terroristas de ETA.
ETA: auge y declive del terrorismo
nacionalista totalitario.
Con
el Estatuto de Autonomía, los nacionalistas consiguieron
casi la totalidad de sus reivindicaciones históricas. Respecto
a la independencia, en 1978 sólo la exigía ETA. Lo
cierto es que sólo una minoría que nunca ha superado
el 30-35 % en los sondeos de opinión dice desear la independencia,
mientras que el apoyo al nacionalismo en su conjunto nunca ha superado
el 50% del censo electoral.
La respuesta de los terroristas al desinterés de la mayoría
fue rechazar la democracia, recrudeciendo los atentados y las agresiones
contra sus críticos. ETA incrementó su influencia
social creando partidos políticos (HB, EH y Batasuna, heredera
de los anteriores y finalmente ilegalizada en 2003), sindicatos
y asociaciones de todo tipo que apoyaran material y moralmente al
terrorismo, aislaran y atacaran a los no nacionalistas y exigieran
la ruptura total con España. Mientras que de 1959 a 1975
los terroristas asesinaron a 43 personas, desde este último
año hasta el 2003 han sido asesinadas casi 800. El incremento
de otros actos violentos ha sido todavía mayor.
A pesar de todo, ETA nunca ha logrado un apoyo electoral para su
partido superior al 18% de los votos. Y desde 1997 –año
del secuestro y asesinato de Miguel Angel Blanco- su declive es
imparable: los diputados autonómicos que consiguieron en
2001 fueron la mitad de los habidos en la anterior legislatura.
La mayoría de la sociedad vasca ha dado la espalda a los
únicos terroristas vascos. Porque en el País Vasco
no han aparecido hasta hoy grupos que le respondieran con métodos
terroristas similares. Los grupos parapoliciales terroristas (Triple
A, Batallón Vasco-Español, GAL), carentes de apoyo
social, han sido perseguidos y disueltos por la justicia.
Tras sucesivos reveses policiales y judiciales, ETA entra en un
declive lento pero continuado. La convicción de que nunca
podrá derrotar “militarmente” al Estado le anima
a pactar con los nacionalistas moderados, declarando una tregua
de atentados en el periodo 1999-2000. Pero la mejor expresión
de su debilidad son los 169 activistas detenidos por las policías
de España y Francia en 2002, año en que sólo
consiguen asesinar a cuatro personas y disminuye drásticamente
el número de atentados y el apoyo social: la ilegalización
de Batasuna al año siguiente no provoca grandes protestas.
La kale borroka (violencia callejera) también entra en crisis
tras la adopción de medidas legislativas que consideran delitos
de terrorismo los actos vandálicos cometidos por menores
de edad encuadrados en las juventudes de ETA. Aislada y sin apoyos
internacionales, perdido su antiguo prestigio como grupo de patriotas
idealistas, ETA aparece hoy sumida en una crisis evidente y quizás
definitiva.
La radicalización del nacionalismo
gobernante.
La convergencia de moderados (PNV y EA) y radicales comienza en
1997, a raíz de las grandes y airadas movilizaciones populares
contra ETA provocadas por el secuestro y asesinato del Miguel Ángel
Blanco, concejal de Ermua por el PP. Convencidos de que la derrota
terrorista podía acarrear la del nacionalismo en su conjunto,
los nacionalistas moderados iniciaron un acercamiento a ETA, forzando
la ruptura del pacto de gobierno con los socialistas. Luego se supo
que PNV y EA habían suscrito un pacto secreto con ETA donde
se comprometían a desarrollar una estrategia conjunta con
vistas a crear una “institución única y soberana”
que incluyera todos los territorios que consideran vascos, acordando
la exclusión de todos los partidos y ciudadanos no nacionalistas;
a cambio, ETA suspendería los atentados observando una “tregua
indefinida”. Se trataba de impulsar un proceso unilateral
de hechos consumados, pero presentado como “pacífico”
y “democrático”, que hiciera posible declarar
la independencia en los primeros años del siglo XXI. Este
proceso fue hecho público con la firma del Pacto de Estella
o de Lizarra.
Pero ETA consideró demasiado lento y cauto el proceso y en
noviembre del 2000 rompió la tregua de atentados con la excusa
de que el Gobierno español rechazaba el derecho de autodeterminación.
ETA aprovechó la tregua-trampa para reorganizarse y captar
nuevos activistas, lanzando una campaña de violencia sin
precedentes contra cualquier opositor al nacionalismo. El Gobierno
vasco observó una actitud completamente pasiva, quitando
importancia a las destrucciones y a las campañas de persecución
y, según han denunciado los sindicatos policiales, ordenando
a la Ertzaintza paralizar la investigación y las detenciones
de sospechosos. Pese al cese de homicidios, no había paz.
Con el fin de la tregua, todos los políticos de la oposición,
incluso los concejales de los pueblos más pequeños,
además de numerosos periodistas, profesores, jueces o empresarios,
debieron aceptar una escolta policial para hacer frente a la amenaza
de ser asesinados.
Sin embargo, la reacción social ante la tregua y su fin no
fue la esperada. En las elecciones generales celebradas bajo la
tregua, los votos nacionalistas disminuyeron mientras crecían
los de la oposición no nacionalista, y los movimientos sociales
de rechazo al terrorismo, como Basta Ya, cobraron más fuerza
que nunca, organizando manifestaciones masivas. Buena parte de la
opinión pública comenzó a exigir el fin de
la impunidad y a criticar la permisividad de las instituciones vascas
hacia la kale borroka y la reorganización de ETA, gracias
a la que Euskadi se ha convertido en el único lugar del mundo
donde los terroristas no atacan al gobierno, sino a la oposición.
El riesgo de perder el poder en las elecciones a causa del ascenso
de los constitucionalistas reforzó la convicción nacionalista
de que la única vía para conseguir la plenitud de
sus objetivos políticos consistía en el acercamiento
estratégico a ETA y en la captación de los votos independentistas
de Batasuna mediante la radicalización de su discurso. Las
críticas contra las instituciones y partidos españoles,
y contra los movimientos sociales vascos no nacionalistas, se han
ido haciendo desde entonces mucho más frecuentes y duras
que las reservadas a ETA y sus simpatizantes. Así, la autodeterminación,
desdeñada por el PNV durante la elaboración de la
Constitución, es ahora para este partido un derecho irrenunciable
e innegociable, cuya falta en la Constitución española
es suficiente para rechazar su legitimidad democrática.
Los nacionalistas gobernantes explican el terrorismo como un efecto
del conflicto histórico con España, que debe ser solucionado
primero para erradicar posteriormente la violencia. Por eso los
nacionalistas se han opuesto a todas y cada una de las medidas legislativas
contra el terrorismo aprobadas por el Parlamento español
y aplicadas por los tribunales. Las instituciones vascas intentan
ignorar muchas de las medidas adoptadas contra ETA y su trama política,
desobedeciendo sentencias judiciales, boicoteando leyes contra el
terrorismo y autorizando actividades políticas y sociales
favorables a ETA bajo diversos pretextos. En resumen, según
ETA se debilita, mayor es el empeño del nacionalismo gobernante
en defender algunas de sus tesis mientras rechaza sus métodos,
pero sin reprimirlos realmente con los abundantes medios de que
dispone.
Apoyándose en la persistencia de la amenaza terrorista de
una ETA débil pero todavía capaz de aterrorizar, el
nacionalismo en su conjunto, liderado por el lehendakari Ibarretxe,
se ha lanzado a la búsqueda de fórmulas que superen
el Estatuto, deslegitimen la democracia española y rompan
el pacto constitucional, explotando el natural deseo de paz para
reclamar una cuasi-independencia a la medida de los nacionalistas,
o mejor, del sector más radical de éstos: ese 30%
de vascos que no renuncia a poseer un Estado propio pese al desinterés
o la disconformidad del 70% restante.
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