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ABC, 25 de julio de 2004 DICCIONARIO Por Jon JUARISTI/ PECIOS léxicos, fósiles o arcaísmos del idioma deberían ser convocados de nuevo al uso coloquial para que el español no quede rezagado en esta huida de la realidad hacia adelante, primera consecuencia notoria de la revolución socialista en curso. Un sencillo ejemplo: el adjetivo cinerario, que el diccionario de la RAE define como a) ceniciento y b) destinado a contener cenizas de cadáveres, podría asumir una tercera y esclarecedora acepción (con independencia de su mayor o menor propiedad, tal como figura en la última edición de dicho diccionario, a la hora de aplicarlo al actual Gobierno o al partido que lo sostiene). He aquí mi modesta proposición: añádase a las dos acepciones citadas «c) De la raíz griega kín-, «movimiento», y del latín aerarium, «tesoro público». Dícese del apoyo oficial dispensado, por mor de la excepcionalidad cultural, a una industria cinematográfica excepcionalmente cutre». Y considérese sólo la segunda acepción del adjetivo cutre en el doblemente susodicho diccionario de la RAE. Hay casos, sin embargo, en que la imaginación lingüística no puede conformarse con la ampliación semántica de los vocablos disponibles y debe recurrir necesariamente al neologismo. Así sucede cuando tratamos de emplear el adjetivo expiatorio en determinados contextos. El meritorio diccionario de la RAE ofrece dos acepciones del mismo -a) que se hace por expiación, y b) que produce expiación-, antes de remitirnos a chivo, entrada en que se recoge, entre otras, la forma chivo expiatorio, cuyo significado literal es «macho cabrío que el sumo sacerdote sacrificaba por los pecados de los israelitas» y el figurado, agárrense, «cabeza de turco». El ya cuatro veces mentado diccionario sólo da el sentido metafórico de esta última expresión: «Persona a quien se achacan todas las culpas para eximir a otras». El aprendiz medio de nuestra lengua, carente de tiempo para andar saltando de una voz a otra a través de las 1.526 páginas (excluyendo el apéndice) de la última edición del diccionario antedicho con quíntuple insistencia, llegará inevitablemente a la conclusión de que todo chivo expiatorio es un pobre cabrón asesinado por el clero con el pretexto de que los israelitas no iban a misa y andaban todo el día pecando. Nosotros, señores de nuestra lengua, no incurrimos de ordinario en dislates semejantes. Ahora bien,
desde la irrefragable convicción de que todos los partidos menos
el suyo tratan de hacer del expresidente Aznar el chivo expiatorio del
11-M, ¿cómo aplicarle dicho concepto de manera unívoca,
teniendo en cuenta la rápida sucesión de distintas acusaciones
contra su persona? La culpabilidad de Aznar estribaba, hace tres meses,
en haber ofendido la sensibilidad de los terroristas islámicos
al aparecer en la foto de las Azores. Hoy, cuando la relación entre
la guerra de Irak y los atentados de Madrid no resulta tan evidente, se
le denuncia por sacar fotocopias de informes del CNI (que, en principio,
a él iban dirigidos). Nadie explica qué tiene que ver esto
o lo del pago a un lobby feroz con la matanza de los trenes, pero si cuela,
cuela. No obstante, convierte en imprecisa su caracterización como
chivo expiatorio. En el primer supuesto (el de provocar a Al-Qaeda al
aliarse con Bush) la imputación de responsabilidad en los atentados
era explícita y, por consiguiente, tal caracterización resultaba
apropiada. En el segundo, el de las fotocopias, ni con la más perversa
y torticera de las intenciones podría sostenerse una conexión
directa con los hechos investigados. Por tanto, sugiero la introducción,
en el seis veces aludido diccionario de la RAE, del adjetivo espiatorio
(«Del gótico spaíha. Que se hace por expiación
o produce expiación de los pecados de los espías»)
y de la correspondiente forma lexicalizada chivo espiatorio («persona
a la que se achacan todas las culpas para eximir a los servicios secretos»).
Con esto, no se impediría el naufragio de la Comisión del
11-M, pero nuestro diccionario canónico, siete veces, siete, bendito
y alabado, ganaría en riqueza y precisión, que falta le
hace.
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