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EL CORREO, 8 de julio de 2004

Sin suspense

JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA/

Los rostros desfigurados con que aparecieron en la pantalla televisiva quienes anteayer testificaron en la comisión parlamentaria sobre los atentados del 11-M parecían destinados a crear, en el mismo acto inaugural del proceso, ese aire de ficción o de impostura que quien esto escribe ha atribuido desde el comienzo a este simulacro de investigación. Como si los diputados, al ocultar con máscaras esos rostros que a todos nos eran de sobra conocidos por sus repetidas apariciones en los medios, nos estuvieran advirtiendo que todo lo que está por venir no es sino una representación teatral en la que los tres elementos del drama -el planteamiento, el nudo y el desenlace- van a atenerse a un guión escrito de antemano y libre, por tanto, de toda sorpresa.

Visto desde este punto de vista, es preciso reconocer que los actores se esforzaron por representar dignamente los papeles que se les habían asignado. Ora como sabuesos avezados en las tácticas interrogatorias, ora como jueces implacables ante las vacilaciones del reo, a sus señorías se las veía en su salsa poniendo de manifiesto las incongruencias del portero de la finca, probando la solidez de la jefa de los forenses o llevando al límite la paciencia del comisario de policía. Hasta el perro que debía olfatear los explosivos de la furgoneta tuvo que dejar patente su incompetencia, por un problema, al parecer, de exceso de trabajo o estrés acumulado. Si acaso, pudo quizá atisbarse en nuestros esforzados diputados una ligera dosis de sobreactuación, del todo disculpable en quienes se ven llamados a representar papeles que nunca habrían imaginado incluidos en su repertorio.

La obra, sin embargo, se presiente mala desde el primer acto. A expensas de una improbable peripecia que dé un vuelco repentino al previsible argumento, el propio planteamiento desvela ya a las claras el desenlace. No creo, pues, arruinarle a usted el suspense, querido lector, si le anticipo las tres conclusiones principales que, a modo de catarsis colectiva, sacará nuestra Cámara al final de la representación: 1) que hubo imprevisión en el Gobierno -no en las fuerzas de Seguridad, por supuesto- respecto de la amenaza del terrorismo islamista; 2) que el Gobierno, por razones electorales y en contra de toda evidencia policial, usó arteras mañas para atribuir a ETA la autoría del atentado; 3) que la oposición desempeñó un papel relevante en el esclarecimiento de los hechos, aunque quizá no estuviera del todo fina en cada una de sus actuaciones. Es lo que puede esperarse de una investigación en la que el proceso de establecer la verdad coincide con el de recontar los votos. No se admire, pues, el lector de tanta clarividencia. Sólo es cuestión de hacer números