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ABC, 25 de abril de 2004

ANTISEMITAS

Por Jon JUARISTI

ERA de temer que, tras la arrolladora Revolución de Marzo, comenzaría más temprano que tarde el desuello de los constitucionalistas vascos (me incluyo en el lote, qué remedio). Atacó primero y a tribuna abierta, desde el órgano de la progresía posnacional, un torquemada en ciernes del que, si persiste, quizá oigamos hablar en los próximos tiempos. Como no daba nombres, tampoco mencionaré el suyo (para qué andar con subterfugios: lo he olvidado). Ya entrado el abril lluvioso, el antropólogo Juan Aranzadi nos sacudía a su sabor en un periódico catalán. Había leña para todos, pero, muy en particular, para Savater y un servidor de ustedes. Permitan que me limite a glosar lo que me correspondía. No se trata, lo comprobarán enseguida, de un ejercicio de narcisismo, sino de pura pertinencia narrativa.

Escribía Aranzadi de mí que, «convertido al judaísmo y al sionismo, bautizó a los constitucionalistas, ebrio de retórica, como los judíos de Euskadi». Nunca he afirmado tal cosa, sobra decirlo. Lo más cercano a esto que aparece entre todo lo que he escrito es: «No estoy seguro de si los socialistas terminaremos siendo los judíos de Euskadi». Pero la frase no es mía, sino una cita de un artículo del profesor y militante del PSOE Andrés de Blas. Dicho artículo y el mío, que recoge la frase entrecomillada con mención expresa de su autor, son de 1987. No tiene demasiada importancia, pero ahí queda eso. Añadía Aranzadi que el que suscribe «no ha tenido empacho en aplaudir públicamente en artículos de prensa los asesinatos premeditados de palestinos». Como saben mis lectores, no suelo escribir de otra cosa. La primera imputación que me hace Aranzadi puede atribuirse a confusión o desmemoria, cuando no a simple ebriedad (tres dones que asisten de antiguo al benemérito antropólogo). La segunda es parte indispensable de la retórica antisemita que hoy se lleva en Europa: los judíos asesinan o aplauden asesinatos. Por eso los queremos tanto.

En su último número, el semanario de información general (es un decir) más leído en las Casas del Pueblo y que dirige José García Abad dedica dos páginas a comentar elogiosamente el varapalo de Aranzadi a Basta ya!, en un artículo firmado por Luis G. Del Cañuelo. Se destaca en un recuadro la frase siguiente: «Asegura Juan Aranzadi que Juaristi se ha convertido al judaísmo y al sionismo». Para que no quepan dudas acerca de qué Juaristi se habla, el recuadro en cuestión aparece bajo mi fotografía. Por supuesto, no es una caracterización inocente del allí retratado. En Aranzadi, el antisemitismo tiene que ver con algo que cualquiera que le conozca o haya leído identificará fácilmente como un grave trastorno paranoico. El artículo de Cañuelo supone, por el contrario, la incorporación deliberada del antisemitismo, vía Aranzadi, al discurso mediático de la izquierda dialogante, y esto sí que representa una desagradable novedad, al menos en España (como Alain Finkielkraut ha observado, ya hace tiempo que, en Francia, la judeofobia está en el campo progresista y no en el de los fieles a Vichy).

No es, en efecto, inocente ni casual que el antisemitismo de izquierda emerja justamente ahora, tras la incondicional rendición de la nueva mayoría a la yihad. Basta desempolvar los rudimentos de la dialéctica del amo y del esclavo para entenderlo. El odio del que se somete se dirige contra quien resiste, y quien resiste al terrorismo islámico, hoy por hoy, es Israel. La izquierda europea -y la española- ha decidido que la verdadera y única resistencia está en las bombas humanas palestinas. Error garrafal. No hay diferencia entre los terroristas suicidas de Jerusalén y los de Leganés. El empeño en distinguir entre sus móviles (que son los mismos) es correlativo a la disolución de los matices semánticos que marcan la diferencia entre los conceptos de judío e israelí. Queridos Cañuelo y demás familia: bienvenidos a la Europa antisemita. Bienvenidos a la Europa criminal.