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ABC, 10 de junio de 2004

ATOCHA 2104

Por Fernando IWASAKI

Como miles de ciudadanos, uno también ha ido hasta la estación de Atocha para entonar un responso laico y desolado por las víctimas del Once de Marzo. Uno también se ha preguntado con rabia por qué tuvieron que perderlo todo cuando los otros no ganaron nada.

He visto en Atocha las fotos, los dibujos, las poesías y esos peluches huérfanos que aguardaban en vano a que alguien los llamara por sus nombres. No puedo contemplarlos sin sentir desasosiego, porque quizás la mujer que solloza delante mío ha venido hasta aquí para velar su eternidad, o acaso ese hombre que enciende una candela seguirá viniendo cada mañana hasta que el fuego del dolor lo consuma del todo. Tal vez lo que me conmueve sea saber que cualquiera de nosotros pudo ser un pasajero más de los trenes de Atocha, Santa Eugenia o El Pozo del Tío Raimundo.

Atocha se había convertido en un oratorio de Babel, profano y sagrado al mismo tiempo, donde la más humilde sensibilidad religiosa convivía con las más combativas consignas políticas. Todo ello será respetuosamente recogido y su abrumadora realidad será reemplazada por un sofisticado alarde de virtualidad: vídeos, botones, imágenes y sonidos diseñados para convertirse en un homenaje perdurable y menos descarnado. Sin embargo, quiero creer que alguien se ocupará de las reliquias del Once de Marzo, para que dentro de cien años vuelvan a colocarse en Atocha y los ciudadanos del futuro se enfrenten de nuevo a las fotos, los dibujos, las poesías y los peluches que ahora nos arrasan de dolor. Quiero creer que dentro de cien años los ciudadanos del futuro hablarán con vergüenza ajena de nuestra hora bárbara y despiadada. Quiero creer que dentro de cien años, los ciudadanos del futuro tendrán la certeza de que las víctimas de Atocha fueron los muertos de su felicidad.