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Imágenes
de la bolsa y los teléfonos de la bomba desactivada.
(REUTERS)
La
bomba sin estallar de Atocha parecía una trampa, pero
se intentó desactivarla con agua
Los artefactos eran una chapuza y carecían
de los seguros y relojes que usa ETA
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El
País, España, 26 de abril de 2004
Los
artificieros descartaron la autoría de ETA en el 11-M
horas después del ataque
Los informes definitivos
de los Tedax confirmaron sus primeras impresiones: no era
Titadyne
FRANCISCO MERCADO - Madrid
Pocas
horas después de la matanza del 11-M, a partir de las
once de la mañana de ese fatídico día,
los artificieros ya tenían indicios suficientes para
descartar la autoría de ETA y para apuntar, por exclusión,
al terrorismo islamista. Estas primeras impresiones fueron
comunicadas verbalmente a sus superiores por los Tedax (artificieros)
y se concretaron en los informes definitivos elevados al Ministerio
del Interior a mediados de este mes. La mera observación
de las mochilas que intentaron neutralizar sin éxito
llevaron a los artificieros a sentenciar: "Éste
no es el estilo de ETA".
Los artificieros dudaron de la autoría de ETA desde
que se enfrentaron a la mochila-bomba (era una bolsa de deportes)
que no había estallado en Atocha. Vieron un explosivo
blanquecino y gelatinoso, con un teléfono móvil
como activador, todo cableado de forma chapucera, nada que
ver con una obra etarra, ni con la maleta-bomba que la policía
neutralizó en diciembre de 2003 en el Intercity Irún-Madrid.
Las impresiones se convirtieron en conclusiones cuando, en
la madrugada del 12 de marzo, desactivaron la bomba que había
acabado en la comisaría de Vallecas. Pero, a las 24
horas del ataque, el Gobierno mantenía que la principal
línea de investigación era ETA. Éstos
son los datos que los Tedax han incluido en sus informes.
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La inspección de las mochilas. Nada más
llegar a Atocha, los artificieros encontraron en un pasillo
de un vagón del tren atacado una bolsa bomba. Pasadas
las ocho de la mañana, rodeados de muerte y destrucción,
la abrieron y vieron un teléfono móvil dado
la vuelta, sobre una bolsa de plástico, y una sustancia
parecida a la plastilina que, inicialmente, les pareció
de color naranja. Nada que ver con la Titadyne. La bomba fue
encarada por un artificiero sin demasiada veteranía,
que no concretó más detalles, pero sí
que el teléfono no le daba buena espina. Le olió
a trampa.
Los
artificieros temieron que el móvil pudiera ser activado
por tonos con la simple llamada de un terrorista. No sabían,
como descubrieron más tarde, que se iniciaba con la
alarma vibrador del aparato. Y en ese momento había
decenas de funcionarios y autoridades en Atocha, amén
de los heridos. Se desalojó el área y se intentó
desactivar el artefacto a distancia mediante una explosión
con agua (disparo a presión). Fracasó el intento.
Se había hecho demasiado cerca. El impacto provocó
el estallido al friccionar las moléculas del explosivo.
La explosión aportó una nueva pista: el humo
era negro intenso. La Titadyne provoca una humareda de un
negro más suave, según los artificieros. Roza
el gris. El olor no les indicó gran cosa. No es fácil
distinguir una dinamita de otra por el olfato.
La
Titadyne y la Goma 2 son, en realidad, el mismo explosivo,
dinamita, pero marcas comerciales diferentes, ya que la primera
se fabrica en Francia y Austria y la segunda, en España.
Sólo presentan ligeras diferencias de textura, color
y calidades de acabado.
Pero
en la estación de El Pozo disponían de una segunda
oportunidad para desactivar una mochila-bomba. En esta ocasión,
los artificieros, más veteranos, se tomaron a conciencia
la inspección ocular y advirtieron lo siguiente: en
el interior de la mochila había un teléfono
invertido del que salían dos cables (rojo y azul) que
se introducían en una bolsa azul transparente de plástico,
que contenía un explosivo blanquecino, gelatinoso,
como plastilina (la Goma 2 va encartuchada, pero para su uso
se desenvuelve y se amasa, como explosivo plástico
que es); presentaba un cableado sin protección en las
conexiones y carecía de un segundo temporizador. Con
la experiencia del fracaso anterior, esta vez el disparo de
agua se hizo desde más distancia. Nuevo fracaso. Pero
los desactivadores ya sabían que el explosivo era blancuzco
y gelatinoso. La Titadyne 30 utilizada por ETA es, según
los manuales, azulada y de textura terrosa o granulada. Los
artificieros pensaron que podía ser C3 o C4, un potente
explosivo americano, nada que ver con ETA.
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No parece Titadyne. La observación de los
daños en los trenes les aportó nuevos datos.
Las vigas metálicas de los vagones habían sido
seccionadas verticalmente, de un tajo seco. La Titadyne etarra
puede destruir o doblar una viga, pero nunca cortarla como
un soplete. La Titadyne en poder de ETA, por efecto de su
degradación al haber sido robada en 1999, conserva
una capacidad deflagradora de 3.200 metros por segundo. La
Goma 2 Eco posee una capacidad explosiva de 5.300 metros por
segundo. Por ello, pensaron que podía tratarse de dinamita,
sin ponerle marca, reforzada con cordón detonante.
Además, para causar tanta destrucción en caso
de ser Titadyne, cada artefacto debía pesar unos 20
kilos. Demasiado para una bolsa de mano.
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Doble temporizador. Un elemento más difuminaba
a esas horas la firma etarra: en la mochila-bomba sólo
había un temporizador, el propio teléfono móvil.
ETA, en cambio, siempre pone doble seguro de reloj a sus bombas,
para garantizar el éxito del atentado y que la bomba
no estalle antes de lo debido. Y, a primera vista, las mochilas-bomba
de ETA y del 11-M eran inconfundibles. Bastaba comprobar cómo
dispuso ETA la mochila-bomba de diciembre de 2003 en el tren
Intercity Irún-Madrid: contenía 28 kilos de
Titadyne, el triple que cualquier mochila del 11-M (10,1 kilos
de Goma 2 Eco). Poseía doble reloj: uno despertador
de la marca Casio (para controlar la hora de activación)
y un temporizador eléctrico de fabricación artesanal,
con un margen de 30 minutos a una hora, para evitar una explosión
espontánea. Los artificieros lo llaman seguro del terrorista.
Las bombas del 11-M carecían del citado seguro.
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Conexiones inseguras. Las conexiones del cableado
de las mochilas-bomba estaban realizadas por simple arrollamiento,
sin ningún tipo de clema (conector) que las inmovilizase,
ni protegidas por cinta aislante. En la bomba del Intercity
de Irún, las conexiones estaban hechas con clemas y
con cinta aislante. Los artificieros vieron tan atípico
y chapucero cableado en las mochilas-bomba explosionadas el
11-M.
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Triple alimentación eléctrica. La mochila
introducida por ETA en el Intercity Irún-Madrid utilizaba
una triple alimentación eléctrica: una pila
alimentaba el reloj, otra el seguro del terrorista y una tercera,
los detonadores. Triple garantía de que el artefacto
no fallaría por falta de corriente. La mochila desactivada
en Vallecas en la madrugada del viernes, perfectamente preparada
para las 7.40 del 11-M en contra de lo manifestado desde Interior,
falló por tres posibles razones: la energía
suministrada por la batería no fue suficiente, se dispersó
a través del móvil por una mala conexión
o el teléfono no fue activado con la primera llamada.
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Detonadores atípicos. Todos los detonadores
utilizados en el 11-M eran de cobre, específicos para
minas con grisú, con un retardo de 500 milisegundos.
ETA abomina de los detonadores con retardo (en el Intercity
sí usó uno de 300 milisegundos) por una buena
razón: en su autocrítica sobre el fracaso del
atentado de 1995 contra José María Aznar, entonces
candidato a la Presidencia del Gobierno, achacó el
fallo al retardo de los detonadores "por décimas
de segundo".
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Flujo de datos. A las 11.00 del 11-M, los artificieros
ya apuntaban a una autoría distinta de la de ETA. A
las 15.00 ya sabían que el explosivo era similar al
hallado en una furgoneta con una grabación coránica.
Y antes de las 5.15 del 12 de marzo ya habían destripado
la mochila de Vallecas que confirmaba todas sus sospechas
iniciales y descartaba la Titadyne. Estos datos que desmotaban
la teoría etarra fluyeron verticalmente desde los Tedax
de base a sus mandos y de ahí, a Interior.
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