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El Diario Vasco, 13 de Marzo de 2004

Cálculos diabólicos

TONIA ETXARRI

A la hora de votar, los ciudadanos no son tan calculadores como algunos estrategas electorales a quienes la ambición les traiciona su apariencia de «políticamente correctos». Y se permiten preguntar, con disimulo, cuando aún no están identificados todos los cadáveres de la matanza de Atocha, quién saldrá beneficiado de todo esto. Beneficiado electoralmente, se entiende. Así de desalmado como suena; pero suena. A veces con lenguaje directo: se sacan la calculadora y aventuran: si el atentado es de ETA beneficia al PP, y quito una, pero si es de algún grupo islamista el perjudicado es el PP, y me llevo dos. Faltan sólo unas horas para la cita con las urnas y ya se sabe, por experiencia, que las atrocidades no suelen influir excesivamente en el cambio de voto aunque sí pueden animar a los indecisos a depositar su papeleta.

Quizás por eso la campaña cortada de cuajo por la intromisión del terrorismo sigue por otros vericuetos. Y, en esta contienda en la que la ilegalizada Batasuna preconiza el voto nulo, algunos líderes de opinión nos quieren ayudar a pensar. Y se dedican a hacer una equivalencia entre la influencia del nacionalismo en el terrorismo de ETA con la política exterior del gobierno del PP en el terrorismo de Al-Qaida.

Y los mismos exquisitos que antes se escandalizaban porque algunos dirigentes políticos constitucionalistas establecieran una relación, en cuanto a coincidencia de proyectos, entre el nacionalismo oficial y el del entorno de ETA, ahora les parece normal insinuar que los que promovieron la Guerra de Irak son los causantes de los atentados terroristas. ¿Captan la sutileza? Sin citar, por cierto, el papel agitador de los muyaidines y fanáticos religiosos que desde los minaretes de las mezquitas y escuelas coránicas lanzan, continuamente, mensajes inflamados de Guerra Santa contra Occidente.

De la misma forma que han resultado incendiarios, tantas veces en Euskadi, los discursos contra la España (fascista), contra la Constitución, contra los jueces que no son euskaldunes o contra la bota de «Madrid». Hace ya algunas campañas, cuando ETA asesinó al socialista Fernando Múgica, su colega Juan María Bandrés escuchó, en una concentración de duelo, cómo le llamaban, a modo de insulto, «español», y comentaba, entre sorpresa e indignación, con qué facilidad en este país te cuelgan una etiqueta y te colocan en un bando. Mañana, en fin, volvemos a votar.

Y los ciudadanos de a pie, que no son calculadores, saben que el atentado perpetrado en Madrid no lo ha provocado ni el PP, ni el PSOE, ni ERC. Que han sentido un «mazazo» del terrorismo que pretende bloquear su voluntad con el miedo y coartarle su libertad de pensamiento. Y con eso basta. Y en cuanto al número de víctimas que, de golpe, han pasado a engrosar la lista de esos colectivos que, con el tiempo saben quienes les defienden de verdad y quienes sólo buscan una foto para la posteridad, es muy probable que les dé lo mismo quién se ha llevado por delante a sus seres más queridos.

Porque nadie, ni el gobierno del PP ni el Gobierno Vasco podrán devolvérselos. Lo más cruel de toda esta situación es la frialdad de los datos. Y hoy, las víctimas de la matanza de Atocha se han quedado sin voto y sin vida.