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El Mundo, 13 de Marzo de 2004

Un portero puso sobre la pista de la furgoneta con los detonadores

JAVIER CABALLERO

MADRID.- Todo comienza al alba, en las inmediaciones de la estación de Alcalá de Henares. A las 7.00 horas, un furgoneta Renault Kangoo blanca se encuentra estacionada al final de la calle de Infantado, junto a la verja del colegio Daoíz y Velarde. De su interior se bajan tres individuos. Visten ropas oscuras y de invierno. Apenas se percibe su rostro, guarecidos bajo capuchas y bufandas que sólo dejan visibles los ojos.

De repente, uno de ellos echa a andar a grandes zancadas y abandona a sus compañeros, que permanecen de pie junto al vehículo. Porta una voluminosa mochila, una especie de bolsa de deporte colgada del hombro. Se encamina a la calle de Pedro Alcalá, pasaje que discurre en paralelo a la estación del tren. Con celeridad, accede al vestíbulo a través de la cafetería. Su rastro se pierde en ese momento. Ningún revisor, ningún taquillero se percata de nada extraño. Cuarenta minutos más tarde, el horror sacude Madrid.

Esta secuencia atiende al testimonio de una persona que pudo ver a algunos de los sospechosos. Se trata del portero de un inmueble cercano, un hombre de mediana edad y que prefiere mantener el anonimato.

Ese fatídico 11 de marzo, comenzó a trabajar una hora antes de lo habitual para salir antes por la tarde. Tras enfundarse su mono azul, repitió la liturgia de todos los días: ir a la entrada de la estación a por los periódicos gratuitos. Fue entonces cuando reparó en tres individuos encapuchados. «Era muy extraño. No hacía tanto frío como para que alguien fuera tan abrigado», recuerda. El portero hizo el mismo recorrido que el sospechoso que se adentró en la estación. «Mediría casi 1,90 metros. Parecía fuerte, y creo recordar que además llevaba una bolsa de plástico en la mano», afirma ordenando sus recuerdos.

El portero volvió a la finca, pero se dio cuenta de que los otros dos individuos que permanecían junto a la Kangoo se habían esfumado. El reloj no marcaba ni las 7.15 horas. «Luego puse la radio y la televisión y vi los atentados», añade. Todo encajaba trágicamente. Por eso, decidió contarle su versión a Luis, el presidente de la comunidad de vecinos. Este llamó a la policía, que se presentó a las 10.20 horas. Los agentes acordonaron la zona, inspeccionaron la furgoneta y el miedo se instaló en el barrio: 400 niños desalojaron el colegio, los vecinos blindaron sus ventanas, el banco y las cafeterías cerraron...

Finalmente, sobre la 1.45 horas, la grúa municipal se llevó el coche rumbo al centro policial de Canillas y los teletipos comenzaron a hablar de siete detonadores y una cinta de audio con versículos del Corán.