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José
Luis Rodriguez Zapatero y otros miembros de la Ejecutiva socialista
-Jesús Caldera, José Blanco y Trinidad Jiménez-,
durante la noche electoral del 14-M. ERNESTO AGUDO
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ABC,
11 de Abril de 2004
BALANCE
DE UNA TRAGEDIA (I): ¿QUÉ SE VOTA O CÓMO SE
PIENSA?
JOSÉ
VARELA ORTEGA
La
alternancia es la higiene de la democracia. Es, pues, perfectamente
válido que la mayoría del electorado le haya tomado
la palabra al señor Aznar y, además de cambiar de
jinete al octavo año, haya decidido cambiar también
de caballo. Por lo demás -y suponiendo que tal distinción
tenga sentido-, un voto emocionado no es menos legítimo,
ni tiene porqué resultar menos acertado, que otro razonado.
La cuestión aquí no es qué se ha votado, sino
cómo se ha pensado.
La
versión más angélica de lo ocurrido la encontrarán
ustedes bien resumida en la excelente columna de Javier Pradera
en «El País»: el vuelco electoral no se produjo
en «Tres días de marzo». Venía gestándose
en las semanas precedentes. El debate más agrio, sin embargo,
anuda la polémica entre el castigo a una manipulación
de la información o, por el contrario, el resultado de una
intoxicación de la opinión. Nada que no hayamos escuchado
en ocasiones precedentes. La acusación por parte de los partidos
de oposición de que el gobierno de turno manipula la TV pública
es una constante desde que tenemos uso de razón democrática
y, probablemente, se trate de una imputación tan cierta en
1996 como en el 2004. Sea como quiera, las inefables instrucciones
telegráficas de la ministra de Exteriores convierten en verosímil
la sospecha de que, al menos en ciertas instancias de la Administración
saliente, cuajó la idea descabellada de plebiscitar a ETA
-que siempre es más nuestro, nos va matando a mano y en pequeñas
dosis, aunque lo haga en proporciones estadísticas- como
el asesino electoralmente más favorable. Un caso interesante
de profecía que se auto-cumple, si bien, como suele ocurrir
en estos casos, de manera inversa a la planeada. Sin embargo, la
proposición contraria -preferir ser víctimas de la
ira de Alá, que siempre es más internacional y nos
asesina en masa- tampoco aparece huérfana de fundamentos.
Porque, claro, es plausible que uno tenga consigo móviles
con los que difundir o recibir convocatorias de manifestaciones
ilegales que interrumpen la reflexión -amen de condicionar
el derecho de asociación y la libertad de expresión
de un partido político-, pero las pancartas que aparecieron
en esas concentraciones es ya más difícil de creer
que uno las lleve «espontáneamente» en el bolsillo.
Por lo demás, los disparates admiten bastante bien combinaciones
contradictorias, aun cuando el que Al-Qaida le haya ganado la partida
a ETA, y la intoxicación a la manipulación, poco ayude
al consuelo de las víctimas y a la salud del sistema democrático.
No
obstante, todo eso es lo de menos. Lo malo es que de la masacre
y de las elecciones no ha salido un país consciente de una
historia reciente de éxito espectacular, al que casi todos
han contribuido a su manera desde hace ya más de medio siglo,
un país ilusionado ante sus oportunidades, capaz de identificar
sus problemas, unido por sus heridas y consciente de las gravísimas
amenazas que le acechan. Ha ocurrido lo contrario: mayor tensión,
acritud y enfrentamiento que nunca, insultos, reproches y recriminaciones.
Es curioso y significativo que se intercambien acusaciones mutuas
entre todos y contra todos, menos... contra los verdaderos culpables,
los asesinos que han colocado los explosivos y las organizaciones
que lo han planeado. Mientras, la realidad, la imagen del enemigo
se desvanece de la representación pública, se le escapa
entre los dedos del equívoco a un país dividido en
una ceremonia de confusión, en el ejercicio freudiano del
«mea culpa» y la búsqueda de una víctima
con el que cumplir el rito judeo-cristiano del sacrificio propiciatorio.
Ya
sabemos quién es culpable de las oportunidades perdidas,
de los problemas que nos acucian y de los peligros que nos acechan:
el señor Aznar. Tampoco es una teoría muy nueva. De
un tiempo a esta parte, se ha instalado en una porción considerable
de la opinión española la idea curiosa de que todo
eran mieles hasta que llegó Aznar con su bigote para «tensionar»
el ambiente. Vamos, pues, averiguando que los pulsos en Bruselas
por fondos o por votos, los problemas en el Mediterráneo
en general -y en el Estrecho en particular- por escoger un par de
ejemplos al azar- son una consecuencia de los humores del señor
Aznar. También hemos aprendido que los nacionalismos eran
abiertos y dialogantes, tolerantes y respetuosos de los derechos
individuales, tan celosos del pluralismo conseguido en el resto
de España como practicantes del mismo dentro de sus propias
autonomías hasta...que llegó el señor Aznar
para radicalizarlos. La fantástica noción de que si
uno se resiste a extender un cheque en blanco y entregarlo firmado
es un intransigente, mientras que los que siempre cobran el talón
sin descuentos son los dialogantes, resulta sorprendente pero está
muy extendida.En su formulación más extrema, pero
también más acabada, ya nos la explicaron con todo
detalle algunos curitas nacionalistas con ocasión de la disolución
de ETA cuando pirateaba con bandera Batasuna, una medida que, según
los melifluos monseñores, tensionaría el ambiente.
Al parecer, lo más piadoso era dejarlos hacer listas de «objetivos»
con tranquilidad y sin empujones. Y, en efecto, si la policía
dialoga con los asaltantes de bancos y llega a un acuerdo en el
reparto del botín, se evitarían sofocos, carreras
y disparos por las calles.
Nos
dice el señor Zapatero -y dice bien- que la gente «espera
políticos que nos digan la verdad». Pues, adelante
y que empiecen por decirnos la más genérica de las
verdades: la de que Aznar se va, pero la realidad se queda. De modo
tal que el plan Ibarretxe no se retira. Se mantiene y prosigue su
trayectoria hacia un referéndum que redefina el sujeto de
soberanía. Que el PNV y Esquerra tienen mucho más
interés en la disolución que en constitución
alguna de España es una verdad ante la que no hay porqué
rasgarse las vestiduras, en la medida que tiene más de melancólico
que de trágico, pero conviene saberla y decirla para que
no nos vendan por acuerdos lo que en realidad son etapas. También
es verdad que la ley de Calidad de la Enseñanza -«dura
lex», según algunos, «sed lex»- ni se acata
ni se cumple y que los mismos que hoy celebran el revolcón
de la ministra de Educación en funciones, lamentarán
mañana la quiebra del Estado de Derecho. Como mañana
también se necesitarán los votos -que en Niza se lograron
a cambio de otras concesiones españolas ya hoy olvidadas
y amortizadas- para los fondos de Bruselas y habrá que enfrentarse
al cuello de botella de comunicaciones con Europa que los sucesivos
gobiernos franceses tienen paralizadas antes de acceder el PP al
Ejecutivo. No he leído ni conocido a nadie entre los euro-expertos,
de Ullastres a Bastarreche, pasando por Raimundo Bassols, Ramón
de Miguel o Javier Elorza, que describa las negociaciones en Bruselas
como un camino de rosas y al autor de la Constitución europea
como el más pro-español de nuestros vecinos, ni que
deje de explicarnos que la cuadratura del círculo no está
tanto en que españoles y polacos se empecinen en tener demasiados
votos, como en que Francia -con mucho menos PIB y población-
insista en mantener los mismos que Alemania. Como no es menos cierto
que la exclusión de España e Italia del borrador franco-alemán
de política exterior europea precede, que no sucede, a la
carta Aznar-Berlusconi. Lo mismo que nos conviene saber que cuando
el gobierno marroquí quiso traficar votos en el Consejo de
Seguridad con que apoyar sus ambiciones coloniales en el Sahara
por una amenaza de militarización en el Estrecho, fue el
señor Powell -que no el de Villepin- quien nos prestó
apoyo.
Nos
lo prestó porque le interesaba, naturalmente. Conviene, pues,
que nos expliquen bien y de verdad cuáles son nuestros intereses,
más allá de una visión que identifica a los
EE.UU. en general y a Texas en particular con las series televisivas
de Falcon Crest, en lugar de hacerlo con la Universidad de Rice,
o la Biblioteca de Austin -el mejor fondo bibliográfico iberoamericano
que conozco, incluyendo los de Buenos Aires, México, Madrid
y Berlín-. No tengo la impresión de que los gobiernos
laicos e izquierdistas de la III República tuvieran una particular
inclinación por la Rusia teocrática y autocrática
de los Romanov, con la que, sin embargo, establecieron una estrecha
alianza durante casi cuarenta años. Lo hicieron, es cierto,
porque les convenía.
Los
EE. UU. no son precisamente la Rusia zarista pero, en todo caso,
tampoco en este trance se nos exige paladar sino sentido común.
Basta con que nos interese una alianza con la potencia hegemónica
que identifica al terrorismo como el mayor enemigo de las democracias,
dice estar vitalmente interesada por una seguridad en el Estrecho
y en ambas riberas del Mediterráneo -seguridad que, como
quedó patéticamente demostrado en la ex Yugoslavia,
es también la única capaz de garantizar- y lidera
un mercado común pan-americano (TLC) donde tenemos unos 50.000
millones de dólares invertidos y al cual, más allá
de la retórica, se ha sumado el mayor país de habla
hispana (México), mientras hace cola el resto del subcontinente,
empezando por Chile con su gobierno socialista al frente.
Todo
eso, guste o disguste, es verdad simplemente porque forma parte
de nuestra realidad. Como también lo es que, desde 1917,
a los europeos nos ha ido mejor -a veces nos ha ido la vida en ello-
manteniendo una estrecha alianza con los EE.UU., un hecho, lo formule
Aznar o su jardinero, fácilmente contrastable, sin que por
ello tengamos porqué votar al Partido Popular. Por el contrario,
dedicarle a M. Chirac, que representa un país con un PIB
parecido al del Estado de California, el doble de tiempo que el
que se hace esperar al señor Powell, representante de la
cuarta parte del PIB planetario, no refleja precisamente la verdadera
imagen de la realidad de este mundo.
Se
comprende que algunos de nuestros compatriotas europeos, que salen
de un pasado hegemónico reciente, tengan algunos problemas
psicológicos de adaptación al discreto papel que la
relativa modestia de una realidad surgida de dos hecatombes fratricidas
nos ha reservado a todos. Debemos también tener paciencia
e indulgencia ante los intentos de recrear un pasado glorioso por
medio del uso extensivo, abusivo en ocasiones, de la palabra Europa,
en un conmovedor ejercicio para promocionar los intereses propios
sin integrar los de los demás. Pero, aquellos que venimos
de orígenes históricos recientes más modestos
y quizá por ello seamos más realistas, hemos de resistirnos
a sumarnos al coro de los enanos de la venta. Si de verdad se quiere
jugar en serio otra vez a la política planetaria y recobrar
una relación multilateral que tanto nos conviene a los europeos,
pero evitando resucitar el fantasma totalitario que la hizo imprescindible
en 1948, en lugar de voces y gestos desafiantes que agujereen un
paraguas americano de seguridad para el cual carecemos hoy por hoy
de alternativa, tendremos que diseñar una política
internacional coherente que integre los principales intereses europeos,
y no sólo los de unos pocos, y habremos de disminuir el creciente
abismo económico, científico, tecnológico y
militar que nos separan de los EE.UU.
Mientras,
ejercitemos la humildad que nos recomienda el próximo presidente
del Gobierno. La misma que desarrolla Dominique Moïsi --conocido
por su oposición a la intervención en Irak, casi tan
famoso por sus conocimientos internacionales como por su arrogancia
en un país caritativo con el ademán- quien, en un
alarde de humildad intelectual, anima a los europeos a admitir algunas
verdades que hasta ahora nos hemos resistido a reconocer: que «no
es la América de Bush nuestro enemigo, si no la barbarie»
fundamentalista dirigida contra «las democracias occidentales,
independientemente de sus relaciones con Washington», que
nos enfrentamos a una realidad pavorosa y global que nos ha golpeado
antes de Irak y nos seguirá amenazando después, que
hay países que financian y entrenan a los terroristas y otros
sometidos a regímenes tiránicos y totalitarios que
se han dotado de armamento atómico con capacidad balística
o están a punto de hacerlo. Sustituir la falta de explicación
por la equivocación será un mal negocio electoral.
Evitemos, pues, conclusiones precipitadas y decisiones erradas a
raíz de la tragedia de Madrid. Digamos la verdad, toda la
verdad, y no confundamos las cosas: la retirada de Irak disminuirá
apoyos sin reducir riesgos. |