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PRÓLOGO
Sentado
frente a un papel en blanco, resulta verdaderamente difícil
expresar en su orden todas las ideas que me asaltan a la hora de
redactar el prólogo que me solicita Santiago Abascal Conde.
Es preciso, por una parte, dejar que la razón responda al
poderoso estímulo intelectual que resulta de la atenta lectura
de sus páginas. Por otra, el corazón expresa sus propias
respuestas ante otros estímulos igualmente potentes, pero
que apelan más bien al mundo de los valores y de las convicciones.
Al fin y al cabo, se trata de presentar e introducir al lector un
trabajo sólido y riguroso, pero un trabajo cuyo sentido último
no podría entenderse prescindiendo del anhelo de libertad
que lo inspira.
Cuando
Santiago Abascal Conde me pidió que escribiese estas pocas
páginas, sabía que yo no podía negarme. Pero,
lo que es más, también sabía que no querría.
Porque a estas alturas de la vida, uno puede perfectamente permitirse
ciertos lujos. Como el de decidir a qué quiere dedicar su
tiempo. Y Santiago Abascal Conde sabe que hay causas para las que
mi respuesta siempre ha sido, y va a seguir siendo, que sí.
Un sí rotundo, solidario, auténtico, sentido, y convencido.
Un sí a las convicciones que lo impulsan. Un sí a
las razones que lo sostienen. A las personas que luchan, día
a día, por poder expresarlas, afrontando -muchas veces en
una soledad inexplicable- el desprecio, el insulto, el hostigamiento
e incluso la violencia física de algunos, ante la aparente
indiferencia de quienes están llamados a proteger a todos
los ciudadanos.
Santiago
Abascal Conde es uno de esos luchadores. Como buen Abascal. Como
buen vasco, responde a la llamada de Gabriel Celaya y “toma
partido hasta mancharse”. Digno heredero y colaborador de
otro Santiago Abascal, esta vez Escuza, a quien España, el
País Vasco, Álava y Amurrio deben mucho. Ante quien
tanto ha dado, ante quien tanto sigue dando, ¿cómo
podría yo negar algo tan modesto como lo que se me pedía?
Dicho
eso, también es cierto que más que una petición
es una oferta. Porque de pocas cosas puedo estar tan orgulloso como
de que el autor de este libro acuda a mí para que se lo presente.
Estoy seguro de que él es perfectamente consciente de que
hoy existen otras firmas que le abrirían muchas más
puertas. De que en el mundo político, pero incluso en otros
ámbitos que se dicen intelectuales, seguramente serán
bastantes los que no se molesten en leer un libro asociado a mi
firma. Y si él está dispuesto a ello, por mí
no va a quedar. Especialmente cuando creo que el libro merece la
pena, por lo que dice, por cómo lo dice, y por la finalidad
con que lo dice.
Una
finalidad abiertamente declarada desde el principio. No podría
ser de otra forma. Como casi siempre ocurre, por otra parte, en
el ámbito de las ciencias que se dedican a estudiar, desde
diversas perspectivas, la convivencia humana y sus reglas. La Ciencia
Política, la Historia de las Ideas, la Teoría del
Estado, la Sociología política o el Derecho Constitucional
son disciplinas construidas sobre unos sólidos cimientos
valorativos. Aunque persigan el conocimiento objetivo de sus respectivos
ámbitos de interés, no lo hacen, ni lo pueden hacer,
prescindiendo de valores tales como el de la dignidad de los seres
humanos, libres e iguales.
Y ése
es, exactamente, el planteamiento que comparte este libro. Un libro
generoso, valiente y comprometido, pero también -como decía
antes- sólido y riguroso. Un libro escrito, como afirma su
introducción, “en legítima defensa”. En
defensa generosa de unos intereses y valores que no son -o no son
sólo- intereses o valores personales, sino de un gran sector
de la población vasca, que sufre cada día el acoso
activo, o simplemente la indiferencia cómplice, de los últimos
herederos europeos del etnicismo totalitario. Un libro valiente
no sólo porque su autor dice cosas que no gustan a ciertos
matones que parecen campar por sus respetos, sino porque justifica
y argumenta sólidamente sus verdades, frente a tantas mentiras
subyacentes en gran parte del discurso “políticamente
correcto” nacionalista.
Por
todo eso es, además y yo diría sobre todo, la obra
de un hombre libre. Un hombre que, ante la injusticia, la mentira
y la indiferencia, no opta por la resignación, o por el desistimiento.
Sino que recurre a lo más valioso del ser humano, a su condición
de hombre libre capaz de pensar por sí mismo, de buscar una
justificación racional a sus creencias, y de expresarlas
en los términos generalmente aceptados para el debate científico
e intelectual, sin miedo a los tabúes definidos por los guardianes
de la corrección política. Si otro gran poeta vasco
y español, Blas de Otero, decía estar “buscando
un verso que supiese / parar a un hombre en medio de la calle”,
Santiago Abascal Conde busca una razón capaz de despertar
las conciencias de quienes no pueden resignarse a vivir sometidos
a un régimen de imposición ideológica tutelada
por el terror.
Y hay
que reconocer que el autor no utiliza sus medios, como otros, para
acuñar eslóganes y esgrimirlos como armas arrojadizas.
Por el contrario, en una sociedad que tanto manipula y maltrata
el concepto de intelecto, sus páginas dan fe de un verdadero
esfuerzo intelectual en el más noble y auténtico sentido
del término. El de quien intenta profundizar racionalmente
en los argumentos propios y ajenos, comprendiéndolos en su
exacto sentido para luego criticarlos, asumiéndolos o rebatiéndolos.
Un esfuerzo que le lleva a transitar por campos muy distintos, como
el del Derecho, la Historia, la Ciencia Política, la Sociología,
la Literatura o, incluso, la Economía. Todo al servicio de
la verdad, de “su” verdad. Para entender, comprender,
apreciar, lo que las palabras significan, y lo que no. Lo que algunos
quieren que signifiquen, o que oculten. Lo que suele decirse, y
lo que suele callarse.
Hay
que reconocer igualmente que el resultado de ese esfuerzo merece
la pena, porque es excelente. Excelente en su fondo, porque los
argumentos que ofrece le permiten justificar plenamente las conclusiones
de su trabajo. Seguramente no podía ser de otra manera, ya
que el esfuerzo libre y racional de un hombre honesto no puede aceptar
lo inaceptable, ni comulgar con ruedas de molino. Pero había
que hacer ese esfuerzo y, sobre todo, había que mostrarlo
abiertamente, ofreciéndolo a la comunidad intelectual para
enriquecer el ámbito del debate público. En ese sentido,
y volviendo nuevamente a Celaya, Santiago Abascal ofrece su trabajo
como “un arma cargada de futuro”. Y esto, en algunos
contextos (como, desgraciadamente, en el País Vasco de comienzos
del siglo XXI), es aún más valioso.
Y,
en mi opinión, el trabajo también resulta excelente
en la forma. Como lector, creo que el esquema seguido permite dotar
a la argumentación de toda su contundencia. Empezando por
definir con rigor científico, y acudiendo a las fuentes más
solventes, aquello de que se habla, el derecho de autodeterminación.
Siguiendo por el decurso histórico que lleva a la aplicación
de este concepto, perfectamente claro en su origen, a un contexto
como el vasco, absolutamente ajeno a su propósito histórico,
político e intelectual. Deteniéndose a detallar el
fraudulento proceso de construcción e imposición de
las bases mínimas necesarias para dar apariencia de legitimidad
a argumentos falaces, que en cada momento adoptan la forma más
conveniente para sus fines. Y concluyendo con la afirmación
de que, por encima de pretendidos derechos colectivos de sujetos
artificiales, existen derechos individuales inherentes a cada persona,
que no pueden ser ignorados ni vulnerados. Frente a la tribu, la
ciudadanía. Frente a la exclusión étnica, la
inclusión cívica.
Pero
es que, además, el autor utiliza en su tarea algunos términos
especialmente afortunados, por cuanto significan y por cuanto sugieren.
Tal vez no todos ellos sean absolutamente originales, pero desde
luego no son del dominio público, al menos en el uso que
aquí se les da. Y todos sabemos lo importantes que son las
palabras en el debate público. Por eso creo que son particularmente
destacables expresiones que resultan auténticos hallazgos,
como la caracterización del nacionalismo como “hijo
no deseado del fuerismo”. O la idea de “la nación
imaginaria”, únicamente existente en la estrecha y
reaccionaria “teoría nacionalista”. Otro tanto
cabe decir de los contundentes rasgos atribuidos -y justificados-
al (pretendido) “derecho” de autodeterminación
aplicado al caso vasco: un “derecho histórico contra
la Historia”, un “derecho democrático contra
la democracia” o, simplemente, “un derecho impertinente”.
Para finalizar (la mejor defensa es un buen ataque) con la formulación
de un concluyente (y conclusivo) “derecho a la unidad de España”,
derecho a que “la indisoluble unidad de la Nación española”
como fundamento expreso de la Constitución consagrado en
su artículo 2, “no pueda ser impugnada ni destruida
sin demoler por completo nuestra Constitución”.
No
quisiera acabar estas páginas sin un último apunte:
como lector, me han resultado particularmente estremecedoras las
páginas dedicadas a explicar el proceso de definición
de la nación vasca, atendiendo a factores como la etnia o
la adhesión política. Unas páginas, por lo
demás, en que el autor se limita, simplemente, a reproducir
ordenadamente textos escogidos, políticos y teóricos,
elaborados en el ámbito nacionalista. Textos así,
con una vocación etnicista y totalitaria tan explícita,
sólo son concebibles en un contexto de engaño y coacción
masiva, y sin duda serían rechazados en cualquier sociedad
contemporánea mínimamente libre. Estoy seguro de que
estos textos, y la mentira que esconden, provocarán vergüenza
en un futuro que, gracias a personas como Santiago Abascal, y gracias
también a esfuerzos como el que este libro representa, cada
vez está más próximo.
José
María Aznar
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