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ABC, 18 de julio de 2004

DESDÉN CIUDADANO

Por José Antonio ZARZALEJOS

EL Estado y la sociedad suelen compensarse de modo que cuando falla aquél resiste ésta y a la inversa. En España, por desgracia, hemos tenido en el pasado un Estado endeble y una sociedad poco articulada. En esa doble fragilidad habría que localizar algunas de las convulsiones más trágicas de nuestra historia y la tendencia nacional a la anormalidad colectiva como estado de ánimo habitual. Los españoles soportamos mal la vigencia de las convenciones sociales y el ejercicio reiterado de las obligaciones y deberes, y ocurre que cuando, como ahora, disponemos de un sistema institucional razonablemente coherente y sólido, los que tienen el encargo de gestionarlo con ejemplaridad no están a la altura de sus responsabilidades. De ahí surge el desdén ciudadano hacia «lo político», es decir, la indiferencia y el despego que connota cierto desprecio hacia aquellos que sirven a los intereses públicos.

Esta sensación desdeñosa es la que se está adueñando de las opiniones sobre la labor de la Comisión parlamentaria que investiga los atentados del 11-M y de la labor de los comisionados. A los ojos del común, los diputados -y, en buena medida, también el Gobierno- han demostrado que, sobre no atenerse ni siquiera a la obligación de discreción que les impone la ley, son capaces de abrir en canal aspectos muy serios de la seguridad nacional. El Centro Nacional de Inteligencia (CNI) no está saliendo precisamente prestigiado de esta batalla; es lamentable el cruce de contradicciones entre jefes policiales y sus subordinados, o de ellos entre sí; patéticas las acusaciones, veladas o nítidas, sobre los supuestos condicionantes ideológicos que hacen a unos o a otros bailar fechas y datos; los tonos inquisitoriales... que valdrían acaso la pena si se buscase una certeza, o se alumbrase un ángulo oscuro.

¿Qué decir de la extremadamente difícil situación de los jueces que, sometidos al secreto del sumario, tienen que asumir costes adicionales de imagen y de trabajo para satisfacer la ignorancia, la mala fe o el filibusterismo de algunos diputados? La transparencia del desdén ciudadano hacia la Comisión parlamentaria lo sintetizó con una excesiva e imprudente impertinencia Eduardo Fungairiño, fiscal jefe de la Audiencia Nacional, hombre avezado en causas que han dejado muesca histórica en el devenir judicial español; discreto y riguroso, impermeable a las presiones, las amenazas terroristas y los insultos, pero que no pudo evitar la ironía -¿el desprecio?- ante la levedad de sus interrogadores parlamentarios. No sabían preguntar a un fiscal y el fiscal les devolvió la incompetencia al modo del frontón con la pelota. Quizás no hiciese bien, pero ni el fiscal general ni otras instancias disponen de autoridad moral -sí de la otra- para dar un paso más en la crítica verbal. Porque lo que hizo Fungairiño, a la vista de los estropicios de la Comisión, lo harían de muy buena gana miles de ciudadanos.

Parece que, en esta ocasión -y quizá en el período que está por venir- merece más confianza la sociedad que el Estado, más el continente de buen juicio de los ciudadanos, que el andamiaje de poderes de lo público. Y falta hará, porque si esto hacen con la seguridad colectiva -el servicio más esencial de todos los que las Administraciones deben prestar- qué no perpetrarán cuando se adentren en los debates que el Gobierno socialista -frívolo, por cierto- nos anuncia en esa «segunda transición».