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El
País 15 de agosto de 2005
TRIBUNA:
CARLOS TREVILLA
Las
35 horas en Francia. Otro balance
Carlos
Trevilla es representante de UGT en el CES vasco.
No
corren buenos tiempos para la reducción del tiempo de trabajo.
La lógica de la competitividad, concebida como un fin en
sí misma, la globalización desreguladora, las políticas
de ajuste estructural y las amenazas crecientes de la deslocalización
de empresas intentan cambiar la ecuación "menos jornada
laboral, más empleo", por "la reducción
de jornada aumenta el paro". El debate ha llegado a Alemania,
país en el que la conquista de las 35 horas se realizó
por la vía contractual, no por ley. Se aprovecha la amenaza
de deslocalización de algunas empresas para generalizar el
incremento de la jornada.
Al
debate de "trabajar menos para trabajar todos" -reparto
del empleo- frente a "ganar menos para trabajar todos"
-reparto del salario, el que está triunfando-, se añade
la consigna de "trabajar más para seguir trabajando".
Sin
duda alguna, el carácter emblemático de la reducción
de jornada se produjo en Francia dada la utilización del
mecanismo legal para la implantación de las 35 horas, calificado
por los empresarios como autoritarismo político. Frente a
una subida masiva del paro en los años 80 y a la ineficacia
de las políticas clásicas de empleo, sucesivos procesos
legislativos -ley de Robien en 1996 y, sobre todo, ley Aubry del
98 y del 2000- introdujeron la generalización de las 35 horas
como mecanismo para crear empleo, con las suficientes ayudas financieras
del Estado para neutralizar los posibles aumentos de los costos
laborales unitarios.
La
valoración de las consecuencias económicas y sociales
de la legislación sobre jornada laboral en Francia han sido
sectarias y muy de brocha gorda, hasta el punto de culpabilizar
a las 35 horas del incumplimiento del Pacto de Estabilidad.
Para
otro balance de los efectos de dicha reducción es necesario
recordar el impulso negociador que se concreta en 212 acuerdos de
sectores, más de 72.000 acuerdos de empresas, sin contar
las empresas que aplican directamente un acuerdo profesional de
sector, más o menos otras 65.000 empresas implicadas. Un
movimiento de negociación de tanto alcance era inaudito en
Francia.
Si
abordamos los efectos sobre los empleos creados, hay que afirmar
que todos los acuerdos firmados incluían nuevas contrataciones,
reconociendo el papel importante del crecimiento. Gracias a la reducción
de la jornada se han creado más de 350.000 empleos y se han
salvado otros 50.000 en el marco de los despidos por motivos económicos.
En
lo que hace referencia al coste económico, es cierto que
dicha reducción ha tenido un coste. Hay que considerarlo
teniendo en cuenta los gastos realizados, pero también las
ganancias que ha generado. En cuanto al coste, existe una base de
cálculo indiscutible: se trata de las reducciones de las
cargas ligadas a los acuerdos de reducción de jornada. Representan
10.000 millones de euros para el año 2002. Con la desaparición
de las ayudas ligadas a la reducción de la jornada y la generalización
progresiva de las reducciones de cargas -"sueldos bajos"
de la ley Fillon instaurada en julio de 2002-, las ayudas ligadas
a la reducción de la jornada han bajado a la mitad en 2003,
y desaparecerán por completo el 1 de julio de 2005. Por el
contrario, para el mismo año las ayudas "sueldos bajos"
alcanzarán los 15.000 millones de euros sin ninguna garantía
de efecto sobre el empleo. Esto hace la derecha.
Pero
también hay ganancias incontestables. Las contrataciones
han conllevado ganancias sociales adicionales para la Seguridad
Social y las cajas de pensiones y ahorro del desempleo, así
como efectos positivos sobre la fiscalidad y la consiguiente aportación
de nuevos trabajadores al consumo y al crecimiento.
Más
allá de las finanzas públicas, el centro del debate
es si las empresas francesas han perdido competitividad. En la mayoría
de los casos los acuerdos han resultado positivos para el empleo
y para las empresas. Han cambiado las organizaciones del trabajo.
Se han promovido nuevas competencias y se han descubierto nuevos
yacimientos de productividad. Esto explica por qué la productividad
de los trabajadores franceses, incluso con las 35 horas, se encuentra
entre las más elevadas del mundo.
Los
expertos Bercy han calculado que el aumento del 4,5% del coste del
salario por hora ha sido totalmente compensado: en un 1,4% por la
reducción de las cargas, de un 1% por la moderación
salarial y en un 2,2% gracias al aumento de la productividad.
Se
han dado respuestas muy diferentes a realidades muy diversas mediante
la reorganización del tiempo de trabajo. La introducción
de la anualización de la jornada laboral para tener en cuenta
la actividad de los distintos sectores profesionales; la adopción
del trabajo en turnos sucesivos, en algunos casos del trabajo el
fin de semana o por la noche para aumentar el tiempo de uso de los
equipamientos. En otros muchos casos, la duración semanal
de la jornada sigue siendo de 39 horas, los trabajadores obtienen
días de vacaciones adicionales distribuidos a lo largo del
año.
Querer,
a día de hoy, volver a cuestionar las 35 horas, sería
ignorar y tirar a la papelera todos los compromisos establecidos
en los sectores profesionales y en las empresas. Son estos compromisos
los que justamente han permitido encontrar un punto de equilibrio
entre el interés de los trabajadores y la competitividad
de las empresas. Este equilibrio encontrado por medio de la negociación
no fue encontrado en las funciones públicas, ya que la ley
impuso a las empresas la obligación de llegar a un resultado
que las administraciones no han cumplido.
Hay
un aspecto muy negativo que es la desigualdad entre trabajadores.
Quedan fuera de las 35 horas casi cuatro millones en las pequeñas
empresas. Dicha desigualdad se ve agravada por la enmienda que adoptó
la Asamblea Francesa, en el marco de la ley Fillon sobre diálogo
social, referente a las empresas de menos de 20 trabajadores, cuyo
efecto es permitir a las empresas que se hagan las 47 horas extraordinarias
además del contingente anual fijado por los sectores profesionales.
El colmo de la paradoja es que el recurso a las horas extras está
muy por debajo del contingente legal.
Las
encuestas afirman que la mayoría de los trabajadores no quieren
volver atrás. Las frustraciones, cuando existen, provienen
de los que no se han beneficiados de las 35 horas o de los que se
han visto obligados por imposición a la reducción
de jornada sin negociación.
Como
conclusión se puede afirmar que las 35 horas han traído
calidad de vida, tiempo para el ocio, para la conciliación
de la vida laboral y personal, así como la mejora de la organización
y competitividad de numerosas empresas, la creación de empleo,
con los efectos beneficiosos para el conjunto de la economía,
a pesar del frenazo de la derecha política.
El
debate sigue, ya que se trata de un planteamiento de sociedad, que
no es otra cosa que otra manera de organizar socialmente el trabajo
que posibilite una mejor distribución de la riqueza.
La
Organización Internacional del Trabajo (OIT), en su último
informe sobre el empleo en el mundo, nos recuerda que tenemos 170.000
millones de parados y más de 500.000 millones de subempleados.
Ésta es la consecuencia del fundamentalismo de la competitividad
como sea y al precio que sea. Esto exige un debate supranacional
sobre los objetivos y condiciones de viabilidad de la reducción
de jornada.y sobre todo una fuerte reacción social que está
ya iniciándose.
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