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EL CORREO, 19 de julio de 2004

Investigar o ratificar

FLORENCIO DOMÍNGUEZ/

Algún día el PP deberá dar a sus votantes una explicación satisfactoria acerca de por qué se empecinó en solicitar que se creara una comisión de investigación de los atentados del 11-M con las características de la que está funcionando en el Congreso de los Diputados. Cuando se ha producido un acto terrorista que ha dejado casi doscientos muertos, no hay que investigar mucho para saber que han fallado los sistemas de seguridad y prevención del Estado y que la responsabilidad corresponde al Gobierno. A posteriori, con todos los datos en la mano, las cosas se juzgan de otra manera y lo que parecía un comportamiento razonable deja de serlo a la vista de sus efectos.

La investigación acabará poniendo en evidencia los fallos cometidos por el Gobierno, no por la oposición: en el 11-M, los fallos que se descubran serán del Ejecutivo del PP, de la misma manera que el Ejecutivo socialista tuvo que asumir que un tribunal le declarara responsable civil subsidiario de la matanza de Hipercor.

La Comisión del 11-M tiene sentido para determinar cuáles fueron los errores del aparato de seguridad, incluidos sus responsables políticos, y proponer las medidas precisas para subsanarlos en el futuro. Lo menos importante a estas alturas era dilucidar si el ministro de Interior, Ángel Acebes, mintió, si hubo funcionarios infieles o si Alfredo Pérez Rubalcaba y Gaspar Llamazares se desgastaron los dedos de tanto enviar mensajes de móviles con el 'Pásalo'. Todo esto ya quedó políticamente resuelto por los ciudadanos en las urnas el día 14, por lo que volver sobre lo mismo sólo supone reabrir las mismas polémicas que en marzo sin llegar a ninguna parte.

Por desgracia, la Comisión del 11-M está dedicando más esfuerzo a la segunda cuestión, juzgar la actuación del Gobierno tras los atentados, que a lo realmente importante, valorar lo que se hizo o se dejó de hacer antes de que estallaran las bombas en los trenes. Los comisionados y no pocos medios de comunicación se esfuerzan cada día en buscar en cada papel o en cada frase de los comparecientes unas palabras que ratifiquen su tesis previa. De esta manera, vemos cómo un mismo testimonio es utilizado como prueba para avalar uno de los puntos de vista en litigio y el contrario al mismo tiempo. No hay más que leer determinados titulares cada mañana. No se busca investigar, sino ratificar.

A la vista de la deriva del grupo de investigación del 11-M, cabe preguntarse si la comisión parlamentaria era el instrumento más adecuado para hacer este trabajo o si cabían otras fórmulas -por ejemplo, un grupo de expertos o personalidades independientes elegidos por consenso y dotados de la autoridad suficiente- que resultaran más eficaces al situarse fuera de la contienda partidista.