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El Diario Vasco, 7 de abril de 2004 Lecciones democráticas de una guerra JOSÉ IGNACIO CALLEJA/PROFESOR DE MORAL SOCIAL Casi con certeza, pienso que sin la matanza de Madrid el resultado de las elecciones habría sido otro. Por muchas ganas de cambio que hubiese, que las había, yo no percibía condiciones suficientes para el vuelco electoral. Pero el terrorismo internacional intervino en nuestras vidas, como recordaremos para siempre, y todos los agravios del pasado se arremolinaron en la mente y en el corazón de millones de ciudadanos. No es cuestión de hacer el enésimo recuento de lo que era obvio para muchos: los agravios. Parece, sin embargo, que los más interesados, el partido gobernante, no los percibían. Ésta sí que es una lección que habríamos de aprender en todas las actividades de la vida: la gente no perdona los errores de quien vive con la apariencia de no tenerlos, ni poder cometerlos. Creo, además, bien es cierto que a toro pasado, que la derrota electoral no se debió sólo o principalmente a la gestión informativa de la crisis, es decir, el posible hurto de alguna información o el ritmo electoralmente interesado de su conocimiento por el público. Siendo importante, pienso que pesó más la imagen de balbuceo y mediocridad con la que se iba escenificando la respuesta del Gobierno. Esa sensación de estar gobernados por gente que no sabía qué contar y, cuando hablaba, que no sabía qué riesgo electoral aceptar, resultaba insoportable. Sé, sin embargo, que el problema de fondo era, y es, que había más de doscientos muertos y más de mil heridos como consecuencia de una acción terrorista cruel, fanática e intolerable. Y aquí viene el problema mil veces abordado. Luego, ¿explica el miedo el giro final que el electorado dio a su voto? El miedo y la rabia, sí, pero no simplifiquemos, también algo más que éstos. ¿Qué? El sentido común, el sentido moral de la gente intuyendo que esta masacre era la respuesta maldita a una guerra ilegal e injusta, que pudo ser evitada y, por lo tanto, que debió evitarse. Porque la gente sabe que la guerra, como recurso extremo y último, exige unas condiciones, de cuyo cumplimiento depende la posibilidad misma de que ese mal mayor que es la guerra alguna vez opere como mal menor y, en nuestro tiempo, como intervención de la fuerza con los requisitos democráticos internacionales que la hagan aceptable. En todos los casos, bien lejos de lo que decida la Administración de Estados Unidos o de cualquier otra potencia presente o futura. Ésta sería otra lección muy importante. No sólo es que la gente no quiere problemas o que el terrorismo internacional ha probado con éxito cómo condicionar un proceso electoral, sino antes, y más, que la gente ya no acepta la guerra como medida penúltima de los Estados más fuertes. ¿Ni siquiera cuando precede el agravio del 11-S, cierto y cruel, pero con un responsable difuso! ¿Ni siquiera cuando la guerra persigue buenos fines, pensemos en la democracia, o goza de cierto favor de la población autóctona, pensemos en encuestas que no rechazan la invasión! La cultura moral de la población civil de los pueblos de Europa reconoce como un lugar común esta naturaleza extrema de la guerra, frente a otras formas de intervención de la fuerza, más democráticamente justificadas, controladas y pactadas. Esto es lo que hay, y el gobernante que no lo entienda, como le ha pasado a Aznar, lleva en su zurrón político un material altamente inflamable. Viene alguien desde la barbarie, como ha ocurrido, y todo su capital político salta por los aires. El terror de los bárbaros está ahí y sigue siendo nuestro problema fundamental, pero la gente ya no quiere que lo persiga quien antes recurrió a una guerra ilegal e injusta. No es que la gente inculpe a su Gobierno y cargue los muertos en su haber, sino que no cree en su legitimidad para arreglar el desastre que primero contribuyó a aumentar. Se me dirá que esta misma gente, nosotros, traga o pasa en silencio ante muchas otras guerras; cierto, así es, mas no porque la gente las vea bien, sino porque no se siente corresponsable en ellas o amenazada por ellas, todavía. Todos tenemos el tejado de cristal ante ellas: son los conflictos olvidados en lugares sin interés estratégico. Pero nuestra cultura moral en cuanto a la guerra como recurso absolutamente extremo sigue ahí! Alguien creyó que si a la poética de las libertades democráticas le unía un ramillete de intereses internacionales y nacionales, la cosa estaba más que suficientemente legitimada ante su pueblo. Pero la gente de su ciudad pensó, y piensa, de otro modo y, de momento, a Dios gracias, es un pensamiento inamovible. Por tanto, quien esté en la política, o entiende esto, o se ha equivocado de sociedad. Savater, poco sospechoso en estos asuntos, lo ha dicho así: «El terrorismo internacional no resuelve los problemas de desigualdad y opresión en cuyo nombre dice actuar, pero debe ser combatido no sólo con medidas de fuerza sino también, y sobre todo, por medio de una seria reflexión sobre lo que perpetúa desde nuestro propio sistema la desigualdad y la opresión a escala mundial». Vuelvo al comienzo. ¿Y qué habría pasado si no ocurre la matanza de Madrid a manos del terrorismo globalizado, esa modalidad de la barbarie a la altura de nuestro tiempo? Seguramente otro sería el presidente electo, pero llevaría en su zurrón el material altamente inflamable que la guerra había dejado a su partido (PP) para siempre. Porque, vamos a ver, ¿a quién se le ocurrió que la sociedad occidental más sensibilizada y agobiada por el terrorismo, el de ETA, se iba a meter sin reparo cívico en una guerra ilegal e injusta, la llamada «intervención militar preventiva», con olvido de sus convicciones éticas sobre la violencia? Sólo el peor despotismo ilustrado pudo inspirar semejante 'error' y sólo la democracia podrá ayudarnos a corregirlo.
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