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El Correo, 14 de Marzo de 2004 Enfermos no, fanáticos EDORTA ELIZAGARATE/PSIQUIATRA Hitler no fue nunca un paranoico, sino un fanático con una idea sobrevalorada de su raza donde se ancló el antisemitismo. Los fanáticos y sus voceros se creen en un derecho cuasimístico de sus propios destinos en el que pueden imponer sus ideas, sentirse depositarios de trascendencia y de ahí creerse vanguardia y elite. Y me refiero a ellos y a los que los apoyan. Cualquier asomo de culpa del dolor que generan queda absolutamente borrado con dicha ideología. Uno queda indemne con tales ideas totalitarias. Las personalidades fanáticas se caracterizan por una actitud sumisa hacia las autoridades morales del grupo y por supuesto tienen una rígida adherencia a valores convencionales que en este caso están resumidos en que el extraño es el depositario de todos los males propios. Cuando se viola alguno de estos valores hay una disposición evidente al castigo, y ejemplos no faltan incluso con sangre. El terrorista posee, como he señalado, una mística determinación del destino del individuo y una creencia en primitivas y hereditarias teorías. No es ajeno a su pensamiento la preocupación con aspectos de dominación-sumisión en las relaciones humanas, y el cinismo con respecto a la naturaleza humana es otra de las características de la personalidad fanática. En situaciones de dominio político de una idea totalitaria se buscan sujetos con rasgos típicos como la ya citada adhesión inquebrantable e inflexible a una idea, la intolerancia a la ambigüedad y una visión dicotómica y categorial de la realidad: o buenos o malos, o amigos o enemigos La inteligencia se basa en muchos parámetros y uno de ellos es la llamada inteligencia introspectiva y relacional. Varios autores han formulado que el estilo cognitivo que se muestra en la actitud de la gente hacia los estímulos sociales determina su propensión a adherirse a prejuicios. Más inclinadas hacia los prejuicios están las personas que tienen tendencia a reducir información compleja en pocos elementos, y por ello ignoran sutiles pero cruciales diferencias entre los estímulos individuales. El dogmatismo en cuanto cerradas e invariables creencias ha sido también mencionado como un estilo cognitivo que está arraigado frecuentemente con unos prejuicios etnicistas altos. De acuerdo con el cuerpo sustancial de investigación, las habilidades cognitivas mostradas en los tests de inteligencia de las personas que se adscriben a estos planteamientos -estudios publicados midiendo actitudes étnicas en un suburbio de Boston y publicados en la década de los 70- son pobres y están acompañadas de la aceptación y el mantenimiento con mayor facilidad de los prejuicios etnonacionales. En otras palabras, más altas habilidades intelectuales parece que retardan el acceso a los prejuicios etnicistas. Pero, más allá de las capacidades intelectuales, hay otro término que varía entre los diversos adeptos, y estoy hablando de la miseria moral. Para alejarnos de sus manifestaciones, que no son otras que una pseudoidentificación con el agresor, y cuyos ejemplos son la pretendida sorpresa sobre la autoría del atentado o la simple valoración de tertuliano político de tercera división que se lamenta sobre todo de una posible ganancia de una formación política, nos queda a nosotros una fibra moral que transmitir. Me estoy refiriendo a que la comprensión de las similitudes es una tarea pedagógica y ética mucho más compleja intelectualmente que la comprensión de las diferencias. Y por último recuerden que existe en nuestra sociedad un fascismo quinta columna con prejuicios etnicistas que abraza la doctrina de la raza superior humillada.
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