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ABC, 13 de agosto de 2003

De tu raíz de ayer desposeído

POR FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR. Catedrático de Historia Contemporánea Universidad de Deusto

HAY procesos que tienen su terrible garantía de éxito en el pasado. Que se repiten en todas las historias de todos los totalitarismos de la historia. Como bien saben los tiranos un hombre sólo, una mujer, así tomados, de uno en uno, son como polvo, no son nada. La dignidad de un hombre sólo no puede nada contra una conjura destinada a quebrar su ser, sus raíces. Me pregunto si Luis Vives habría roto su silencio contra la Inquisición si no hubiera sentido desde la infancia ese miedo que no deja margen a la palabra, si no hubiera sentido al hablar que estaba tocando el pasado aún doloroso de sus familiares, sacrificados en las hogueras del siglo XVI. Quien sufre la persecución tiene siempre mejor memoria que quien la ha instigado y uno piensa que el recuerdo de Valencia y las llamas de la Inquisición tuvo que permanecer intacto en el corazón del filósofo español, del mismo modo que los campos ensangrentados de la guerra civil del 36 permanecieron intactos, como un pasado maldito, en el corazón de aquellos hombres de la posguerra que decidieron refugiarse en sótanos para no ser derribados de un balazo o no padecer la crueldad primitiva de ser señalados públicamente para la infamia.

Hay procesos que no fallan nunca: basta con señalar, con acosar, con remover una estirpe ficticia o maldita para que un hombre sólo se sienta acorralado y perdido en medio de otros hombres que se suman a la jauría o sienten alivio por no ser ellos los acosados. A Mihail Sebastian, escritor rumano de origen judío, le notificaron un día su condición de «extranjero» en su país y nadie le detuvo ni parecía que le estuvieran vigilando: simplemente se había convertido en un acusado atrapado en un mundo de víctimas y verdugos. En 1935 Mihail Sebastian había empezado a escribir un diario en el que anotar reflexiones sobre sus devaneos amorosos, su pasión por la literatura y la música, pero en sus páginas no tardó en filtrarse de manera cada vez más brutal la oleada totalitaria que recorría Europa y el infierno que comenzaba a rodear la ciudad de Bucarest: los crímenes de los legionarios fascistas, la Segunda Guerra Mundial, la alianza del gobierno rumano con Hitler, las leyes antisemitas...

Hoy leemos las fechas y las anotaciones de ese diario traducido recientemente al español y podemos anticipar lo que va a suceder, lo que aguarda al final de la última página, la derrota del régimen filonazi y la ocupación del país por los rusos, pero nada, vivido en su presente, ocurre de golpe. El mundo de Bucarest, su esplendor de entreguerras, se va derrumbando lentamente y el cerco de la tiranía va cerrándose poco a poco: un día se le expulsa del colegio de abogados y se le prohíbe escribir en los periódicos, todavía puede ahuyentar las sombras con esa lamparita que ilumina de noche las palabras, o buscar refugio en la música, pero una mañana llega una ley que obliga a todos los judíos a deshacerse de sus aparatos de radio, y luego se les echa de sus casas y se les prohíbe viajar y más tarde llegan las deportaciones ... Otros se esconden o tratan de huir. Mihail Sebastian -de sus derechos de ayer desposeído, de la verdad rumana eliminado, a su futura herencia no admitido- resiste en Bucarest. Se queda y va dando cuenta del crecimiento de la brutalidad , comprueba cómo ya nadie le visita por temor a contagiarse con su desgracia inminente, y plasma, día a día, noche a noche, la crueldad de los adictos al régimen, la falta de piedad de los amigos convertidos súbitamente en monstruos, la estupidez de los intelectuales que se transforman en criminales intelectuales. La conspiración de silencio que rodea la barbarie, escribe, le enseñan a mirar las cosas. «No puedo ser objetivo - anota el 31 de mayo de 1940 - . La llamada objetividad que veo en tanta gente me parece una forma de aceptar las cosas, de acomodarse a ellas».

Los tiranos de aquella Rumanía filonazi de la Segunda Guerra Mundial, como los funcionarios del Santo Oficio, sabían lo fácil que es cegar a las masas y masticar a un ser humano. Sabían, la historia los avalaba, que basta con señalar a un enemigo y dejarle indefenso frente a la violencia. Sabían que la mayoría de las veces los perseguidos sienten que es más fácil seguir quieto y dejarse llevar hacia el horror, sin evadirse, como ese personaje de Kafka que el día en que lo iban a matar no dijo nada ni se opuso a los dos funcionarios que habían llegado a su casa para ejecutarle en un paisaje sin árboles, a las afueras de la ciudad. ¿Qué podía hacer Mihail Sebastian, con su aire literario y melancólico, arrastrando sus treinta años en el precario refugio de su raído abrigo, ante una persecución organizada por el Estado? ¿Qué podía hacer Luis Vives frente a la Inquisición?

Hay procesos que parecen renovarse intactos en el trascurso de los siglos y gestos que repiten como un eco matemático los gestos del pasado. El dos de enero de 1938 Mihail Sebastian anotaba en su diario: «Nuestro nombre en todos los periódicos, como si fuéramos unos delincuentes». Hace un año Jaime Larrínaga, párroco de un pueblo de Vizcaya, contemplaba indefenso cómo el PNV enviaba a todos los vecinos un escrito donde se le tildaba de franquista, lo que hoy en día en la verde tierra de Ibarretxe -tierra indecisa, medio tierra, medio agua, medio urna, medio revólver, medio vaticana, medio laica, medio raza, medio maqueta, tierra donde todo, menos el crimen, queda en el aire vago y nebuloso, en la irrealidad onírica de las lejanías - es labrar un golpe de ataúd, verse expuesto a la vergüenza pública y a la soledad más asfixiante.

El delito de Sebastian fue ser judío, resistir en las páginas secretas de un diario, creer que el hombre no debe perder la sensación de lo concreto y de los valores. El delito de Larrínaga ha sido pensar que su dignidad es la de todos, creer que el cristianismo debe entenderse como universalidad, respetar al ser humano sin tener que vestir un uniforme, sin verse obligado a recitar las leyendas tribales de Aitor. Al igual que Sebastian, el cura Larrínaga, señalado y arrojado a la calumnia, ha sufrido en carne propia y como una cuestión literal de vida o muerte lo que en frívolos ambientes intelectuales y políticos circula como un halagüeño y amable dogma democrático: la exaltación coral del Ser colectivo por encima de los individuos reales, la sustitución del pluralismo civil por presuntas identidades nacionales que ni admiten ninguna diversidad en su patria, ni toleran que se ponga en duda la legitimidad de cada uno de sus actos o creencias, la abdicación de la razón por un cómodo escrúpulo de respeto a todo, incluidos los mitos más tóxicos y las persecuciones más siniestras.

Hay historias que valen más que mil cursos de Historia y mil olés a la democracia. Que alguien con representación oficial considere como una guía de actuación señalar y acorralar a una persona, dejarla inerme frente a la fiera y empujarla al exilio, indica hasta qué profundidad ha arraigado en la sociedad vasca el fanatismo y la indiferencia. La ciudad, símbolo de pluralismo y de mezcla, de cruce continuo entre mundos, religiones y lenguas, desaparece cuando los gobernantes y las gentes hunden sus raíces en la celebración del pueblo elegido y florecen en él. La conspiración de silencio que ha rodeado Maruri durante un año demuestra cómo el nacionalismo destruye la ciudad, cómo su discurso ha hecho carne lo que a comienzos del siglo XX el obispo de Vitoria, José Cadena y Eleta, tan sólo intuía: que las ideas nacionalistas a la larga entenebrecen la inteligencia y corrompen el corazón. Luis Vives jamás mencionó la Inquisición en sus escritos. Sebastian se refugió en un diario. Larrínaga ha tenido que desterrarse. Lo decisivo, sin embargo, lo decía el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez -bien vivo en México- es ser fiel, aquí o allí, a aquello por lo que un día se fue arrojado al exilio. Lo decisivo no es estar aquí o allá, es no callar, no dejarse arrastrar al silencio, seguir hablando, hablar más fuerte, porque la historia no la hacen sólo los que creen hacerla, sino también los que la cuentan, y la voz del perseguido, si sabe tener la razón que la persecución da hasta al que no tiene razón, esa voz resulta, a la larga, la que más alto suena.