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ABC, 12 de marzo de 2004

Lágrimas desde Madrid

MIKEL BUESA, Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

Cuando todavía se recuperan las decenas de cadáveres que ETA, en su cosecha de desolación, ha dejado sembrados sobre las vías de Madrid; cuando ni siquiera conocemos las verdaderas dimensiones de esta matanza; cuando sólo las lágrimas expresan el sentimiento con el que contemplo horrorizado estos acontecimientos, creo que es más necesario que nunca volver a reflexionar sobre la naturaleza de ese terrorismo que emerge de los monstruosos sueños del nacionalismo, y de sus implicaciones políticas.

Los que han sido víctimas -muertos y heridos- de estos atentados son los primeros que deben recibir una solidaridad que ha de ser, sobre todo, la expresión de nuestra capacidad para comprender que no han dado su vida por ninguna causa, que ésta les ha sido arrebatada sin motivo alguno, que no eran portadores de ninguna culpa. Para ellos, como para los muchos que desgraciadamente hemos pasado por esta experiencia, se ha roto ese vínculo esencial que, a todos los seres humanos, nos hace esperar la ayuda de los demás. Y saben que esa confianza ya no existe porque otros, sus asesinos, imbuidos del Mal -escrito así, con mayúscula, porque es el más radical de todos los males- se han creído en el derecho de decidir acerca de su vida o de su muerte con la finalidad de sacar de ello algún provecho político. Por tal motivo, tenemos que decirles que estamos a su lado, que pueden contar con nosotros y que vamos a recordar su nombre.

Rememorar su nombre: «cuando la muerte siega todos los demás lazos -nos recuerda el escritor y Premio Nobel J.M. Coetzee- aún queda el nombre; ... la unión de un alma con un nombre, el nombre que llevará por siempre, para toda la eternidad».Todos los que han caído en estos atentados son personas concretas de carne y hueso, no son un número o una estadística; y por ello deben ser recordados como tales en un memorial que evoque para siempre la inhumanidad de su sacrificio. Madrid, que tantas veces ha sufrido los embates del terrorismo, no ha sido capaz todavía de dedicar un espacio público para homenajear a sus víctimas. Ha llegado la hora de hacerlo y de dejar a las generaciones futuras el testimonio de nuestras lágrimas.

Pero evocar, uno tras otro, los nombres de las víctimas significa también el compromiso de combatir el terrorismo. Ello quiere decir que, a pesar de las dimensiones humanas, emocionales y materiales que ha adquirido la catástrofe provocada por ETA, no vamos a dejar que nuestro ánimo se amilane y que se quiebre nuestra voluntad de preservar la sociedad democrática y constitucional en la que vivimos. No vamos a rendirnos ante ETA; y seguiremos animando al Gobierno para que utilice todos los medios a su alcance, dentro de los límites de la ley, a fin de acabar con la banda terrorista. No cabe en esto cesión ni negociación alguna.

Los que, en el río revuelto de la confusión que crean el sentimiento herido y la perplejidad de los ciudadanos, pretenden obtener alguna ventaja para sus deseos de poder o para sus aspiraciones de secesión, sólo merecen nuestro rechazo. Nuestras lágrimas nos enseñarán así la lección de que quienes comprenden, amparan o justifican la violencia, quienes brindan a ETA una plataforma para su expresión política, no tienen nada que decirnos, nada que ofrecernos. Ojalá tomen nota de esto los que, como en Cataluña, sin sujetarse a los necesarios límites morales que debe inspirar toda acción política, buscan sustentar su poder sobre ellos.