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El Diario Vasco, 14 de Marzo de 2004 Estamos aterrados IDRIS ERDIWAH/PRESIDENTE
DEL CENTRO VASCO ÁRABE LIBIO DE CULTURA Deploramos estos horrendos crímenes y condenamos a quienes los planearon y ejecutaron con todas las palabras de repulsa y condena que existen en nuestra lengua. Hacemos esto no sólo como un deber moral, sino también para reafirmar nuestro compromiso con nuestra propia naturaleza de seres humanos y nuestra fe en los valores humanos, que no hacen diferencia alguna entre una persona y otra. Nuestras condolencias hacia las víctimas y sus familias, así como hacia el pueblo de Madrid y de España en estos duros momentos, son igualmente una expresión de nuestro hondo compromiso con la unidad del destino humano. Porque una víctima es una víctima, y el terrorismo es terrorismo, no profesa religión o cultura aquí o allí, no conoce fronteras o nacionalidades, y no le falta retórica para matar. Sabemos que la herida y el padecimiento son hondos y profundos, sabemos que este trágico momento es un tiempo para la solidaridad y el dolor compartido. Pero también sabemos que los horizontes del intelecto pueden atravesar paisajes de devastación. El terrorismo no tiene territorio ni fronteras, no reside en una geografía propia. Tiene por única morada la humillación, la desesperación y como madre a la guerra. Pero la solidaridad que demandan no puede darse sólo en una expresión conmovida, sino en la convicción de que urge luchar por el logro de un mundo más seguro, en el que la violencia no pueda ser considerada como una solución por ningún gobierno, y en el que las controversias se resuelvan sólo a través del derecho y nunca más por la ley del talión. La mejor arma para erradicar el terrorismo proviene de la solidaridad de la comunidad internacional, del respeto al derecho de todos los pueblos del planeta a vivir en armonía, justicia y a reducir la sima cada vez más profunda entre el norte y el sur. La manera más efectiva de defender la libertad es haciendo de una vez por todas realidad el significado de la justicia y la aplicación del derecho. Las medidas de seguridad por sí solas no son suficientes, puesto que el terrorismo extiende sus redecillas a múltiples naciones, y no reconoce fronteras. No hay que dividir el mundo en dos sociedades como pretenden los terroristas, una para los rebeldes y otra para los oficiales de la ley. No es posible justificar la violencia de ninguna especie, dirigida contra inocentes. Si, como apuntan cada vez más indicios, se trata del cobro de una factura anunciada por Al-Qaida, este monstruo que se alimenta de la injusticia y el sufrimiento, el hecho confirma la renuncia a la misma condición humana de quienes se han unido a esta misión fanática, demencial y criminal, pues nada positivo puede salir del sufrimiento y de la aniquilación de cientos de vidas inocentes. No se puede castigar de esta manera a gobiernos o a ciertos intereses, por afrentas o perjuicios, reales o imaginarios. Quienes cometen estos actos no deberían jamás aspirar a ser reconocidos en un mundo civilizado y pacífico. Los atentados y sus trágicas consecuencias no preludian para los terroristas un eventual triunfo al asediar a sus adversarios, sino la escalada de las represalias que sólo conseguirán perjudicar más a los inocentes del bando contrario en esta empecinada lucha de increíbles arrogancias. Porque todos los agresores se sienten ejecutores de los designios de sus respectivas ideologías guerreras.
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