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ABC, 17 de marzo de 2004 El significado estratégico del 11-M RAFAEL L. BARDAJÍ/Subdirector de Investigación y Análisis del Real Instituto Elcano EL ataque del 11-M es mucho más que un acto de agresión terrorista contra inocentes viajeros. Ni siquiera su repercusión puede quedarse dentro de nuestras fronteras nacionales. Si finalmente, como todo parece apuntar ya con claridad, es el islamismo radical la mano autora de la masacre, Al Qaeda habría cruzado un rubicón que hasta ahora no había cruzado: atentar en suelo europeo. Y no puede decirse que no lo hubiera hecho por falta de capacidad, sino más bien porque no le había interesado para sus planes. En contra de lo que la comunidad de inteligencia española ha creído en los últimos años, a saber, que España sólo era utilizada como base logística por los islamistas, ahora tenemos la constatación de que Al Qaeda, o alguno de los grupos que se parapetan tras esa denominación, sí contaba con una infraestructura mucho más letal que eso. Igualmente, la idea de que Al Qaeda no atentaría en Europa porque con toda seguridad un ataque aquí acercaría más a europeos y norteamericanos también se ha hecho añicos este 11-M. Conocer el por qué de esta primera vez sería esencial para entender cuál es la macabra lógica de los terroristas y poder frustrar así nuevos atentados. Podría pensarse que el impacto político inmediato de las bombas ha sido producto de la casualidad, pero si se asume que el 11-M estaba ligado al 14-M, el panorama no es menos sombrío, todo lo contrario. Significaría que Al Qaeda se ha hecho con la capacidad teórica de comprender nuestra sociedad y sus pulsiones mejor que nosotros mismos a fin de poder golpear maximizando el daño buscado. Los terroristas podían muy bien haber volado los trenes fuera de hora punta, pero buscaron el momento de máxima densidad de viajeros a los que condenaron irremisiblemente; podían haber atentado el 14 de febrero o el 14 de abril, pero el hecho es que lo hicieron tres días antes de las elecciones generales. Queda por determinar si el responsable de este atentado nos conoce tan bien porque lleva años entre nosotros o porque cuenta con una mente tan malvada como privilegiada. Clausewitz decía que la guerra es la continuación de la política por otros medios. El terrorismo actual se ha convertido en la continuación de la guerra, sólo que por otros medios. Es lo que muchos denominan la guerra de cuarta generación, apuntando a un tipo de conflicto asimétrico y post-industrial. Nuevas formas y nuevas armas para doblegar la voluntad del fuerte desde la situación del débil. En cualquier caso, con unos objetivos claramente políticos, simbólicos o no. Desde esta perspectiva, el ataque del 11-M resulta ser una acción táctica de implicaciones políticas estratégicas: cae un Gobierno y se fuerza una retirada de las tropas españolas en Irak. Eso en España. Pero el mensaje terrorista tiene también su reverberación allende nuestras fronteras. Para empezar, hay un hecho altamente preocupante: ningún servicio de inteligencia o de información, policial o no, tuvo datos, sospechas o indicios que activaran una alerta previa a los atentados. Mientras que hace algunas semanas se dejaban en tierra diversos vuelos franceses y británicos con destino a Estados Unidos, en esta ocasión, ni una sola interceptación, ni una sola pista, nada. Es posible que al igual que les sucedió a los norteamericanos el 11-S, la idea de que no era posible un atentado en suelo europeo podría explicar, que no justificar, la ausencia de inteligencia. Pero puede muy bien que nuestros servicios de información sí estuvieran buscando activamente y que los islamistas hayan sabido cómo protegerse y pasar desapercibidos. Sea cual sea la explicación, resulta poco esperanzadora si se teme que el 11-M puede ser el preludio de nuevos ataques en Europa. En cualquier caso, el 11-M deja un aviso muy claro: se ha atentado en Europa y puede perfectamente que vuelva a hacerse en un futuro no muy lejano. Con una capacidad muy pequeña el terror logra grandes daños y esa capacidad parece presente hoy en España y en Europa. Igualmente, el mensaje del ataque también es muy claro: el terror da sus dividendos políticos. Claro que ese mensaje está en función de la respuesta social y política que se da a los atentados, en nuestro caso el castigo electoral al PP y la formación de un gobierno socialista sobre la tesis de que ha sido la implicación española en Irak la causa última de esta agresión. Desde la guerra hispano-americana de 1898 la seguridad de los españoles sólo se ha visto amenazada por fuerzas internas. Tal vez a eso se deba una mentalidad social muy extendida que no percibe o concibe riesgos o amenazas que provengan del exterior. Pero las percepciones no siempre coinciden con la realidad y la realidad es que vivimos en un mundo turbulento donde hay gente dispuesta a acabar con nuestra forma de vida. Se puede pensar que si no hubiéramos ido a Irak —o no hubiéramos apoyado a Bush— Al Qaeda habría elegido Londres en lugar de Madrid. El problema es que el terrorismo global no ha dejado de ser más atrevido en los últimos tiempo. El 11-S empleó aviones comerciales, el 11-M explosivos convencionales. Pero si atacan Londres, Varsovia o Roma con armas no convencionales, como continuamente amenazan, nos veríamos afectados irremisiblemente, estuviéramos donde estuviéramos. Un ataque más devastador o de mayor envergadura todavía que el que acabamos de sufrir los españoles exigiría una gestión y una respuesta colectiva. Por otro lado, la historia reciente demuestra que la vacilación o la inconsistencia, lejos de apaciguar a los terroristas, los animan a ser cada vez más agresivos y osados. Y ése es un peligro que ningún responsable político debe ignorar por lo mucho que está en juego. Por último, desde hace años uso la línea C-2 a diario para desplazarme de casa a mi oficina. El 11-M también. Por una casualidad del destino y muy pocos minutos, como muchos otros afortunados ese día, me libré de ir en algunos de los cuatro trenes siniestrados. Así y todo, la imagen del horror, aunque fuera desde un andén, difícilmente se me puede olvidar. Pero no aspiro al olvido, todo lo contrario. Sólo el recuerdo puede mantenernos alerta sobre las amenazas que nos acechan. A lo que sí aspiro de verdad es a que el Gobierno, sea cual sea el Gobierno de turno, me prometa que hará lo imposible para que no se repita otro 11-M en España. Y también me gustaría que contribuyera a que no lo hubiera ni en Europa ni en ningún otro lugar del mundo. Y desde luego que busque y persiga a los culpables de esta matanza allí donde haga falta, sea suelo español, iraquí o afgano. El terrorismo de alcance global no es ETA y ningún país puede por sus propios medios protegerse de su azote o luchar efectivamente contra su amenaza. No caigamos en el espejismo de pensar que el Gobierno español puede arrancarle una tregua particular a Al Qaeda.
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