| El
Mundo, 12 de marzo de 2004
Nuestro
11-M, atacaron al corazón
RAÚL
DEL POZO
El odio venía en cuatro trenes y dejó no sólo
un charco de sangre con 200 muertos y 1.300 heridos, sino
la advertencia de un estado de excepción permanente,
la amenaza de un colapso en nuestras libertades, como ya ocurrió
en Estados Unidos.
Corremos
el peligro de que la venganza se apodere de nosotros al recordar
a esos niños muertos tapados con bufandas en los andenes;
en la Historia, como en la Física, a toda acción
sin piedad le suele corresponder una reacción sin clemencia.
En
esta árida tierra -escribió el poeta inglés
Auden-, en esta meseta perforada por ríos, nuestros
pensamientos se encarnan en cuerpos. «Y Madrid es el
corazón».
Han
atacado al corazón. Para hacer frente al enemigo, ayer
la ciudad que supo defenderse de los gabachos, primero, y
de Varela, después, con uñas y con codos, no
preparó los sacos terreros, ni las sirenas, ni los
refugios; a la ciudad alegre y confiada la sorprendió
el enemigo recién levantada, camino del colegio y del
trabajo.
Durante
el día, todos los ojos del universo se concentraron
otra vez en la capital que una vez se echó a la calle,
a las patas de los caballos de los mamelucos, porque no soportó
el llanto de un infante.
El
11 de Marzo tendrá en la capital de la gloria y del
dolor repercusiones que ni podemos controlar, ni siquiera
sospechar, porque esta vez la tragedia ha excedido la capacidad
limitada de los políticos.
Ayer,
la política, como Tiestes, asistió a un banquete
donde le sirvieron la carne de sus propios hijos.
Nada
afectará tanto a nuestra democracia como el 11-M, nada
ni nadie logrará que perdonemos a nuestros verdugos,
sean etarras o islámicos, y que tengan cuidado los
socios y los cómplices, porque ignoramos hasta qué
abismo se encaminará nuestra conciencia colectiva después
de una tragedia que aún no hemos comprendido.
Norman
Mailer pensó que lo que ocurrió en Nueva York
el 11 de Septiembre de 2001 fue más grande que la bomba
atómica. «Y sin embargo», dice, «mis
hijos estaban furiosos conmigo porque sintieron que mi reacción
no era de un asombro suficiente». Es la misma sensación
que yo sentí ayer: mi asombro no era suficiente, mi
ánimo era similar al del protagonista de El Extranjero
ante el cadáver de su madre.
Madrid
fue víctima del último bombardeo. El zarpazo,
la salvajada, se recibió con la extraña calma
de esta ciudad solidaria; miles de ciudadanos estuvieron dispuestos
a dar su sangre a las víctimas.
Y
pasado mañana, elecciones. ¿Qué ocurrirá?
Lo fácil es decir que las catástrofes, el miedo
colectivo, la incertidumbre refuerzan las pulsiones más
conservadoras de la sociedad.
De
lo que vaya a pasar pasado mañana, de lo que vaya a
pasar en el futuro, apenas podemos prever nada. No sabemos
si en la sociedad estallará una fuerte tentación
totalitaria, si se impondrá una política de
línea dura.
Lo
fácil sería decir que la catástrofe favorece
al Partido Popular y perjudica al Partido Socialista, pero
¿y si los versículos coránicos iban dirigidos
al PP?
No
tenemos ni idea de quién es la mano del asesino, ni
de quién la mueve; no sabemos cómo vamos a reaccionar,
cómo van a operar el miedo y el odio, ante las urnas
y ante la Historia.
Hay
un Madrid y una España antes y después del 11-M,
como hay una Norteamérica antes y después del
11-S. La ira que se detecta en Madrid está atemperada
por la razón, pero los políticos tienen que
dar una solución urgente al terrorismo.
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