
Los
equipos de rescate trabajan en los vagones siniestrados a la entrada
de la estación de Atocha. [EMILIO NARANJO / EFE]
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El
Diario Vasco, 11 de Marzo de 2004
Madrid
sufre la mayor masacre terrorista de la historia de España
El
balance oficial, no definitivo, cifra en 192 los muertos y en 1.430
los heridos por las doce bombas Al-Qaida reivindica el atentado,
que en un primer momento el Ministerio del Interior atribuyó
a ETA.
L. F. RODRÍGUEZ GUERRERO. COLPISA. MADRID
Madrid
sufrió ayer el más brutal atentado terrorista de la
historia de España. Un reguero de mochilas cargadas con explosivos,
abandonadas en al menos cuatro trenes que circulaban por la vía
férrea que une el Corredor del Henares con Madrid, provocaron
una carnicería cuyo saldo al cierre de esta crónica
es de 192, según el Ministerio del Interior, mientras que
1.430 personas resultaron heridas, de las que medio millar continúan
ingresadas, 44 en estado crítico, 27 muy graves, 153 graves,
157 con pronóstico reservado y 119 de carácter leve.
No hay precedentes válidos de atentados similares en territorio
nacional y ni siquiera los atentados de Omagh (Irlanda del Norte)
o Casablanca (Marruecos) sirven de referencia; hay que dirigir la
mirada hacia Bali (Indonesia), Kirkuk y Bagdad (Iraq) para buscar
hechos equiparables.
Ese
dato provocó las primeras incertidumbres sobre la autoría
de la matanza, pero en un primer momento el ministro del Interior,
Ángel Acebes, aseguró no tener «ninguna duda»
de que la matanza es obra de ETA, que el pasado 24 de diciembre
ya intentó un atentado de similares características,
que tenía como objetivo la madrileña estación
de Chamartín, plan que pudo ser abortado por la Policía.
Los
titubeos iniciales se produjeron porque, en esta ocasión,
ETA había roto todos sus esquemas de actuación anteriores:
no hubo aviso previo y el crimen fue diseñado de manera que
sólo podía causar víctimas entre los miles
de obreros y estudiantes que utilizan el servicio de Cercanías
de Renfe para llegar cada mañana a su puesto de trabajo o
lugar de estudios desde las localidades repartidas por el denominado
Corredor del Henares, que se extiende desde la capital hasta Guadalajara.
Horas
después, la localización de una furgoneta con detonadores
y una grabación con versículos del Corán obligó
a Interior a abrir una nueva línea de investigación,
en la que no se descarta que grupos terroristas islámicos
-Al-Qaida o similares- pudiesen estar detrás de la barbarie.
Una supuesta carta de la organización que dirige Osama ben
Laden fue recibida por el periódico en lengua árabe
Al Quds Al Arabí, editado en Londres. En el texto, el mismo
grupo que se atribuyó en este mismo rotativo los atentados
del pasado mes de agosto a la sede de la ONU en Bagdad y, en noviembre,
las bombas en dos sinagogas de Estambul, sostiene que ha atacado
a «uno de los pilares de la alianza de la cruzada, España».
«Esto es parte del ajuste de viejas cuentas con la España
de las cruzadas y aliada de Estados Unidos en su guerra contra el
Islam», agrega el texto.
El
mayor daño posible
Fuesen
quienes fuesen los autores de los atentados, se buscaba provocar
la mayor tragedia posible. Según Renfe, los cuatro convoyes
atacados tienen en conjunto capacidad para transportar 6.044 pasajeros,
y a esas horas suelen circular atestados de viajeros. Unos 20.000
vecinos de las localidades de esa comarca recurren a diario al transporte
ferroviario para desplazarse hasta la capital.
La
hora elegida buscaba provocar el mayor número de víctimas
posible. Los tres primeros artefactos estallaron en el convoy que
entraba en la estación de Atocha a las 7.39, en plena hora
punta. Tres de los seis vagones que forman el tren quedaron destrozados.
A esas horas, el número de personas que deambula por la zona
supera la decena de millar. En medio de la conmoción inicial,
otras cuatro deflagraciones revientan sendos vagones de un segundo
convoy que, en vía paralela, acababa de superar el control
de acceso a la estación, situado a la altura de la calle
Téllez.
Al
sur de Madrid se le heló la sangre. En menos de cinco minutos,
los profesionales de situaciones catastróficas se pusieron
en marcha: Policía, Guardia Civil, servicios médicos
de emergencia, Policía Municipal, Protección Civil...
Su despliegue apenas había comenzado cuando una nueva explosión
hizo saltar por los aires los vagones centrales del convoy que acaba
de llegar al apeadero de Santa Eugenia, un barrio-dormitorio ubicado
al borde de la carretera de Valencia, a escasos kilómetros
de Madrid.
Eran
las 7.42 horas y la pesadilla no había terminado. A mitad
de camino entre Atocha y Santa Eugenia, en el mismo pasillo ferroviario
(la línea C-5 de cercanías), un convoy formado por
cinco vagones de dos pisos cada uno frenó en el andén
del apeadero del Pozo del Tío Raimundo, una antigua zona
de infraviviendas del barrio de Vallecas recuperada para la ubicación
de la sede de la Asamblea de Madrid. En el momento de apertura de
las puertas, dos fuertes explosiones sacudieron el tren y desintegraron
el vagón central.
Situación
crítica
Antes
de las 8.00 horas, las tres zonas de los atentados quedaron bajo
control policial. Los agentes tuvieron que afrontar una situación
extremadamente crítica. Además de acordonar las zonas,
desalojarlas y cooperar en la primera atención a los centenares
de afectados, se vieron obligados a hacerlo en el escenario más
peligroso: las tres estaciones quedaron sembradas de bultos de mano
que los viajeros abandonaron en su huida del lugar. Y cada bulto
era un peligro en potencia.
Las
sospechas policiales se confirmaron. Los artificieros localizaron
dos bombas intactas. La Policía logró hacer estallar
los dos artefactos de forma controlada, sin que provocasen nuevos
daños. En un primer momento pensaron que eran una trampa
contra los servicios de rescate cuando estuviesen ya afanados en
la atención a los damnificados en Atocha y Pozo del Tío
Raimundo, pero concluyeron que los dos paquetes explosivos viajaron
también en los convoyes atacados.
En
total, los terroristas emplearon doce mochilas, cargadas diez de
ellas con entre ocho y diez kilogramos de dinamita, y otras dos
con unos doce kilogramos. Expertos del Ministerio del Interior calcularon
que los asesinos utilizaron en total unos 125 kilogramos de explosivos
en su cadena de atentados.
Para
entonces, Madrid ya era un caos. La Delegación del Gobierno
activó un plan de emergencia para ordenar el traslado de
los centenares de heridos -en ambulancias, autobuses, coches policiales,
taxis y vehículos particulares- a los hospitales Doce de
Octubre, Gregorio Marañón, La Paz y Clínico,
que asumieron la mayor carga de trabajo. También los de La
Princesa, Getafe y el militar Gómez Ulla, entre otros, recibieron
un importante número de lesionados.
Para
afrontar la situación en Atocha fue necesario habilitar como
centro hospitalario el polideportivo levantado en las instalaciones
del cercano Cuartel de Daoiz y Velarde. En el apeadero del Pozo
del Tío Raimundo también se montó un hospital
de campaña.
El
sistema judicial también tuvo que disponer un operativo extraordinario
para afrontar el delicado trámite de levantar decenas y decenas
de cadáveres. Sólo un accidente aéreo en Mejorada
del Campo, en noviembre de 1983, había acumulado tantas víctimas
mortales. La Audiencia Nacional creó cuatro equipos judiciales
para asegurar la realización de los trámites legales
en cada uno de los convoyes atacados. Los juzgados ordinarios, con
sede en la Plaza de Castilla, pusieron a su disposición del
tribunal central otros cinco grupos judiciales.
Depósito
de cadáveres
Todos
los servicios nacionales, autonómicos y municipales implicados
en las labores de rescate quedaron bajo control de Interior, que
se hizo dueño de una ciudad que sólo a partir de las
nueve de la mañana comenzó a asumir la gravedad del
atentado. Por ejemplo, que no hay depósito de cadáver
capaz de albergar tal cantidad de cuerpos a la vez.
Las
autoridades optaron por trasladar los cuerpos de los fallecidos
al Pabellón 6 de la Institución Ferial de Madrid,
en el Parque Ferial Juan Carlos I de Madrid, donde se habilitó
una morgue de urgencia para realizar las autopsias y una sala de
identificación de cadáveres. El objetivo era evitar
a los familiares un verdadero via crucis por distintos puntos de
la ciudad para localizar a sus deudos.
A última
hora de la tarde, más de 3.000 personas se congregaban en
el recinto ferial, a la busca de noticias sobre los fallecidos:
34 en el tren de Atocha, 64 en el que entraba en esta estación,
67 en el Pozo del Tío Raimundo y 16 en Santa Eugenia. Otros
once heridos fallecieron en los quirófanos de los hospitales
a los que fueron trasladados. |