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El Diario Vasco, 13 de Marzo de 2004 Una hermosa lección JOSÉ
MARÍA CALLEJA En los días previos a esta matanza hemos asistido, dolidos e incrédulos, a una campaña creciente de ataques contra las víctimas del terrorismo, se les ha querido arrebatar el plus de legitimidad que tan trabajosamente, durante tantos años, les habíamos dado y se habían labrado. Se les ha querido retirar del centro del debate político, cuando todos sabemos, o deberíamos saber, que la temperatura democrática de una sociedad se mide por cómo trata a las víctimas provocadas por quienes quieren matar la libertad. En las jornadas anteriores a la masacre han arreciado las críticas a Madrid, la identificación -xenófoba, profundamente reaccionaria- de Madrid, capital de España, como síntesis del mal, como objetivo a batir, como lugar en el que se cuecen todas las cosas malas que ocurren en España, palabra prohibida en la jerigonza nacionalista. Pues bien, Madrid es lo que se ha visto en éste ya inolvidable 11-M: gente que madruga y va a trabajar en transporte público, gente -en este caso, humilde en su mayoría- que emplea horas al día en llegar a sus puestos de trabajo, inmigrantes en busca de su pan, gente que organiza el caos y se entrega a la tarea de salvar vidas, de atemperar heridas, internas y externas, gente que bloquea los lugares donde hay que donar sangre hasta saturar con la suya, generosamente, para restituir la que otros han arrebatado brutalmente, gente -médicos, enfermeras, voluntarios- que han salvado vidas sin darse una pizca de importancia. Madrid, no tiene hoy un millón de muertos, pero tiene el espanto que provoca la muerte planificada de forma industrial. Este éxtasis del odio, esta entronización del terror, tiene que fructificar en una nueva mirada de los nacionalistas vascos y catalanes al resto de los españoles, en un cambio de sensibilidad, en el destierro, ahora y para siempre, del tópico xenófobo que presenta a una ciudad, a Madrid, a la idea de España, como símbolo del mal. Esa idea es una pura invención, una muletilla cómoda para seguir echando la culpa a los demás cuando cada uno debe de ser responsable de sus propios problemas y cualquiera, con un mínimo de madurez, debe saber que es imposible que la culpa de los males propios las tengan siempre los otros. Madrid es hoy una ciudad dolida y serena. Madrid es un modelo de cómo reaccionar, milimétricamente, escrupulosamente, dentro de la democracia, después del espasmo del espanto, y debería ser percibida, a partir de ahora, como lo que es: un ejemplo de civismo, de calidad humana, de generosidad. Desterremos para siempre ese odio que inventa un Madrid que no existe. Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.
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