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ABC, 13 de Marzo de 2004 LAS CERTEZAS MORALES Por José Antonio ZARZALEJOS HOY, sábado, a cuarenta y ocho horas del más terrible y letal atentado terrorista sufrido en España y a sólo veinticuatro de la jornada electoral, es el momento de mantener nítidas determinadas certezas sin despreciar -todo lo contrario- algunas dudas. Es una certeza luminosa y definitiva la emergencia pública y explícita de la fibra moral, cívica, de los millones de españoles que ayer -recordando aquel julio de 1997 impreso en la memoria colectiva- se echaron a la calle para estar «con las víctimas, con la Constitución y por la derrota del terrorismo». El depósito ético y democrático de esa arrolladora presencia ciudadana en las calles es el presupuesto ineludible y rotundo de cualquier valoración acerca de lo que, trágicamente, está ocurriendo en nuestro país. Las dudas sobre la autoría de los atentados del 11-M no se han comportado como un factor disuasivo en la motivación popular, expresando así una lección moral de proporciones similares a los brutales crímenes perpetrado el pasado jueves. Y lo que sucedió ayer en Barcelona -donde una minoría, otra vez, arrebató el derecho democrático de los dirigentes del PP- es esa terrible excepción que confirma la regla. El sectarismo siempre grita -y, además, arremete- más que la tolerancia. Otra certeza, esta vez doble, es igualmente esencial. La banda terrorista ETA -sea o no la autora de la masacre de Madrid- es una máquina criminal que ha asesinado de todas las maneras posibles, con la crueldad más inhumana, con la indiscriminación más inmisericorde, el cinismo más cruel y con la constancia más sangrienta. Ha perpetrado atentados masivos provocando víctimas de toda condición -niños, mujeres embarazadas, funcionarios, políticos, policías, militares-; ha asesinado con gelidez y mediante un tiro en la nuca, con la víctima arrodillada y de espaldas, previo secuestro, sin adarme de conmiseración. Ha encerrado en vida a humanos que han llegado a enloquecer después de expoliarlos. Ha destruido, chantajeado y coaccionado a todo aquel que se resistiese -incluso en silencio- a sus designios terroristas. El esfuerzo de algunos por redimirle en estos compases fatales del 11-M es tan despreciable como las connivencias de que la banda se ha ido valiendo, entresacadas, a veces, de las contradicciones de una clase política de baja talla moral y de determinados medios de comunicación atenazados por intereses coyunturales y sectarios. Ni ETA sería más terrorista de lo que es porque hubiese perpetrado los atentados de Madrid -lo cuantitativo y lo cualitativo es una dimensión que no sirve para un veredicto ético sino para colmar abruptamente el espanto colectivo-, ni dejaría de serlo si las «otras líneas de investigación» en las que trabajan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado deparan responsabilidades diferentes a las que ahora aparecen como más probables. La monstruosidad de la masacre de Madrid -y aquí está la clave de la cuestión-, de ser atribuida definitivamente a ETA, acaba con ella y con su red terrorista, instalada también en la sociedad vasca y desactiva la coartada largamente elaborada por los parásitos del terror. Carlos Martínez Gorriarán, en la Tercera de ABC de hoy, refresca la memoria de atentados que crearon «contradicciones» a ETA y a sus cómplices. La historia no suele mentir y tiende a reproducirse cuando sus protagonistas son eriales humanos como los terroristas y sus cómplices. La certeza de la naturaleza terrorista y criminal de ETA es, pues, tan inapelable como el carácter imperativo de creer y de secundar al Gobierno legítimo de la Nación y, por lo tanto, de depender de las versiones que sobre el atentado proporcione que, en último término, serán adveradas por los Tribunales de Justicia. Y a esa versión nos atenemos en estas páginas, porque así consumamos un acto de fidelidad democrática que nos es exigible por responsabilidad social y por convicción de principios. Buena parte
de lo que se oye, se escribe, se dice en estas horas -tantas afirmaciones
miserables, tantas insidias, tanto argumento rastrero y odioso-, ensucia
a sus autores de vuelo bajo a los que importa que mañana los electores
se enfrenten a las urnas desconcertados por las dudas e inquietudes. Pues
bien: frente a ellas -algunas legítimas, otras inoculadas aviesamente-
deben emerger las certezas morales que, a diferencia de las de naturaleza
política e ideológica, son las que permanecen y trascienden. |