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El Diario Vasco, 22 de noviembre de 2003

La lección catalana

FERNANDO SAVATER/CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

El mejor pronóstico de lo que iba a ocurrir en las elecciones catalanas del pasado domingo me lo indicó un amigo que vive en esa comunidad, cuando me confió: «He escuchado a Maragall y me ha convencido: votaré a Carod Rovira». Lo tomé por una boutade a las que suele ser propenso, pero luego ha resultado casi una profecía de por dónde marcharían los comicios. Aunque mi amigo se tiene por original, en este caso expresaba lo que por lo visto pensaban buena parte de sus conciudadanos, en especial los votantes habituales a la propuesta socialista.

No tengo por qué dudar de las sanas intenciones de Maragall al plantear su campaña, pero sus resultados dejan poco lugar a dudas de que el tiro -incruento, eso sí, que por suerte se trata de Cataluña- salió en esta ocasión por la culata. Ciertamente el candidato socialista no es partidario de la independencia y ni siquiera es «nacionalista» en el sentido más claustrofóbico y aislacionista del término, pero con su complicado mensaje daba a veces la impresión de ser un poco de ambas cosas. Y, puestos a asumir la perentoria bondad de la actitud nacionalista, los votantes han preferido decantarse por quienes representan ese mensaje de manera más franca e inequívoca... salvo aquéllos que no desean más nacionalismo ni equívoco ni inequívoco, los cuales han entregado su papeleta al PP y han aumentado así claramente su cuota en votos y escaños.

Por supuesto, no hay resultado electoral por adverso que sea que con un poco de buena voluntad (lo que suele llamarse «hacer de tripas corazón») no pueda leerse en clave optimista. Sin embargo, no ha sido precisamente una victoria lo que ha obtenido Maragall y ni siquiera lo sería si mañana, por arte de la combinatoria de pactos, llegase a ser presidente de Cataluña con el apoyo de ERC (el de Iniciativa, que ya tuvo en su día, hay que darlo por descontado). Para que no cunda el desánimo, Maragall proclamó desde la misma noche electoral la victoria en las urnas de la izquierda sobre la derecha o, por decirlo en sus términos, que ganaron «las fuerzas progresistas». Pero incluso esa visión rosácea es bastante discutible. No está nada claro que Carod Rovira, con su nacionalismo aprovechado que pretende suprimir la tributación solidaria de la opulenta Cataluña al resto del Estado con cuya protección y apoyo se ha enriquecido (un poco al estilo de Umberto Bossi en Italia), represente una fuerza de izquierdas. Pero aunque fuese realmente de izquierdas, no tendría por qué ser obligatoriamente «progresista», porque no toda izquierda lo es: ni Ceausescu, ni Fidel Castro, ni Hugo Chávez, ni Madrazo representan progreso alguno.

Si los socialistas no consideran «progreso» el excluyente y anticonstitucional plan de Ibarretxe, no veo por qué ha de serlo aliarse con Carod Rovira, simpatizante entusiasta de ese dislate e interlocutor de Otegi para solicitarle que mediase con ETA a fin de evitar atentados en Cataluña. Sostener a estas alturas del siglo XXI que cuanto más nacionalismo, más izquierda y más progreso resulta de una imbecilidad patética.

Pero es que además los resultados de Maragall en las elecciones catalanas le hacen a uno acordarse de aquellos otros tan denostados obtenidos por Nicolás Redondo y el PSE en los comicios vascos de mayo del 2001, cuando el criticadísimo apretón de manos entre el líder popular y el socialista. En aquella ocasión, subieron de votos y de porcentaje espectacularmente las fuerzas constitucionales y se planteó una alternativa lo suficientemente creíble al nacionalismo gobernante como para lograr que ochenta mil votantes de Batasuna transladaran sus papeletas a opciones oficialmente más moderadas. Ahora se han perdido votos y actas de diputado mientras que se ha conseguido el dudoso éxito de que el trasvase de votos favorezca a los nacionalistas radicales. Si en aquella ocasión se leyeron los buenos resultados como una enorme derrota y un fracaso estratégico, al compararlos con las desmesuradas expectativas de los más optimistas...¿cómo tendremos que interpretar lo que ha pasado ahora en Cataluña al utilizar la estrategia opuesta, coqueteando con el nacionalismo y achacando todos los males de este mundo y gran parte de los el otro a la maldad intrínseca del PP?

Lo único claro hoy es que nada está claro, que el futuro resulta inquietantemente incierto y que ya hay bastantes periódicos europeos preguntándose si no se estarán fraguando unos nuevos Balcanes peligrosos en el Oeste de Europa, cuando aún no hemos resuelto los problemas planteados por el nacionalismo en los el Este. Pero, como bien dijo Franco cuando volaron a Carrero Blanco, no hay mal que por bien no venga. Sólo falta que de aquí a marzo saquen las oportunas conclusiones para darnos por fin una alegría a quienes, ay, seguimos siendo sus votantes.