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Bomberos
trasladan un cadáver tras el atentado en Atocha. (AP)
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El
Mundo, 12 de marzo de 2004
Jamás lo olvidaremos
VICTORIA
PREGO
No cerremos la puerta a ninguna hipótesis. Pueden haber
sido terroristas islámicos, pero también puede
haber sido ETA. O, incluso, podrían haber sido ambos:
no sería la primera vez que los terroristas españoles
se ponen en contacto con otros de su misma calaña.
De modo que es recomendable afrontar el asunto con mucha precaución.
Pero, si se confirma la autoría de Al Qaeda, eso produciría
varios efectos inmediatos.
El
primero, la incertidumbre que provocaría a los españoles
saber que hemos entrado en el objetivo directo del terrorismo
islámico. El segundo, la angustia de no saber si la
policía española está en condiciones
de controlar a estos fanáticos. Y el tercero, que la
situación del Gobierno se volvería extremadamente
difícil.
Y
no tanto porque la oposición vaya a utilizar electoralmente
el asunto, que hay que suponer que cumplirá el compromiso
que ayer por la mañana exigía al PP, sino porque
es inevitable que muchos electores vuelvan contra el presidente
su rebeldía y su rabia. Los sentimientos de los ciudadanos
son hoy, a dos días de las elecciones, confusos, intensos,
angustiados.
Y,
sin embargo, no es eso lo que más importa ahora mismo.
Importa más la ira y la desolación, importan
tantísimas vidas perdidas a manos de unos asesinos
que buscan el terror y que saben que nada más van a
encontrar. E importa saber que jamás lo olvidaremos.
La
monstruosidad que nos ha golpeado permanecerá grabada
a fuego en la memoria de esta y de las siguientes generaciones
de españoles, como permanece viva la memoria de la
barbarie de aquella guerra civil que hundió al país
pero le vacunó contra cualquier tentación de
traspasar el límite de confrontaciones a muerte.
El
recuerdo de la monstruosidad que vivimos ayer va a operar
en el mismo sentido, pero con una diferencia esencial: las
muertes que hoy nos destrozan el ánimo no sólo
no deben debilitar la determinación colectiva sino,
al contrario, fortalecerla.
Una
tragedia de estas dimensiones debe vacunar a casi todos, menos
a los decididamente irrecuperables para la vida ciudadana,
contra determinadas tentaciones.
Sabemos,
desgraciadamente desde hace no mucho tiempo que, se llamen
como se llamen, los terroristas no son más que asesinos
cuya única apuesta es seguir asesinando para seguir
existiendo. Nada más. Y que hay que ir a por ellos
con la ley en la mano, una ley que defienda la democracia
de los ataques de sus enemigos, y sin piedad. Pero también
con información, y eso es lo que, sobre este nuevo
tipo de criminales, puede que estemos más indefensos.
Los
terroristas han intervenido en la campaña electoral
y la han alterado. Sí, pero no importa ahora saber
si uno u otro partido va a obtener más o menos votos,
más o menos escaños: estamos hablando de formaciones
políticas democráticas y no puede cabernos ninguna
duda de que ambos sumarán todos los esfuerzos posibles
para luchar contra esta lacra.
Lo
que sí es seguro, y muy importante, es que el asesinato
de casi 200 madrileños determinará una conciencia
social irreversible de nuestro país ante los terroristas.
Será ya una de esas convicciones que, de tan profundas,
ni se discuten ni se revisan. Pero jamás se olvidan.
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