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El Diario Vasco, 21 de marzo de 2004 La
Policía descubre el organigrama de la trama que se esconde tras
el 11-M Se prueban
los vínculos de los terroristas, con los de Casablanca, el 11-S
y con los grupos que actúan en Irak El grupo de Zougam está
relacionado con cinco células MELCHOR SÁIZ-PARDO/COLPISA. MADRID Diez días después de los ataques islamistas que sacudieron Madrid, la Unidad Central de Inteligencia Exterior de la Policía (UCIE) ha logrado componer el primer organigrama de los grupos terroristas que están detrás del mayor atentado de la historia de España. A posteriori, reconocen los expertos, ha sido fácil. La marea de información que desde hace una década se almacenaba en los archivos policiales sobre los radicales islámicos en España, y que los funcionarios apenas tenían capacidad de procesar y valorar, ha sido crucial para saber que detrás de las bombas de los trenes no sólo está Jamal Zougam y su grupo de acólitos, sino la inmensa red de Al-Qaida. Una internacional del terror mundial que antes del jueves negro madrileño ya había atacado en Estados Unidos y en Casablanca. La misma que desde hace un año acosa a los ocupantes con una lluvia de bombas en Irak. Hasta hace diez días, los servicios de Información sólo hablaban de células durmientes en España, de grupos islamistas más o menos radicales pero dedicados únicamente a la propaganda, a la acogida de huidos en tránsito o, en el caso de los menos, a labores de apoyo a los terroristas (falsificación de pasaportes o tarjetas robadas). Quizás ahí --admiten los analistas de la UCIE- radica la explicación de por qué las fuerzas de Seguridad no supieron anticiparse al 11-M. La caída de 'Abu Dahdah' Cuando en noviembre de 2001, sólo dos meses después del 11-S, la Policía golpeó en la operación Dátil por primera vez a Al-Qaida de cerca, pocos fueron los que en España advirtieron el alcance de las detenciones, aunque días antes del operativo el nombre del jefe del grupo, Imad Edim Barakat Yarkas, Abu Dahdah, ya circulaba entre el FBI y la CIA por su vinculación a los atentados del Washington y Nueva York. Durante meses, decenas de policías fueron destinados a la investigación de la célula de Abu Dahdah. Ya había multitud de datos recabados en seguimientos y pinchazos telefónicos desde 1996 (entonces sólo se investigaba la presencia de miembros del GIA argelino en Madrid y Levante) a los que se sumaron nuevos indicios. «Pero nada hacía apuntar a que se prepararan atentados en España», recuerdan los operativos. Había pruebas de transferencias de dinero a Bosnia, Chechenia o Afganistán; de que el grupo islamista había reclutado muyahidines en España para mandarlos a la guerra santa por doquier; incluso de que el propio Abu Dahdah conocía al menos a cuatro de los terroristas de la célula de Hamburgo que en verano de 2001 pasaron por la costa mediterránea antes del 11-S (Mohamed Belfatmi, Mamoum Darkanzali, Ramzi Benalshib y el misterioso Shakur) para ultimar en Reus la operación con uno de los terroristas suicidas, Mohamed Atta. El protagonismo de Atta La figura del kamikaze y la pista española del 11-S lo eclipsó todo, pese a que ya había surgido el nombre de Jamal Zougam. «A los ojos de la Policía no era más que un joven islamista de inquietudes radicales, pero como tantos otros que aparecieron en las investigaciones que coordinaba el juez Baltasar Garzón», recuerdan los mandos de aquella investigación. Hace dos años y medio no había nada contra Zougam en España que pudiera llevarle a la cárcel: conocía al propio Abu Dahdah y a, al menos, otros cuatro miembros de su célula, entre ellos a Said Chedadi, cuyo hermano, Mohamed, ha sido detenido esta semana en el marco de las investigaciones del 11-M. También tenía vídeos de la guerra en Chechenia, libros extremistas... «Nada serio», resumen los especialistas, que sostienen que sólo en Madrid podía haber por entonces un «centenar largo» de marroquíes, argelinos, tunecinos, iraquíes, sirios, palestinos y sauditas en igualdad de condiciones para ser considerados «sospechosos de algo». Sin embargo, el análisis posterior al 11-M ha desvelado que sí que había indicios que no se valoraron sobre la potencial peligrosidad de Jamal Zougam, que ya mantenía contactos con los grupos de Al-Qaida en Noruega, en Francia y, desde luego, en su Marruecos natal. En julio de 2001, una comisión rogatoria francesa alertó de que Jamal y dos de sus compañeros residentes en Madrid, Mohamed Maher al Halak (Chej Maher) y Khandul Najjar, estaban en el punto de mira de la Policía gala por sus contactos en el país vecino con grupos radicales. Las fuerzas de Seguridad españolas se limitaron entonces a cumplir la petición llegada desde París: registrar su domicilio en el barrio madrileña de Ventas. Pista marroquí Pero no era sólo la pista francesa, como se ha visto a posteriori. Nadie en los servicios de Información dio la importancia debida a las amistades de Zougam con algunos de los «islamistas más radicales» de los Leones Eternos, un grupo radicado en Marruecos que entonces no constaba como terrorista, aunque sí extremista. Desde agosto de 1996, la Policía española sabía que el cabecilla del 11-M frecuentaba en Valencia al que posteriormente sería cerebro de los atentados de Casablanca, su paisano Abu Mughen, «pero es que a toro pasado, todo parece evidente», advierte uno de los funcionarios que durante meses coordinó parte de los seguimientos a la gente de Abu Dahdah.
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