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Dos
empleados ojean ediciones especiales de los periódicos
en un quiosco de las Ramblas de Barcelona ayer por la tarde.
(EFE)
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El
País , 12 de marzo de 2004
El
espejismo del IRA
TRIBUNA,
ROGELIO ALONSO
A
comienzos de la década de los setenta, el grupo terrorista
IRA inició una indiscriminada campaña de atentados
en Londres e Irlanda del Norte. La persona al frente de una
de las células terroristas responsable de dichas acciones
explicaba al autor de este artículo la motivación
de su organización: "Lo lógica era crear
terror, puro terror, no sólo bombas u objetivos económicos".
Otro de los terroristas corroboraba esa intencionalidad e
incluso defendía medidas como las siguientes: "¡Vayamos
a Inglaterra y coloquemos bombas en campos de fútbol!
¡Que nos escuchen en Inglaterra!". Uno de sus compañeros
llegó a proponer la utilización de lanzallamas
con el deliberado deseo de provocar impactantes imágenes
cuando los medios de comunicación reflejaran el estado
de las víctimas.
Esa
racionalización se basaba en la creencia de que de
ese modo se provocaría una respuesta estatal desproporcionada
que contribuiría a reforzar al grupo terrorista. Pero
también se perseguía otro efecto, presentar
al grupo terrorista como un actor cruel, poderoso y carente
de inhibiciones a la hora de utilizar el terror. Creían
los terroristas que de ese modo la negociación con
ellos quedaría garantizada.
La
lógica de ETA puede asemejarse a la del IRA, organización
en la que los terroristas vascos han buscado referentes constantemente.
Así lo demuestran los insistentes intentos de perpetrar
atentados denominados como "espectaculares" en la
terminología de dichas organizaciones. Durante los
años noventa, el IRA decidió incrementar sus
atentados en la capital británica con enormes explosiones
inspirando al terrorismo etarra, que ya buscó atentar
en Torre Picasso en 1999 y que vio frustrado hace dos semanas
otro intento de atentar en la capital con una potente bomba.
Es importante tener presente estos datos para analizar la
masacre cometida por ETA.
Cierto
es que la repulsa y el rechazo social ante tamaña brutalidad
va a ser unánime en los próximos días.
Las imágenes de los heridos ensangrentados que nos
muestran y mostrarán los medios de comunicación,
los terribles testimonios de los testigos con el horror y
el miedo en sus rostros, las manifestaciones ciudadanas y
otros elementos contribuirán a reforzar el rechazo
a la organización terrorista capaz de llevar a cabo
semejante atrocidad. Pero a medida que el terror transmitido
en esa inmediatez vaya tomando distancia, cuando poco a poco
los ciudadanos que no se han visto directamente afectados
por tan sanguinaria violencia recuperen su normalidad cotidiana,
otros efectos del terrorismo perpetrado en Madrid perdurarán.
En esos momentos se determinará en gran medida el éxito
o el fracaso de ETA.
Existe
el peligro de que el terrorista interprete que el infierno
causado hoy era necesario y eficaz. Así lo entenderán
los miembros de la organización si empiezan a escucharse
los siguientes argumentos: sólo se pondrá fin
a esta barbarie si se negocia con ETA, pues es imposible evitar
que un individuo cometa un atentado como el reciente cuando
lo desee a pesar de que las fuerzas de seguridad impidan muchos
otros. El terrorista persigue este tipo de análisis
a través del chantaje emocional que le proporcionan
esas víctimas destrozadas por la explosión,
esos niños indefensos con la piel en carne viva, esa
mujer con la voz temblorosa que gime ante la cámara
con la mirada perdida ante el horror que acaba de presenciar.
Es por ello por lo que la respuesta al crimen de ETA exige
descartar ese planteamiento que identifica la negociación
o el diálogo con la organización terrorista
como la única salida. Si se aceptara ese camino no
se estaría acercando la paz sino todo lo contrario,
pues se estaría transmitiendo al terrorista que su
violencia es eficaz y que un incremento de la letalidad le
reporta concesiones. En las próximas semanas habrá
quien defienda que ahora que ETA está débil,
esta carnicería le permite presentarse ante su propios
activistas con una fortaleza de la que realmente carece y
que por ello hay que aprovechar esta situación para
buscar el final dialogado con ella. Este escenario es el que
ansía el terrorista mediante el condicionante de la
tragedia humana que han causado. Probablemente, incluso se
escucharán voces que señalen que el final de
la violencia en Irlanda del Norte llegó cuando se asumió
la necesidad de dialogar con el IRA y ante el convencimiento
de que no se podía acabar con este grupo policial y
militarmente.
Sin
embargo, el referente norirlandés nos muestra que la
derrota de la organización sí es posible, que
el diálogo no precedió a dicha derrota, sino
que fue la consecuencia de la misma y sólo surgió
cuando se anunció la voluntad de poner término
al terrorismo. Como confesaba una antigua activista arrestada
tras colocar en 1972 un coche bomba en Londres, "una
vez el IRA aceptó un determinado camino, o sea, el
alto el fuego, la gente estaba dispuesta a echarles una mano".
Otro antiguo preso respaldaba esta opinión: "Militarmente,
los republicanos han sido derrotados. Lo que pasa es que el
trato que hicieron fue que la escapatoria que les dejarían
sería una situación en la que se hablaba de
resolución del conflicto, ese tipo de lenguaje que
se empezó a utilizar cuyo propósito era un enorme
ejercicio de relaciones públicas". Todo esto,
no se olvide, sucedió cuando la organización
admitió su derrota tras negársele concesiones
o beneficios por su violencia.
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