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Miles
de personas se manifiestan bajo la lluvia frente a la estación
de Atocha. [HELIOS DE LA RUBIA / AFP]
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El
Diario Vasco, 13 de Marzo de 2004
Madrid
se quedó pequeño
La
capital vivió la mayor manifestación de su historia
con más de dos millones de personas unidas en la calle en
contra del terrorismo La Casa Real portó la pancarta junto
con políticos y sindicalistas
M. SUÁREZ / P. DE LAS HERAS/COLPISA. MADRID
Madrid
se quedó pequeño. La manifestación en respuesta
a los atentados terroristas que convirtieron el 11 de marzo en el
día más sangriento de la democracia fue también
la mayor de las celebradas en los últimos 25 años.
Nunca antes tanta gente había unido su voz contra un único
objetivo: el terrorismo. En silencio o con sus gritos, con pancartas
o con las manos blancas, dos millones trescientas mil personas -según
datos de la delegación del Gobierno- colapsaron las principales
arterias de Madrid. La marcha debía haber arrancado en la
Plaza de Colón a las siete de la tarde, pero ya desde una
hora antes el tránsito se hizo imposible desde el Paseo de
la Castellana hasta la estación de Atocha.
La
cabecera de la manifestación con los dirigentes políticos,
sindicales y miembros de la Casa Real -estuvieron el príncipe
Felipe y las infantas Elena y Cristina- se perdió entre la
riada de ciudadanos que llegaron a pie, en metro, en autobús
y en trenes de cercanías gratuitos desde las cuatro de la
tarde. Las principales carreteras de acceso a la capital quedaron
bloqueadas. Los comercios cerraron antes de tiempo. Las empresas
dieron permiso a sus empleados para que se sumaran a la protesta.
Todos bajo un mismo espíritu: «En ese tren íbamos
todos. No al terrorismo.»
Las
banderas de España con crespones negros ondeaban en muchos
balcones del recorrido. La muchedumbre, desde el aire, era una auténtica
marea de paraguas. Ni siquiera la intensa lluvia fue capaz de disuadir
a los madrileños, oriundos y de adopción, de su deseo
de hacer frente al terror. Con el cuerpo empapado y las manos heladas
caminaron juntos, sin prisa, ajenos al agua y a todo lo que no fuera
expresar su dolor, su repulsa hacia los asesinos y su esperanza
en un mundo libre de atentados. «La violencia -rezaban varios
carteles- es el miedo a los ideales de los demás».
En
este encuentro multitudinario no hubo nacionalidades, ni tampoco
ideologías. «Izquierda, derecha contra el terrorismo»,
gritaba un grupo de jóvenes en la Plaza de Colón antes
de que arrancara la manifestación. Marroquíes, peruanos,
ecuatorianos, norteamericanos, franceses, italianos, chinos... Los
asesinos no discriminaron y el dolor y la solidaridad tampoco. «Si
alguien sufre, sufrimos todos», comentaban los empapados manifestantes.
Ayer, en las calles de Madrid sólo faltaron -como recordaron
muchas de las pancartas que sobresalían por entre los paraguas-
las 199 personas que el jueves perdieron la vida en los atentados
de Atocha y las 1.463 que resultaron heridas.
«¿Quién
ha sido?»
La
unanimidad en el sentimiento de apoyo a las víctimas contrastó,
sobre todo en un primer momento, con el desconcierto que imperó
entre los ciudadanos más cercanos a la cabecera, que no sabían
muy bien a qué lema atenerse ni en quién personalizar
su rabia. Los gritos contra ETA y contra Al- Qaida se mezclaban
en el aire. A las siete y veinte de la tarde, los portadores de
la pancarta principal -Con las víctimas, con la Constitución,
por la derrota del terrorismo- comenzaron a andar hacia la estación
en la que se sufrieron los atentados, primero en silencio y después
envueltos en una reivindicación directa para el jefe del
Ejecutivo, José María Aznar «¿Quién
ha sido?» «Queremos saber la verdad», demandaban
con insistencia.
También
esta parte de la manifestación fue la más politizada;
no sólo porque en ella estuvieran los representantes de los
principales partidos -el secretario general del PSOE, José
Luis Rodríguez Zapatero y el del PP, Mariano Rajoy; el coordinador
general de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares o la presidenta de
la Comunidad, Esperanza Aguirre y el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón-
sino porque los gritos contra los asesinos se mezclaron con increpaciones
al Gobierno por su apoyo a la invasión de la guerra de Irak.
Los
principales responsables de este hecho fueron dirigentes de IU que
solicitaron a sus simpatizantes, a través de un comunicado,
que acudieran a la movilización con pegatinas y pancartas
de No a la guerra. Fue una señal de protesta por lo que consideran
un intento del Ejecutivo de ocultar datos de la investigación
sobre los atentados ante la posibilidad de que su autoría
corresponda a terroristas islámicos. Pero unos metros más
atrás, predominaban las palomas blancas, los símbolos
de la paz y carteles con los nombres de los fallecidos.
En
toda la tarde no paró de llover. Pero esta vez, Madrid dio
otro significado a la lluvia. «No está lloviendo, el
cielo está llorando». |