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ABC, 21 de marzo de 2004 QUIÉN
TIENE RAZÓN, ¿LOS IRAQUÍES O ZAPATERO? JANET DALEY Columnista de «The Daily Telegraph» El nuevo presidente del Gobierno español declaró que la invasión de Irak ha sido un «desastre». ¿Un desastre para quién? De acuerdo con una encuesta realizada por un grupo de organizaciones de radiodifusión, incluida la BBC (que debe haberse quedado bastante sorprendida por los resultados), la mayoría (57%) de los iraquíes creen que les va mejor ahora que Sadam no está. Algo menos de la mitad (49%) cree que la invasión fue lo correcto, frente al 39% que opina que no lo fue. No sólo consideran la situación inmediata como una mejora respecto a la vida bajo el régimen baaz, sino que más del 70% es optimista respecto al futuro y espera que su vida mejore más de aquí a un año. Una proporción aún mayor de iraquíes (80%) piensa que los ataques contra las fuerzas de la coalición están mal y deben parar. Imagínense. Una idea bastante diferente de la que nos ofrecen aquí, ¿cierto? Lo que vemos de Irak a través de los medios contrarios a la guerra es un caos: un país que apenas se puede considerar país, más bien una masa hirviente de odio caótico hacia Estados Unidos y sus aliados, en el que el aborrecimiento de todo el pueblo estalla constantemente en forma de violencia contra las tropas (cuando, de hecho, la mayoría desea que se queden para ayudar a restablecer la seguridad) y repercute en todo el mundo en forma de terrorismo aumentado. Lo que dicen entre líneas de forma no muy sutil muchas de las noticias sobre Irak (ver especialmente la mayoría de las portadas de «The Independent» en meses recientes) es que hemos conseguido que la vida de los iraquíes sea peor y la nuestra, más peligrosa. Enormes columnas de las páginas de opinión de «The Guardian» e interminables horas de cobertura de la BBC (en las que generalmente participa el ubicuo portavoz de Asuntos Exteriores liberaldemócrata, Menzies Campbell) se han dedicado a reforzar lo que se ha convertido en la opinión aceptada por los intelectuales liberales: tras entrar a saco en una región con una volatilidad que habíamos subestimado, bien porque -elijan la calumnia favorita- Bush y sus amigos han sido completamente cínicos y sólo les interesaba el petróleo iraquí o porque han sido ingenuamente idealistas al pensar que de la noche a la mañana podían instalar en Irak una libertad democrática similar a la estadounidense, hemos reducido el país a la ruina. Sólo la contrición seguida de la retirada puede reparar el daño. Ahora, el recién elegido presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, ha expresado este mensaje como amenaza: sólo una completa «revolución» en la política estadounidense podría impedirle que abandone la coalición que ocupa Irak. A juzgar por las opiniones de los propios iraquíes, eso sería lo más irresponsable e inútil que podría hacer. Ahora que la guerra ha terminado y Sadam se ha ido, lo que los iraquíes desean, como dicen el 85 por ciento de ellos, es recuperar la seguridad y, para ese fin, necesitan la ayuda de las tropas occidentales ocupantes. Pero presumiblemente Zapatero sólo estará satisfecho si el resto de la coalición se une a él en una salida rápida y después se somete a los mecanismos terriblemente ineficaces de una «operación de paz» de la ONU. ¿Qué se podría conseguir saliéndose ahora y dejando a los iraquíes a merced de la minoría a la que le gustaría contemplar el retorno de la tiranía baazista o, en otro caso, con suficiente caos como para proporcionar cobertura a las organizaciones terroristas panarábicas? Bueno, lo que se conseguiría sería una breve ventaja política extremadamente oportunista para el partido de Zapatero en España y una aparente justificación para quienes se oponen a la guerra en el Reino Unido. Lo siguiente sería la epidemia de terrorismo mundial más todopoderosa de la historia, dado que Al Qaida habría aprendido la lección definitiva de que el asesinato masivo funciona. ¿Cuál es la lección para aquellos que creen verdaderamente en la libertad de los iraquíes y en el fin de la amenaza islámica? Que deben defender su causa con mucha menos ambivalencia y apología. Los grupos de presión contra la guerra no sólo han tergiversado el estado de la opinión pública iraquí, sino que también han manipulado criminalmente las percepciones británicas. Han conseguido convertir en una cuestión de vergüenza nacional una guerra breve, con enormes triunfos y extraordinariamente poco sangrienta, que derrocó a un tirano genocida. Para comprender lo nocivo que esto podría resultar, viene bien echar una ojeada a una encuesta publicada el martes en «The Guardian», en la que se analizan los sentimientos de los musulmanes británicos. A diferencia de sus correligionarios de Irak, los musulmanes que viven aquí no ven con buenos ojos a los libertadores de ese país. Y, a diferencia de los iraquíes, tampoco se sienten optimistas respecto a su futuro en el país en el que residen. Han llegado a creer que cada vez están más aislados en Reino Unido, y la encuesta parece atribuir este alejamiento directamente a la guerra de Irak y a la legislación antiterrorista. Un 61 por ciento cree que los soldados británicos y estadounidenses deberían retirarse de Irak, lo cual, recordarán ustedes, es justamente lo contrario de lo que desea la mayoría de los iraquíes. ¿Por qué los musulmanes británicos tienen una visión de los acontecimientos tan contraria a la del pueblo por el que tan preocupados están como para sentirse «aislados» en su propio país? A lo mejor porque también a ellos les ha engañado el estridente grupo de presión contrario a la guerra y a EE.UU. Añádase a esto que muchos de ellos han sido inflamados, amedrentados y chantajeados moralmente por los demagogos islamistas a los que se ha permitido una retórica de odio e incitación a la violencia que nunca se habría permitido a cualquier otro grupo de nuestra sociedad. Esta «tolerancia» fuera de lugar, que fomenta activamente la desconfianza y el resentimiento entre razas, es parecida al odio a uno mismo pregonado por el campo contrario a la guerra, para quienes su país, especialmente si está aliado con Estados Unidos, no puede hacer nada bien. La mayoría de los musulmanes británicos, al igual que la mayoría de los iraquíes, desean la paz y la libertad. Los que piensan que están proporcionando ambas, deben mostrarse tan firmes en sus argumentos como los idiotas útiles de Osama lo son en los suyos.
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